‘Cuéntame un cuento’, érase un descompensado thriller

¡CUIDADO, SPOILERS!

Contiene datos relevantes de la trama de los cinco episodios.

«Ni fueron felices, ni comieron perdices.»

Esta es la frase con la que se da cierre al primero de los episodios de Cuéntame un cuento, ambicioso proyecto que pretende hacer una reinterpretación y adaptación de los cuentos tradicionales a nuestra época y circunstancias. Y la conclusión se podría aplicar, en realidad, a cualquiera de los episodios, puesto que en los thrillers psicológico-policíacos que componen la serie nada suele acabar bien. No es que se pueda hablar de una idea novedosa; muchas son las producciones que han jugado a ese rol en los últimos años, sin ir más lejos la Once upon a time de ABC y su traslación del imaginario narrativo de los cuentos al Storybrooke en el que se sitúan los protagonistas de la serie. Sin embargo, sí lo es para nuestra ficción.

En líneas generales se puede hablar de Cuéntame un cuento como un proyecto interesante, pero fallido. Las decisiones que se han tomado para su representación han lastrado una propuesta que apuntaba muy alto, pero que en cambio se ha quedado en una insípida tierra de nadie. La voz en off, los constantes subrayados y algunas de las interpretaciones se han convertido en el peor bagaje de una serie que, en cambio, ha funcionado en alguna de las construcciones y traslaciones del imaginario colectivo a la actualidad. No se puede hablar de Cuéntame un cuento como una adaptación de los cuentos clásicos a la era moderna, no lo es. Los cinco episodios, algunos más y otros menos, han optado por crear historias independientes que han cogido alguno de los elementos propios del cuento al que pretendían asemejarse. La ficción de Antena 3 ha tenido en las atmósferas y en algunas de sus interpretaciones (Blanca Portillo, Michelle Jenner y Víctor Clavijo) sus puntos álgidos.

A continuación, propongo un análisis de lo que ha dado de sí la ficción en cada uno de sus episodios.

Los tres cerditos o las tres patas de la venganza

«Érase una vez», comienza explicando un narrador a la manera clásica. El ralentí con el que se inicia el primer episodio de la producción augura buenas impresiones. Mientras la voz en off comienza a apuntar las directrices del cuento «original» (lo pongo entre comillas porque se cuenta de tantas formas que el original ya es una quimera), la imagen muestra los primeros pasos de la readaptación que propone Cuéntame un cuento. Los tres cerditos son una banda de ladrones que atracan joyerías enmascarados con caretas del animal.

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La dirección, en cambio, tras este buen principio del piloto, se vuelve muy irregular y empequeñece la propuesta con algunas decisiones. Deslumbran algunas secuencias de rodaje (la entrada en la discoteca del «lobo», algunos travellings de seguimiento y la cámara vibrante en mano cuando la acción la precisa), pero en otras tiembla el pulso y la ejecución es algo más cuestionable (sobre todo en los forcejeos finales).

Un guión muy bien trazado y resuelto, pese a la multitud de obviedades y giros convencionales, e incluso previsibles (el embarazo, el atraco en el momento más «oportuno», que el acompañante del protagonista conozca las alarmas de la casa en el momento clave, etc), concluye en una trama interesante de thriller que consigue mantener la atención del espectador durante todo el metraje. El episodio se permite incluso esbozar una crítica muy sutil a la burocracia policial y el sistema judicial. La frase del protagonista: «La ley es una mierda», evidencia esta línea, que tampoco es desarrollada mucho más allá de un par de apuntes.

El verdadero problema de este primer episodio son en realidad tres. El primero y más grave es común a todos los episodios y radica en una voz en off totalmente innecesaria que va contando el cuento al espectador a medida que este transcurre. Los subrayados, por lo general, son un recurso redundante y poco elegante. En este sentido, la voz en off de Cuéntame un cuento lastra por completo la propuesta y resulta muy machacona y cargante. El recurso recuerda a la voz en off que vertebraba la serie de History Channel The Bible, que actuaba como si fuera el propio Dios, en este caso el narrador omnisciente. El problema aquí es que el narrador omnisciente propio de los cuentos clásicos se traduce en una sobrepresencia del mismo totalmente prescindible.

