‘Banshee’: balas, lágrimas y unicornios

¡CUIDADO, SPOILERS!

Si no has terminado la segunda temporada de ‘Banshee’, ¡huye!

Banshee es una serie excesiva. No hay mejor definición que esa. Una locura. La violencia abraza a las relaciones personales en este condado con la misma facilidad con la que las alianzas se forjan y se rompen. Esta semana terminó la segunda temporada, que podríamos decir que es la del afianzamiento de su identidad como ficción.

¿Qué nos deja esta tanda de diez episodios? Pues muchas cosas, como siempre. En Banshee no hay lugar para el respiro, no se nos deja un segundo para la tranquilidad. La segunda temporada se ha dividido en dos mitades. Hasta el capítulo 4 la serie mostró la idiosincrasia del condado, con capítulos centrados en mostrarnos la batalla latente entre la tribu de los Kinaho y los amish, con Kai Proctor como brazo armado, externo y con pocos escrúpulos de los últimos. El asesinato de una chica amish mientras salía con un indio provoca un inicio de las hostilidades que parece tener su único final en el estallido de la guerra más cruenta. Por su parte, en otro frente de los que abre su personaje, Kai nos deja una de las escenas más escalofriantes de la temporada. ¿A quién no se le revolvió todo con esa escena de la picadora de carne a lo Fargo?

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En esta primera parte de la temporada, además, llega el agente Racine, para investigar la situación de Banshee tras el final de la primera temporada y para dar caza a Rabbit, su archienemigo y, a la postre, el villano de la serie hasta ahora. Y por si fuera poco Carrie/Ana vive un mes en la cárcel, en el que Hood la visita un par de veces, algo que, según su propia voz, ella no fue capaz de hacer por él.

Esta situación es la que propicia el capítulo pivote de la temporada. En el 2×05 vemos a Carrie/Ana saliendo de la prisión, en un capítulo que rememora la salida del sheriff Hodd en el inicio de la serie. Esta vez sí hay alguien para recoger a la prisionera, que se trata como no podía ser de otra forma del sheriff. A partir de entonces tiene lugar el capítulo más reflexivo y poético, ya no de la temporada, sino de toda la serie. Ese «The truth about the unicorns» nos regala flashbacks, imaginaciones, momentos oníricos, con la relación entre Hood y Carrie como motor. ¿Cómo podría haber sido la relación de estos dos personajes y cómo ha terminado por ser? Fantástico capítulo y magnífica la inclusión de elementos mágicos (juguetes, sueños, proyecciones del pasado) como hilo conductor de la trama.

La segunda mitad de la temporada la podemos separar entre los intentos de Carrie por recuperar a su familia: Gordon, Deva y Max (con el agravamiento de su enfermedad de por medio), y la persecución-guerra que Hood inicia contra Kai Proctor, a raíz de que este asesine a Jason. Esta guerra entre Proctor y Hood, en la que Rebecca (una magistral y brillante Lili Simmons) se encuentra en medio, dará mucho que hablar, seguro. Y, ojo, que Nola Longshadow, que aparentemente fue desterrada por su hermano Alex, no creo que haya dicho su última palabra. Más ahora con la situación en la que termina la temporada para la tribu Kinaho.

Durante los últimos cinco capítulos la tensión aumenta enteros. Y lo hace en diferentes frentes abiertos: la lucha de Emmett con los neonazis por su familia, la relación entre Hood y Siobhan, cada vez más unidos pese al muro de separación (para mí sería una gran pareja), la propia guerra entre Kai y Hood… Sin embargo, la batalla entre los dos líderes (el del Cadi y el amish) queda aparcada por la decisión de Ana y Hood de buscar y terminar de una vez por todas con Rabbit. Los dos últimos episodios, sobre todo la season finale giran en torno a eso (¡y de qué manera!). El nombre del capítulo ya daba pista de lo que tendríamos: «Bullets and tears». Y no ha engañado a nadie. Nos despedimos –o eso nos han hecho creer, que en Banshee todo puede pasar– de un villano grande y muy maquiavélico. Y lo hacemos con su hija, Ana, apuntándole con un arma y dejando que se inmole él mismo para no ver a su padre morir. Fantástico giro de los acontecimientos en una estructura de guión magnífica que alterna el pasado con el presente y un montaje que hilvana todo con hilo casi invisible. La finale proporciona tensión, encuentros, grandes frases y el fin de una guerra familiar abierta, que incluso al ganador le traerá consecuencias inasumibles. Ya lo dice el sacerdote hermano de Rabbit, Yullish, mientras apunta a su sobrina Ana, en la iglesia:

“Cuando una familia va a la guerra no puede haber victoria”.

La segunda temporada de Banshee ha sido la de la confirmación. Los diez capítulos demuestran que la locura que parecía la serie es, ni más ni menos, que la locura que es. Podemos esperar cualquier cosa de ella y del condado. Ya sabemos que todo es posible allí. En cualquier momento podría saltar la espita de la guerra entre cualquiera de los contendientes latentes que se instalan en las fronteras del pueblo.

Por otra parte, ha sido la temporada en la que el personaje de Hood, sin dejar de ser el auténtico baluarte y protagonista de la ficción, ha descargado algo de peso en el resto de los personajes. Hemos indagado en las penurias de Gordon, en las inquietudes de Siobhan y en su relación con el sheriff, así como en el derrumbe de Carrie/Ana en prisión y en los momentos en los que su hijo Max estaba más enfermo. Por otra parte hemos asistido al crecimiento de Rebecca, tal vez el personaje con más evolución desde que se inició la serie, culminado en esa secuencia con Longshadow en los últimos minutos de la temporada (recordemos que al comenzar la serie era una inofensiva chica amish). También hemos indagado en los afectos y tribulaciones del gran personaje que es Job, tanto con la emboscada fallida que le prepara a Rabbit, los momentos que suenan a despedida y el posterior rescate que efectúa en el último episodio cuando todo parece perdido para Hood y Ana, como en los flashbacks en los que asistimos a su primer encuentro con esta (genial esa performance travesti en la que lo vemos). Por último, en la historia más dura y cruel de la temporada, sufrimos con la persecución y triste final de un personaje carismático como Emmett, al que se le empezaba a coger cariño. Supongo que en la tercera temporada se servirá la venganza en un plato muy, muy frío. Así es Banshee y así nos encanta. Echaremos de menos el condado.

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Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.