‘Black Mirror’, el precio del progreso

“El precio del progreso, supongo.”

Son las palabras del personaje de Jon Hamm para definir un avance tecnológico que permite ‘bloquear’ a las personas durante el tiempo que se desee. Aunque lo cierto es que podría ser una definición perfecta en una sola línea del espíritu de la serie. El nuevo episodio de Black Mirror, en forma de especial navideño, nos vuelve a plantear una contraposición interesantísima entre el ser humano y el progreso tecnológico. ¿Cuál termina resultando más nocivo para el otro polo? Como respuesta a esta cuestión, de la misma forma que en cada uno de los capítulos anteriores de la serie creada por Charlie Brooker, la única certeza es la duda.

La ficción británica, que desde su irrupción se ha preocupado mucho del futuro que podría llegar a alcanzar la sociedad gracias al mal uso del avance tecnológico, adquiere, en este caso, forma de cuento navideño “tradicional”. Al estilo dickensiano, el guión se divide en actos que traslucen pequeñas historias. Sin embargo, como si de muñecas matrioskas se tratasen, todas se suceden contenidas en una reunión entre dos personajes que recoge la esencia de estas festividades: las historias que se cuentan el día de Navidad en torno a la mesa.

En “White Christmas” tenemos a dos personajes centrales, que manejan los tiempos de la narración. Jon Hamm y Rafe Spall se visten con las pieles de dos hombres aparentemente castigados en una casa alejada de la ciudad por hechos ocurridos con anterioridad. El fantasma de los tiempos pasados (acompañado, también en este caso, del de tiempos futuros y el del presente) llega en forma de cuentos dentro del cuento.

Rafe Spall, Oona Chaplin y Jon Hamm, tres de los protagonistas del episodio.

Rafe Spall, Oona Chaplin y Jon Hamm, tres de los protagonistas del episodio.

Los avances tecnológicos vuelven a centrar la mirada de los creadores de Black Mirror. Desde ese mando a distancia que permite silenciar personas hasta el doble “ficticio” concebido a partir de un chip extraído de nuestro propio cerebro (espectacular Oona Chaplin en este fragmento) que facilita la vida diaria, pasando por ese sistema que permite que alguien vea todo a través de nuestros ojos y se comunique con nosotros a la vez; llevan la firma de la serie y contribuyen a completar y engrandecer su universo propio. Por otra parte, la ficción de Channel 4 vuelve a situar los peligros del abuso tecnológico como telón de fondo, pero la serie evita traicionarse y vuelve a colocar al ser humano como principal artífice de ese uso dudoso de los avances y, a su vez, como un carroñero para consigo mismo. Los guionistas fantasean, además, con la idea de la tecnología al servicio del poder y con la paradoja del derecho de las personas respecto a esa situación (temáticas vagamente exploradas en otros de sus relatos).

Poco a poco la historia se adentra en una especie de terror psicológico en el que todo se antoja fantasmagórico. Los tres relatos sobre las que pivota el episodio cobran un cariz oscuro y espectral. Si en Canción de navidad de Charles Dickens una comitiva fúnebre se cruzaba en el camino de Scrooge al descender él por sus escaleras, en este “White Christmas” el cortejo fúnebre se adueña de cada segundo del metraje y pasa a ser el estado natural de las cosas. Se puede hablar de una atmósfera ciertamente enfermiza pese a la naturalidad que desprende. El trabajo fotográfico es primordial para la consecución de este efecto, al igual que las sombrías y comedidas interpretaciones de todos y cada uno de los presentes en este especial navideño. Tanto el dúo protagonista, inmensos Jon Hamm y Rafe Spall, como cada uno de los secundarios, encabezados por las españolas Oona Chaplin y Natalia Tena –ambas brillantes en registros muy dispares– y custodiadas por un magnético y frío Rasmus Hardiker.

Natalia Tena, en una de las escenas de "White Christmas".

Natalia Tena, en una de las escenas de “White Christmas”.

Estructurado en pequeños actos, de forma muy hábil y precisa, el episodio consigue un acertado mecanismo de dosificación informativa. Ningún cabo queda sin atar, pese a que los pivotes dispuestos a lo largo de la narración sean bastantes. El guión es un artefacto sobrio y sólido, en perfecta simbiosis con la puesta en escena, que avanza decidido hasta un final que revira sobre todo lo contado anteriormente. El epílogo recoge las tres historias narradas por el personaje de Jon Hamm y reformula otra vez sus códigos, situándonos de nuevo ante una realidad desconocida hasta ese momento, y tan desoladora o más que aquella que había dispuesto con anterioridad.

El episodio de navidad de Black Mirror, por tanto, aúna las señas de identidad que han caracterizado a la producción desde su aparición con aquellos sentimientos propios de la época navideña. Sin embargo, la mezcla nunca resulta impostada y lo que consiguen Carl Tibbets, director, y Charlie Brooker, guionista del episodio y creador de la serie, es un conjunto que compensa el sentimentalismo y el imaginario propio de la Navidad con el dramatismo y ese terror tan subyugante al que nos tiene acostumbrados la ficción inglesa, que también recoge este episodio.

Al final de todo, la única pega que se le puede poner a Black Mirror es que se emita de tanto en tanto.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.