Los otros dos problemas tienen su origen en el desaprovechamiento de recursos; primeramente en cuanto al apartado actoral, en el que un gran Víctor Clavijo, convertido en el lobo que persigue a los tres cerditos que han matado a su mujer, brilla a años luz del resto del reparto (totalmente descompensado, evidenciando esta diferencia un Arturo Valls que no llega a la altura dramática de la propuesta). El otro desaprovechamiento tiene lugar en los espacios. El diseño de producción de la serie es magnífico, pero la dirección se empeña en desaprovechar los exteriores (que los tiene, y muy buenos), que podrían haber dado mucho jugo al primer episodio.

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Blancanieves y el incesto deux ex machina

«¿Te imaginas que esta manzana estuviese envenenada?», le dice Blanca a su hermanastro justo antes de morder la fruta roja. Es uno de tantos subrayados, que vuelven a ocupar un lugar importante en el segundo episodio de Cuéntame un cuento. Los guionistas de la ficción parecen empeñados en sobrecontar el cuento, por otra parte más que trillado desde la infancia de cada espectador. La voz en off lo vuelve a hacer patente en este capítulo.

Tras un salto temporal brusco y muy repentino, el episodio se sitúa en la actualidad y da comienzo el thriller. Blanca Suárez se pone en la piel de una Blancanieves que, tras ser acogida por una banda de ladrones (los siete enanitos), se une a ellos en sus actividades delictivas. La casualidad -casi un deux ex machina– conducirá a que la banda tenga que atracar, para dar el golpe definitivo, la antigua casa de Blancanieves, en la que sigue «reinando» la Bruja, a la que interpreta Mar Saura.

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En el guión se establece la principal debilidad de este episodio. Si el cazador aparece tan de pronto que puede costar entender de dónde proviene (aunque me parece un acierto dejar que el espectador sea quien ate los cabos en este caso), después el texto se dedica a crear situaciones profundamente inverosímiles -incluso absurdas- en pos de llegar a un par de escenas clave, como el -¿clásico?- polvo entre Blanca y su hermanastro (lo que yo he optado por llamar el «incesto involuntario») o la escena de amor final, que no podría faltar en una ficción que, me temo, ha hecho suya la tara del «para todos los públicos».

No es la única calamidad de un guión que hace aguas por todas sus líneas. Los giros son interesantes, sí, incluso alguno puede llegar a ser sorprendente; sin embargo, la sobreabundancia hace que tanto vuelco a la historia acabe por resultar forzado, cansino y la historia pierda toda la credibilidad. Por no hablar de las frases vacías, que aparecen casi en cada secuencia. En un momento, el hermanastro dice: «Creo que fue la primera chica de la que me enamoré, pero entonces no lo sabía», sobre su hermanastra Blanca. Absurdo, forzado e incluso ridículo comentario que sirve como ejemplo para ilustrar el tono general de este 1×02.

La dirección del episodio, por su parte, se tambalea en la línea de la mediocridad, con grandes alardes técnicos en forma de travellings y algún que otro plano secuencia, muy bien ejecutados, pero también se muestra débil y sin pulso en las escenas de acción, de la misma forma que le ocurría al primer episodio de la serie. De esta forma, una estructura llena de saltos temporales y espaciales a menudo demasiado bruscos nos lleva hasta un desenlace en el que el duelo dialéctico entre las dos mujeres (Blanca Suárez y Mar Saura; Blancanieves y la Bruja) concluye un episodio que vuelve a quedarse en tierra baldía. Una pena.

Caperucita roja y el mal tripolar

El bosque recreado en un túnel mediante un graffiti, una canción sobre la ingenuidad de una muchacha joven como leitmotiv musical, un interesante juego de cámara al entrar en ese «bosque» misterioso. Y la voz en off, menos cargante que nunca. Incluso un bellísimo plano en el que el rostro de Claudia-Caperucita -preciosa Laia Costa, por cierto- es enfocado al frente de un panal de ventanas de un edificio de Madrid. Todo daba buenas sensaciones en la primera mitad del episodio. A pesar de las interpretaciones, flojísimas, la adaptación del cuento de «la caperuza» lograba algo que los anteriores no habían conseguido: mantener la tensión propia del thriller. Sin embargo, la segunda mitad del episodio, plagada de giros sin demasiado sentido, lanza por tierra todas las bases de la aceptable primera mitad.

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El juego que propone la adaptación de este cuento consiste en la necesidad de enfrentarse a un asesino que mata jóvenes en el túnel (el bosque, recordemos, recreado en las paredes vía graffiti). Y la principal «renovación», tener que averiguar quién es el lobo, es decir, el asesino. Los indicios llevan a pensar en tres personas. A lo largo del capítulo se alternan las posibilidades de ser el lobo. Por lo tanto, el thriller propone el juego del mal tripolar, personificado en tres hombres (Antonio, el misterioso vecino de la abuela; Fran, el oscuro compañero de clase de Claudia; y Joaquín, el leñador, un policía que sale con la madre de la niña).

