‘Ballers’, if I ruled the world

“If I ruled the world [imagine that], I’d free all my sons, black diamonds and pearls…”

Los versos de Nas y Lauryn Hill que resuenan en los créditos finales de la primera temporada de Ballers esconden mucho más sobre la serie de HBO de lo que parece. Mucho de esos “gobernantes del mundo” de los que hablaban los dos raperos, hoy en día, son los deportistas, que pueden sentir como todo gira en torno a sus figuras: fama, dinero, poder, juventud. Es evidente que, tratándose de gente joven, si no se tiene la cabeza mínimamente amueblada, el resultado puede ser un despilfarro y ellos pueden acabar «presos» de esa condición.

Es en este momento cuando entra en juego el personaje de Dwayne “The Rock” Johnson en Ballers. Retirado unas temporadas atrás, tras lesionar a un compañero en una jugada, para unos fortuita, para otros no tanto, Spencer Strasmore dedica sus esfuerzos a asesorar a las estrellas del football en la administración de sus fortunas y su imagen pública, junto a su inseparable Sancho particular, el estridente y divertido Joe (Rob Corddry). El lema de la serie dice lo que aún falta por saber a estas alturas:

“Las leyendas no se retiran, se reinventan.”

Ballers-Machete-Chargers-Blackmail

A través de esa reinvención de Spencer, la primera temporada de la ficción creada por Peter Berg (conocido por  Friday Night Lights, Hanckcock o The Leftovers, de la que dirigió algunos episodios) deambula por los entresijos del deporte como generador de fama, dinero y poder.

Ballers se estructura en torno a pequeñas conquistas que tiene que llevar a cabo el dueto de protagonistas, en el que el magnético Johnson siempre lleva la voz principal. Estas pequeñas cápsulas se pueden dividir en tres pequeños acontecimientos: la incorporación de Vernon Littlefield, la estrella emergente del momento, lo que supondría una suma millonaria para la empresa; el traspaso de Ricky Jarret, otro de los grandes jugadores, que además arrastra una serie de conflictos personales; y, por último, las idas y venidas de la pareja con el dueño de la empresa y con el propio entorno, derivados de las fiestas en yates organizadas para y por los jugadores, de la filtración de unas fotografías comprometidas o de las condiciones contractuales de los jugadores a los que representan. Además, como si de un compartimento estanco se tratase, el guión de la serie añade a estas líneas vertebrales de la trama la del ex futbolista Charles Greane, que tras comenzar a trabajar en un concesionario de Chevrolet prepara su regreso a los terrenos de juego, en una clara referencia a lo complejo que resulta para los profesionales de cualquier deporte el paso de la primera línea a un discreto segundo plano.

De esta forma, la serie de HBO va y viene, con un ritmo envidiable, de los despachos a los terrenos de juego y viceversa para abarcar todo el espectro de relaciones, entramados de intereses y catálogo de negociaciones, tanto personales como profesionales, en torno a un mundo de apariencias y cartón piedra. Prensa rosa y amarilla, líos de faldas, aprovechamientos económicos de supuestos amigos de los jugadores, pero también de managers más pendientes de su bolsillo que de su representado, etc. En definitiva, un mundo del que Spencer Strasmore trata de alejar a sus clientes a base de elegancia en el discurso, pero siempre dispuesto a enfangarse y a luchar en los lodos, las discotecas o los yates cargados de drogas y alcohol cuando sea preciso.

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Porque nadie conoce mejor el infierno que quien ya lo ha transitado, nadie se acerca con mayor rigor a lo prohibido que aquel que ha caído en la tentación, ni nadie puede ejemplificar mejor el reciclaje de un deportista que el que ya ha abandonado la primera línea de ataque (en este caso, la elección de The Rock es un enorme acierto de casting). Y así se desarrolla Ballers, que ya ha sentado base para su progresión posterior de la mano de HBO. De la cancha al despacho, de la fama al anonimato, de la invencibilidad a la más cruda mortalidad de la retirada.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.