‘Banshee’, la poética de la venganza

¡CUIDADO, SPOILERS!

En este análisis se comentan datos importantes de la tercera temporada.

“A veces la ley no puede hacer justicia.”
Sheriff Hood (3×09).

La venganza ha sido el gran motor de cambio de la tercera temporada de Banshee. Todo se ha desarrollado a través de las venganzas personales, los ajustes de cuentas o la tentativa de ambas entre sus personajes. Desde la primera escena, en la que vemos a través de Brock, que elimina a los asesinos de Emmet, cómo la policía se ha violentado. A partir de entonces, un encadenamiento de vengativos planes. Quizás el más interesante, a priori, fuese el de los indios, por la temática sobre la colonización y el tema racial que esconde, revelado por Chayton en un discurso del 3×01. Pero no es la de los Kinaho la única revancha que ha sobrevolado la tercera temporada, ni siquiera la más relevante a su conclusión. Tanto el sheriff como sus amigos (Job, Sugar y Carrie) y como Kai Proctor y su empoderada sobrina Rebecca (luchando primero contra los indios, después contra los salvadoreños, por el control de la droga) han tenido disputas a lo largo de estos diez capítulos.

Chayton Littlestone, en el 3x05, antes del asalto al Cadi.

Chayton Littlestone, en el 3×05, antes del asalto al Cadi.

Los ajustes de cuentas entre los personajes han sido la tónica más destacable. Desde el punto de vista de Hood han existido, fundamentalmente, dos antagonistas, que han alternado tanto poder frente al sheriff como relevancia en la trama central: el jefe tribal de los Kinaho, Chayton Littlestone, y el coronel Douglas Stowe, jefe de la base militar. La acción se ha estructurado en torno a las cuentas pendientes que ha ido acumulando el sheriff (y sus acompañantes, tanto por un lado como por el otro) con estos personajes. Sin embargo, Hood ha tenido, además, esta temporada un enemigo mucho menos tangible que ellos dos: el pasado y la memoria. Desde la horrible muerte de Siobhan (3×05), el sheriff ha tenido que lidiar con su cabeza como el más duro de los obstáculos. Sorprende, en este caso, ver el cariño que demuestran los creadores hacia sus personajes: pocos minutos antes de morir Siobhan, Hood le revela (fuera del campo sonoro) su verdadera identidad, en la que quizás haya sido su mayor declaración de amor en las tres temporadas. Además, los creadores permiten una especie de despedida del personaje a través de unas ensoñaciones que estructuran el capítulo 3×06, que muestran cómo hubiese cambiado la historia si Hood no se hubiese quedado con el puesto de sheriff en Banshee. Al final, a través siempre de la imaginación de Hood, es él quien deja atrás el condado junto a Job, mientras ella le mantiene la mirada (aun sin conocerlo) según se aleja de allí.

Las ensoñaciones y los recuerdos han funcionado, por su parte, como otro de los elementos narrativos, sirviendo como termómetro de las emociones de los protagonistas (las imágenes en las que Siobhan se le aparece a Hood en el 3×07, por ejemplo, o el montaje paralelo que narra la historia de Hood [3×10] y de Job [3×09]). Y es que en esta temporada de Banshee, además de la venganza, ha tenido lugar un aumento de la lírica narrativa y visual de la serie. La tercera ha sido la más poética de las entregas. En la estructura del guion del 3×05, por ejemplo, encontramos un cruce temático propio de los grandes temas literarios: el amor y la muerte. Después de que Siobhan descubra la verdad sobre el sheriff, la oficina de la policía es atacada por los Kinaho y entre el tiroteo (en un precioso ralentí) se alterna el recuerdo de una conversación de la pareja, que finalmente concluirá con el cruel asesinato de la mujer al final del episodio. De la belleza y la poesía del amor al horror y la negrura de la muerte. Puro Banshee.

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Por otra parte, la producción de Cinemax se ha dejado llevar (y se agradece) por un gusto cada vez más en aumento por la experimentación formal. Su puesta en escena ha sido incluso más visceral, tanto en el aspecto puramente narrativo, a través del que casi se puede saborear el regusto metálico de la sangre derramada, como en el formal, con numerosos cortes de montaje, movimientos de cámara vibrantes, saltos de eje y todo tipo de juegos visuales. La tercera temporada ha sido brillante en cuanto a la búsqueda de nuevas narrativas. Así lo demuestra el episodio 3×07, rodado en su mayor parte mediante la técnica del found footage; la vertiginosa dirección de la pelea entre Nola Longshadow y Clay Burton, una demostración de cómo rodar escenas de acción e imprimirles carácter y tensión (3×03); el capítulo 3×04, toda una locura sobre ruedas; o la salida de tono que supone la escapada de Hood y Brock a Nueva Orleans para encontrar a Littlestone en el 3×08. Esa visceralidad de la puesta en escena se ha reforzado aún más en varios puntos clave de la temporada, a saber en las muertes más impactantes: la de Siobhan a manos de Chayton y la del propio Littlestone a manos de Hood (recordando a la despedida de Gus Fring en Breaking Bad). Por el contrario, la suavidad y la pausa, la filmación casi desde la sublimación, en la muerte de Gordon Hopewell en el último episodio vuelve a revelar el tiento con el que el creador mira a sus personajes. Pero, volviendo al tema que nos ocupa, no sólo a través de la forma se ha percibido esa tensión latente entre los personajes; el episodio 3×05 supone una reformulación que recoge a la perfección la esencia de base de la serie a través del guion. Los Kinaho asedian el Cadi, mientras que, en su interior, podemos ver una representación perfecta de cómo se distribuye la población de Banshee – ¿y de Estados Unidos? -, una microsociedad (acierto total en el que caben blancos, negros, indios, neonazis conversos, etc.) que sintetiza el espíritu inicial de la ficción.

Brock y Hood, en Nueva Orleans, en busca de Chayton (3x08).

Brock y Hood, en Nueva Orleans, en busca de Chayton (3×08).

De esta forma, la serie ha continuado poco a poco en su línea de ascensión, pero a su vez ha progresado en cuanto a la consecución de un estilo propio a la hora de mostrar la acción. Muchos critican la inverosimilitud de Banshee como su mayor punto flaco; sin embargo, la ficción, consciente de ello, en esta tercera entrega ha conseguido hacer de ella su mayor virtud. No hay quien se la crea, ni falta le hace. Es un perfecto caramelo. Ni es nutritivo, ni aporta nada imprescindible a nuestra alimentación, pero nos encanta el regusto que nos deja, el disfrute que proporciona mientras dura en la boca; y cuando se termina queremos comernos otro ipso facto para perpetuar ese dulce sabor que nos queda. Ese sabor que entrecruza como ninguno lo metálico de la sangre, lo azucarado del amor y lo contundente de la violencia extrema. Ese sabor al condado de Banshee, a la Norteamérica más visceral y violenta.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.