El problema de esta propuesta radica en la repetición forzada de ideas. Resulta demasiado cansino ese continuo alternar de apariencia. A lo largo del episodio, el testigo del mal pasa de uno a otro más de tres veces, resultando al final demasiado plomizo. No obstante, la idea permite generar una atmósfera de desconfianza y un ambiente de miradas, imaginación e, incluso, situaciones quue bordean la frontera de la realidad y la fantasía (por ejemplo, el momento en el que Caperucita cree que Joaquín está espiándola mientras se cambia, ¿o realmente lo estaba haciendo?).

A partir del giro central, lo que parecía que podía ser un capítulo con ciertas aristas se vuelve loco en favor de una sucesión de cambios de identidad del villano. El guión dispone varios pivotes, demasiado enrrevesados unas veces (el giro final en el que descubrimos al verdadero «lobo»), demasiado ingenuos otras (la Caperucita que se cree el señuelo de la abuela escribiendo un whatsapp cuando no sabía ni coger el móvil).

Para concluir, llaman la atención dos mensajes subcutáneos que deja el episodio sobre la mesa. El primero, sobre el uso de la tecnología, a la que por momentos llega a demonizar en boca de alguno de los personajes. Gracias a la tecnología y a la facilidad para falsear la identidad, el asesino capta a las víctimas, Caperucita es engañada para que caiga en la trampa, las jóvenes envían sus fotos comprometidas a varios ordenadores… La tecnología parece quedar en un lugar cuestionado (y cuestionable) a lo largo del epiosodio. En segundo lugar, el mantenimiento del hombre de su éstatus de «víctima». Si en el cuento, la culpabilidad recaía sobre los «hombros» del lobo (animal), en la adaptación que propone este capítulo lo hace sobre la figura de la mujer. El hombre se mantiene intacto como víctima. Otro mensaje ciertamente cuestionable.

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Hansel y Gretel y la perversión del artista

Partiré este análisis con la idea de que la fachada del cuarto episodio de Cuéntame un cuento está edificada sobre un error constante de guión: la existencia ausente de las telecomunicaciones. Cuesta creerse que dos chavales de nuestro tiempo -al que recordamos está adaptando los cuentos clásicos la serie- sean abandonados por su madre y no hagan uso del móvil (cuando, además, en uno de los primeros planos se ve que él lo lleva). Se pueden dar multitud de explicaciones, más o menos técnicas, bien; pero ¿y en el momento del centro comercial?

Aclarado esto, diré que este Hansel y Gretel, pese a un par de incongruencias que se suman a esta citada, me ha parecido un buen episodio. La «culpa» de ello la tiene, fundamentalmente, un nombre propio: Blanca Portillo. La actriz se carga el peso de la historia sobre la espalda y construye un personaje repleto de pliegues psicológicos que acorrala tanto a la historia como al espectador contra las cuerdas. Sus constantes miradas a cámara, sus cambios de registro, en definitiva, su portentosa interpretación de la villana del cuento, son muy remarcables. Otro nivel.

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Por otra parte, en los aspectos técnico y narrativo la diferencia entre este episodio y los anteriores radica en la forma de contar la historia. Mientras que en anteriores capítulos, aludíamos en determinados momentos a una dirección plana o carente de tensión, la adaptación del cuento de Hansel y Gretel ha estado vertebrada por un trabajo de dirección, guión y musicalización altamente oníricos. Tal vez en los planos de presentación de la casa, la atmósfera oscura generada por la lluvia (aunque hay un plano muy ahorrable por chusco en este sentido) y el personaje de la bruja esté el mejor ejemplo, aunque se mantiene a lo largo del episodio. Sombras que se mueven, sonidos titilantes, movimientos de cámara muy «flotantes», tensión tras cada puerta… En definitiva, una atmósfera muy propia de los cuentos.

