‘Better call Saul’, el encomio al secundario

En la época en que se emitía How I Met Your Mother me llamó la atención un memeque leí en alguna red social y que decía: “Todos queremos ser Barnie, pensamos que somos Ted y en realidad somos Marshall.” Más allá del chiste, la frase hace alusión a una verdad incómoda, la mayoría de nosotros no seríamos el arquetipo protagonista de una ficción televisiva (si es que acaso existe este perfil en la realidad), sino meros personajes secundarios.

Aunque esto no es tan dramático como pueda parecer, los secundarios en muchas ocasiones son lo mejor de una serie. A diferencia del planteamiento coral de FriendsHow I Met Your Mother optó por la cuestionable decisión de centrar el relato en el insulso Ted, que acabó siendo irremediablemente eclipsado por el carisma de sus compañeros con el paso de las temporadas. Pero debemos tener en cuenta que, a pesar de sus momentos de brillantez, es muy posible que ninguno de ellos fuera capaz de aguantar el peso de una serie en solitario.

El mismo temor tuvimos cuando se anunció el spin off de Breaking Bad, protagonizado por el extravagante abogado Saul Goodman. El personaje bordaba su función de alivio cómico en el drama de Walter White, pero ¿se podría estirar tanto el personaje como para centrar en él todos los focos?, ¿daría la talla? Con creces, entre otras cosas porque el gran acierto de Better call Saul es no presentar a James “Jimmy” Morgan McGill como protagonista al uso, sino como un “secundario” en el papel protagonista.

Un escritorio de cocobolo y un termo de café

En la narración tradicional, como el capitalismo, no hay sitio para todos. Para que uno destaque en la cima de la pirámide, otros en la sombra tienen que ayudarle a subir. De hecho, la construcción del mito del “emprendedor” contemporáneo no es sino un revisionista relato neoliberal del clásico viaje del héroe. El símil económico no es gratuito, pues en el díptico de Vince Gilligan el vil metal toma una relevancia considerable, revelándose como el catalizador que impulsa en gran medida la transformación de los personajes. No olvidemos que la metamorfosis de Mr White en Heisenberg no es sino fruto de una precarización que impide a Walter pagar su tratamiento médico. Parafraseando a Goya, Gilligan nos dijo aquí con claridad cristalina que el sueño del capital produce monstruos. Del mismo modo, gran parte del relato de Better call Saul gira en torno al dinero y, de una forma más naturalista que la historia de Breaking Bad, al éxito profesional como símil de realización personal y aceptación social.

Jimmy McGill quiere ser un abogado respetable, busca incansable el reconocimiento de su complejo y orgulloso hermano y la admiración de la adorable Kim. Es por ello que en la segunda temporada Jimmy consigue trabajo en un bufete prestigioso, con un gran sueldo, secretario, coche de empresa y un lujoso escritorio de madera de cocobolo que simboliza el estatus alcanzado. A cambio el abogado debe abandonar por completo sus prácticas sibilinas, las trampas y atajos que tan bien se le dan, debe enterrar por completo a “Slippin’ Jimmy”.

 

En una narración tradicional quizás este sería el fin de la historia. El simpático y pícaro secundario que termina sentando la cabeza, enfundándose un traje y cumpliendo satisfactoriamente el sueño americano. Pero esto es sólo el principio, la génesis de Saul Goodman, el abogado hortera (con estilo propio), métodos torticeros, resultados asegurados con medios cuestionables y al que los problemas siempre le acaban encontrando. Efectivamente Jimmy tarda unos pocos capítulos en comprender que su sitio no está en un bufete en el que no puede ser él mismo ni desarrollar todo su talento para el fraude. El camino no será fácil pero tiene que emprenderlo solo, según sus propias reglas, pues eso siempre será mejor que moldearse hasta encajar en lo que el sistema le tiene preparado.

Como es habitual en los mejores guiones de Gilligan esta catarsis tiene lugar visualmente, con una escena maravillosa en la que Jimmy arranca coléricamente el posavasos de su deslumbrante coche de empresa por no ser compatible con el tamaño del termo de café que le regaló Kim. Cuando triunfalmente inserta el termo amarillo en el hueco resultante podemos volver a leer la irónica serigrafía que lo acompaña:

World´s “second” best lawyer

 

Jimmy (o Saul) no es un triunfador, está condenado a jugar siempre en segunda división. Si Breaking Bad nos hablaba de transformación, la metamorfosis del hombre corriente en villano, Better Call Saul nos habla de aceptación. Es una génesis atípica de personaje principal, pues no vemos a Jimmy ir de un punto A a un punto B, sino que le vemos luchar por encajar en un sistema que nunca terminará por aceptarle como es hasta que concluye en la moraleja final: no se puede renunciar a uno mismo para fingir ser lo que los demás esperan que seas. Aquí no encontramos evolución, sino un retorno inevitable al punto de partida.

Better Call Saul escapa de muchos arquetipos narrativos para ofrecernos la historia de un personaje fascinante en su imperfección, en su ambigüedad moral y en su mediocridad. Un personaje humano que apela directamente al espectador y le reta a aceptarse como es y a explotar aquello que le hace único y diferente. A veces no eres el más inteligente, pero sí el más pícaro, no eres el más atractivo pero sí el más simpático. A veces no encajas en la historia, como un termo de café demasiado grande para el posavasos del coche. A veces no eres el héroe, sino, nada más y nada menos que un magnífico secundario que hace las cosas “a su manera”.

Jorge Dueñas Villamiel

Diseñador digital e historiador del arte. Pensando en imágenes desde 1984.