Bonnie & Bonnie y el sistema Litchfield

¡CUIDADO, SPOILERS!

No leas si no has visto la primera temporada de ‘Orange is the new black’.

“Quizás no sea un buen momento para decir hola”. Así, de sopetón, nos presentan a uno de los dos personajes centrales de Orange is the new black. El otro, Piper, una chica bien de Nueva York, a punto de casarse con su novio wonderful, acaba de ingresar en prisión por los delitos fiscales que cometió años atrás junto a su ex novia, Alex Vause, narcotraficante de armas tomar, que ahora la saluda por la espalda, con esta frase, en su primer día de encierro.

Puede parecer que el género de mujeres en prisión es territorio propicio para los tópicos, incluso podría ser que en algunos momentos la serie también tirase de ellos. Pero Kohan lo hace de una forma tan divertida y gamberra que nos enamoramos de la producción de Netflix a las primeras de cambio.

Presentadas las dos protagonistas, sobre las que pivota toda la trama, hay que negar la máxima: Orange is the new black no es una serie de dos personajes, sino una magnífica serie coral con algunos personajes memorables, por lo locos y por lo bien interpretados; estoy pensando en Crazy Eyes, Morello, Nicky y Penssatucky, pero la verdad es que cualquiera de las mujeres recluidas en Litchfield podría engrosar esta lista.

Sin embargo, una vez recalcado esto, hay que volver a repetir que, a la hora de la verdad, la trama gira sólo, y nada más, que sobre la relación de odio-amor entre Alex Vause y Piper Chapman, una especie de Bonnie & Bonnie contemporáneas (sin rastro de Clyde). Porque es la pareja la que da la chispa a la serie, que por momentos se convierte en una especie de comedia romántica con mucha socarronería. ¿Cómo se siente Piper con respecto a Alex? ¿En qué lugar queda su novio (el Jason Biggs de American Pie) ahora que se ha convertido en poco menos que un pagafantas? Y Alex, ¿está tratando de recuperar a Piper? Sabemos que la atracción, el amor e, incluso, los resquemores de antaño siguen vigentes; eso no hace falta ni que lo cuenten, se percibe desde las primeras tomas en las que las dos cruzan miradas.

Este arco de la narración tiene su culmen en el grandioso final del episodio 1×09, de título revelador: ‘Fucksgiving’, en el que Piper, tras pasar por la zona de aislamiento, se arroja a los brazos de Vause en una capilla, en una escena con cierto recuerdo a Californication, no sé si pretendido o no. Nueve episodios le cuesta a Chapman abrir los ojos y darse cuenta de lo que todas las demás llevan pronosticando desde el primer día de encierro. “Creía haber visto todos los bollodramas posibles, pero lo vuestro es increíble”, le dice Nicky a Alex en uno de los primeros episodios. Y así es, pero no por evidente la historia pierde gracia, sino todo lo contrario. Buena parte de culpa –o toda- se debe a la química entre las actrices, que han creado, cada una a su manera, una de las parejas más sensuales de los últimos tiempos. Chapman, la niña pija que un buen día se convirtió en delincuente tras enamorarse de una traficante; y Vause, una mujer muy tarantinesca que Laura Prepon ha convertido en, palabras de Isabel Vázquez que suscribo, “una chica con la que todos querríamos enrollarnos, cañera, misteriosa, vulnerable, sexy”. No encontraría una definición mejor del personaje.

Lo demás es una confirmación de que estamos ante una gran serie. La coralidad aporta un respiro al tira y afloja de Alex y Piper siempre que es necesario, y los personajes están perfectamente desarrollados, cada uno con una psicología, unos problemas, unos motivos. Orange is the new black supone un viaje a través de los pasados que han llevado a las reclusas al presente que viven en Litchfield. Jenji Kohan parece haber puesto en práctica dos premisas: “todo tiene un porqué” y “las decisiones que tomamos son las que nos llevan a nuestro presente”. La primera la introduce a través de flashbacks que nos sitúan en las vidas de las reclusas, muy al estilo de Oz, quizás la gran serie carcelaria; y la segunda, a través del recordatorio que Piper hace cada poco tiempo para no eximirse de la culpa: “estoy aquí gracias a mis malas decisiones”.

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El escenario aporta a la serie el elemento necesario para dar rienda suelta al gamberrismo que caracteriza a la producción de Jenji Kohan. En Orange is the new black se reflexiona sobre las drogas y la corrupción en las prisiones (Healy y Méndez mediante), sobre el sexo y el lesbianismo, o sobre la violencia y las diferencias etnoculturales entre las presas, pero por encima de todo sobre personas. Porque si algo queda claro es que, guste más o menos, se acerque más a la comedia o al drama (quizás el término dramedia sirva en este caso), estamos ante una historia de historias, de personas. Una ficción con un reparto magnífico que arranca sonrisas y muecas a partes iguales, una música cuidadosamente elegida en los momentos clave y unas conversaciones tan fantásticas como pretenciosas, siempre con un importante espacio para el humor gamberro y burlón.

Porque, como dice la canción con la que termina uno de los episodios: “living this life makes it hard”.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.