‘Agent Carter’, la mujer y los espías soviéticos

Nueva York, 1946. Un año después del final de la Segunda Guerra Mundial. Un año después de que el Capitán América muriese en misión aérea sin que su novia, Peggy Carter (Hailey Atwell), pudiese hacer nada para salvarlo. Su muerte simboliza, en cierto modo, la de la nación norteamericana como se entendía hasta entonces. A partir del fin de la guerra, los enemigos serán otros, nuevos, distintos, ¿más fuertes?, ¿o quizás más imprevisibles?

Agent Carter sitúa su punto de partida en esta coyuntura. El final de la segunda gran guerra dio paso a una etapa de importantes cambios. A partir de ese momento, la sociedad empezó a variar sustancialmente y a convertirse, poco a poco, en lo que hoy conocemos como tal. Entre esas permutaciones sociales y el homenaje al cine de espías y aventuras, con una simbiosis perfecta entre acción, tensión latente y una gran fotografía de contrastes, encontramos la trama de la ficción. En este caso, la serie producida por Marvel se centra, fundamentalmente, en dos de los cambios más importantes que se dieron en Estados Unidos (y por extensión, en el resto del mundo) tras el periodo de conflicto: el reconocimiento social y laboral de la figura femenina y la integración del enemigo en las estructuras internas de la nación durante la Guerra Fría.

Peggy y el reconocimiento de la mujer

“Es el orden natural del universo. Eres una mujer. Ningún hombre te considerará nunca como su igual. Es triste, pero no lo hace menos cierto.”

Las palabras del agente Jack Thompson a la protagonista Peggy Carter resumen a la perfección uno de los pilares narrativos de Agent Carter. Desde el primer episodio, cuando vemos que la agente ha sido relegada a la secretaría de la SSR, la serie avanza continuamente en esa dirección. En el 1×01 asistimos a la imagen de Peggy caminando, segura de sí misma, entre una maraña de hombres grises, vistiendo un alegre traje azul con un sombrero rojo. Quizás sea la mejor metáfora, la mejor definición de una mujer que, consciente de ello en todo momento, camina a la contra de lo que la sociedad le impone con sus arraigados mecanismos.

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Por eso no nos extraña ver que Peggy es una mujer de caracter, una persona que se vale por sí misma y que no necesita de la ayuda de nadie para ponerse en valor, como le deja claro a Sousa cuando esté trata de cubrirla en un momento determinado. Ella es un silencioso ejemplo para las mujeres de la época, que la ven con cierto halo de envidia y admiración. Incluso la villana lo reconoce en mitad de su pelea final.

“Solía estar celosa de chicas como tú. Habría hecho cualquier cosa por andar como tú, hablar como tú…”

También entre sus compañeros de trabajo masculinos, para los que comienza siendo solo una secretaria y termina por ser una valiosa compañera, existe cierta mirada extrañada hacia Peggy. Muy en la línea en la que Mad Men ha mostrado el ascenso en el terreno laboral de la mujer, Agent Carter ha hecho lo propio, a su manera, en el papel de Carter (finalmente convertida en pieza clave de las operaciones de la reserva de seguridad nacional).

El machismo latente ha concedido peso, poco a poco, a la condición igualitaria de la mujer dentro de la sociedad norteamericana de mitad del siglo XX. Buena muestra de ello son, precisamente, los importantes roles que juegan dos mujeres en puntos clave de la trama. Se trata de la mejor amiga de Peggy, Angie Martinelli (Lindsy Fonseca, sí, la que fue hija de Ted Mosby en HIMYM), en el momento en el que se arriesga para intentar librar a su amiga de un problema, y, en el otro lado, la situación de otra mujer, Dottie Underwood (Bridget Reggan), como la gran villana de la temporada junto al Doctor Ivchenko (Ralph Brown).

Angie Martinelli y Peggy Carter, en la cafetería donde trabaja la primera.

Angie Martinelli y Peggy Carter, en la cafetería donde trabaja la primera.

