Claire Underwood, el futuro de ‘House of Cards’

Cuando los asesores de Podemos le recomiendan a Pablo Iglesias no definir el Congreso de los Diputados como un teatro son muy conscientes del daño que puede producir en la salud democrática de un país que los ciudadanos realicen esa asociación de conceptos. No están diciendo que un parlamento carezca de actitudes teatrales, sino que no conviene que lo parezca. Ambos elementos (teatro y política) han estado estrechamente unidos desde siempre. No sólo en muchas obras de teatro greco-latinas existía el fin de adoctrinar al público e interferir en las decisiones políticas del momento, sino que el hecho de que los parlamentos tengan la misma disposición arquitectónica que los anfiteatros clásicos no es exclusivamente una solución acústica, sino también una consciente actitud performativa.

La condición teatral es también una de las características fundamentales de House of Cards como drama político. El recurso del soliloquio, rompiendo la cuarta pared y apelando directamente al público, que realiza Kevin Spacey (quien casualmente también encarnó al Ricardo III de Shakespere en los escenarios) es tan sólo la evidencia formal. También en el fondo la serie de Netflix nos muestra una visión de la política enormemente espectacularizada, a través de cínicos políticos que se comportan de forma radicalmente distinta en público y en privado.

El talento de un buen mentiroso está en hacer creer a la gente en su falta de talento para mentir.

 Frank Underwood.

La cuarta temporada de House of Cards se centra en una campaña electoral, momento en el cual el juego de las apariencias cobra especial relevancia en el teatro de la democracia. Por primera vez vemos a Frank Underwood comenzar su conquista por el electorado, después de cuatro temporadas tirando de los hilos de una forma u otra, sin la aprobación de las urnas. Quizás sea por estos largos cuatro años de legislatura en la sombra que comenzamos a notar cierto agotamiento en la figura del personaje protagonista. Más histriónico que nunca, excesivamente visceral y poco racional, el arquetipo que representa Frank se vuelve previsible y monótono, como un ilusionista que ha repetido el mismo truco en demasiadas ocasiones.

La obsolescencia del presidenciable Frank no hace sino enaltecer a Claire como la nueva protagonista, con todas las papeletas para tomar las riendas en las próximas temporadas. Ya pudimos ver en la temporada anterior una cierta deriva hacia los personajes femeninos de la serie, una “feminización de la política” como le gusta repetir al líder de los podemitas, y que en esta temporada se consolida con la emancipación de Claire y la aparición de otras dos mujeres fuertes e independientes: su madre y su consejera política. Es sobre todo esta última, interpretada por una redescubierta Neve Campbell, uno de los pilares fundamentales sobre los que pivota la temporada hacia el tema de la campaña presidencial y la imagen pública de los políticos, como contraposición a su vida privada. En política los trapos se lavan en casa.

Precisamente en relación a este aspecto, la temporada nos presenta a dos magníficos nuevos personajes que encarnan una versión actualizada de los Underwood, el candidato republicano y su mujer. El joven y atractivo matrimonio de hijos rubios y adorables, se desenvuelve con enorme soltura en la dinámica mediática que se genera en una campaña política. Su aparente inocencia y honestidad, que transmiten a través de sus apariciones televisivas o los vídeos caseros que suben a las redes sociales, no son sino una mera fachada, una estrategia populista que nos termina por confirmar que Frank y Claire no son una excepción, ni el caso más grave de cinismo político que podemos padecer.

La sofisticación de esta pareja es una pincelada más en la concepción que House of Cards siempre ha tenido en relación a la estética como elemento ideológico. La belleza transmitida a través de la composición de los planos simétricos, la decoración de los escenarios o la vestimenta de los personajes representa la creencia en la estética como elemento transformador, ideal “para propagar ideas neoliberales, para generar nuevas sensibilidades”.

La cuarta temporada de House of Cards es quizás una temporada de transición. En ella encontramos un cierto desinterés en Frank y en algunos secundarios y tramas que siguen lentamente coleando desde la primera temporada. Sin embargo, los temas que se abordan en esta tanda de 13 episodios son de gran interés. Junto a la campaña política (y su estetización), a la temporada se unen otros asuntos de actualidad como el espionaje digital a los ciudadanos, la posesión de armas o el terrorismo islámico, todos ellos tratados desde el cinismo (marca de la casa) pero con un evidente matiz de crítica hacia la actuación de nuestras administraciones.

Esto unido a la inclusión de interesantísimos nuevos personajes, el foco centrado en Claire y el magnífico y temible giro final, nos deja con ganas de más; con ganas de una quinta temporada que termine por quitarse los lastres pendientes y se sumerja sin complejos en la caída de Frank y el alzamiento definitivo de Claire.

Estoy harta de ganarme los corazones de la gente. Podemos utilizar el miedo.

 Claire Underwood.
Jorge Dueñas Villamiel

Diseñador digital e historiador del arte. Pensando en imágenes desde 1984.