Así, desde la segregación laboral de las mujeres (perfectamente representada en la entrada de la agencia: ellas en el teléfono, ellos en la sala central) y la constante evidencia de la desigualdad y disolución de la figura femenina (las viviendas exclusivamente para mujeres donde viven Carter y Angie), la mujer se eleva pacientemente hasta un punto en el que empieza a alcanzar su independencia y el valor por sus méritos. La consecución (o el inicio de) la resume Peggy Carter en dos frases que encierran el arco narrativo que va de esa desconfianza inicial a la autodeterminación (la primera, a Jarvis en el 1×04; la segunda en el 1×08, al agente Sousa, casi como cierre de la miniserie).

“Puedo confiar en las acciones de los hombres que no me respetan más que en las de los que lo hacen; al menos cuando ellos piden algo, es de verdad. […] No necesito una medalla de honor del Congreso. No necesito la aprobación del agente Thompson ni del presidente. Sé lo que valgo; la opinión de los demás no importa.”

Leviathan y el enemigo dentro de las fronteras

El otro de los puntos fuertes de la narración desplegada por Agent Carter ha sido introducido, fundamentalmente, en la segunda mitad de la tanda de episodios. Si los primeros servían a modo de introducción del conflicto (tanto el de la agencia como el de la propia agente, explicado en el apartado anterior), la segunda mitad de la miniserie ha devenido en una lucha constante contra un mal difícilmente controlable: el enemigo infiltrado en las fronteras norteamericanas.

Muchas son las series que han mostrado esta tendencia. El mal que se logra infiltrar en las filas norteamericanas y, desde ahí, trata de asestar un golpe definitivo a su modelo socioeconómico. Lo explica José Errasti en el artículo ¡Está dentro y nos va a matar a todos!, perteneciente al libro Todavía voy por la primera temporada (editado por Edu Galán en Léeme):

“La clave de este nuevo acento desde el que se ve el mal está en su capacidad insidiosa y su inteligencia para pasar desapercibido hasta infiltrarse y aparecer súbita e inesperadamente en el centro más esencial de nuestra segura intimidad, destruyendo a la víctima, sea una persona, sea una civilización completa, justo desde su núcleo.”

Si, como explica el propio Errasti, en The Americans [FX, 2013-?] ese mal lo representan los Jennings (espías soviéticos infiltrados como americanos), en Homeland [Showtime, 2011-?] el soldado Brody (del que no se sabe si se ha convertido al Islam o no), y en Sherlock [BBC, 2010-?] lo personaliza el villano Moriarty (ciudadano inglés); en Agent Carter podemos situar a la organización Leviathan, que opera para la Unión Soviética desde territorio americano, como ese origen del mal.

El doctor Ivchenko y Dottie, en un fotograma de la serie.

El doctor Ivchenko y Dottie, en un fotograma de la serie.

Durante la Guerra Fría muchos agentes de la URSS viajaron y convivieron con los americanos en tierra estadounidense, infiltrados en sus comunidades vecinales o en sus instituciones. Y, como no podía ser menos, en la producción de ABC también nos encontramos con estos agentes dobles. Se trata de Dottie, que consigue “colarse” en el bloque de viviendas para mujeres donde residen Peggy y Angie para vigilar de cerca los movimientos de la agente, y del doctor Ivchenko, que haciendo creer a los americanos que les va a dar información se convierte en agente doble para Leviathan.

“Sí que lo es [una mala persona]. Es la única forma de conseguir un éxito tan extraordinario. Otros han pagado el precio. Usted también ha pagado el precio. Le come la culpa, le destruye de dentro a fuera.”

Esta es la visión que da el propio Ivchenko en su conversación final con Howard Stark (Dominic Cooper) mientras le hipnotiza para que ataque a sus compañeros. La última frase da la clave del mal en que se han convertido ellos, Dottie y él, Leviathan, para los americanos. Un mal que destruye de dentro a fuera, difícilmente restituible, el mal más endémico de las grandes potencias, tan aficionadas al juego de los espías al que homenajea Agent Carter. El enemigo dentro de las fronteras de seguridad y confort.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.