El episodio 1×04 fundamenta toda su propuesta en torno a la bruja. ¿Y qué sería del total sin la mejor de sus partes? Probablemente nada, o mucho menos de lo que es con ella. Blanca Portillo borda su papel de fotógrafa obsesionada por una serie de temas comunes (muerte, abusos sexuales y físicos, sexo) que tienen que ver con la muerte prematura de su hijo, víctima del bullying. Muy macabro resulta el trabajo fotográfico que se deja ver del personaje, con maniquíes (un acierto, ya que ayudan, además, a crear la atmósfera lúgubre de la casa) y con personas reales. Evidentemente el final dejará al descubierto que la finalidad de acoger a los dos hermanos en su casa no es otra que utilizarlos como modelos, bajo el efecto de las drogas que los suministra, para sus oscuras sesiones. Poco a poco la narración se transforma en una especie de cuento de terror erótico-psicológico que conduce a los hermanos -a veces más cerca de lo que sería una pareja de amigos íntimos- hasta la cumbre dramática de la historia (la rendición ante la «sesión de fotos»). Resulta interesante, en este sentido, la construcción del villano, la bruja interpretada por Blanca Portillo, en torno a la demonización del trabajo artístico que realiza. ¿Estamos ante una «demonización» del artista?

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Poco a poco la propia historia nos conduce hasta el inevitable desenlace, con la consiguiente moraleja, esta vez de «final feliz». Después de un amago de separarse en el camino, los dos hermanos deciden seguir juntos y enfrentarse a su pasado para encarar el presente que les aguarda; entonces, la cansina voz en off pontifica: «Bajo los muros de las casas de golosinas se encuentra lo que más tememos. Y llega un momento en el que hay que dejar de ser niños, hacerse mayores y enfrentarse a lo que más tememos». Y colorín, colorado…

La Bella y la Bestia o la no-imagen y el amor como salvación

Un actor endiosado que estrena su nueva película delante de un público entregado. El tipo, además de un poco soberbio, es presentado como un hombre infiel, engreído y muy altivo para con los demás. Es el «príncipe», aquel al que todos veneran. La construcción del personaje, encarada en principio para causar un rechazo hacia el mismo, no funciona. El tiempo de reacción del espectador es mínimo y de repente todo está virado para que los odios se los lleve la bruja, que lo droga y provoca que sufra un accidente en el que su rostro queda desfigurado.

Sorprende gratamente en el inicio del episodio la reflexión en torno a la imagen y a la excesiva importancia que adquieren los «rostros bonitos» en la sociedad. El príncipe se convierte en «la bestia» con sólo un cambio físico: la desfiguración del rostro a causa del accidente. Desde entonces, se recluye, sólo en su mansión gigante, junto a la guardesa y su hijo. Su carácter se vuelve huraño y arisco; ya no trabajo. Sin embargo, pronto esa reflexión caerá en saco roto en favor de los alardes técnicos de la dirección, empeñada en cargar la puesta en escena con planos aberrantes e imposibles -situando el punto de vista en el filo de un cuchillo, el fondo de una piscina o el cristal de un vaso; algo similar a lo que recientemente hacía Breaking Bad, pese a no ser la única ni la inventora- que no aportan apenas nada a la historia.

El suicidio de la mujer, convertida en seguida en la bruja, deja a «la bestia» aun más sola y desvalida. La aparición del personaje de Michelle Jenner, que interpreta a una joven escritora que llega para redactar la biografía del actor, será el punto de inflexión, tanto en la historia del personaje como en la globalidad del episodio. La actriz se carga el peso de la trama a sus hombros y dota de entidad a su personaje, y por extensión, a la hasta entonces dubitativa «bestia». Desde su irrupción será el pivote sobre el que giren todas las líneas del capítulo, tanto la relación personal que entabla con «la bestia», como la investigación que empieza a llevar a cabo sobre la turbia escena del pasado que late bajo la piel de la mansión.

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Las alucinaciones del antiguo príncipe, ahora convertido en monstruo, crean una atmósfera de ensoñación fantasmal, que se justificará con un sorpresivo e inverosímil giro final -descubriendo que la bruja está viva y compinchada con la guardesa y su hijo para hacer la vida imposible a su pareja- y al carrusel de alocamientos propio de cada final de capítulo. No obstante, la atmósfera inquietante retornará de manera brusca y enigmática en el inquietante plano que concluye el episodio.

En el aspecto narrativo sorprende, o resulta curioso, la representación visual de la desfiguración. La primera mitad del episodio evita constantemente, con una suerte de juegos visuales improbables, que la cara cicatrizada de «la bestia» aparezca. Siempre es tapada con la máscara sustitutiva de su rostro -una cita evidente al Richard Harrow de Boardwalk Empire– o con las propias manos del actor. Sin embargo, en este caso también es la aparición de Michelle Jenner, la bella, la que da la vuelta a las tornas. Cuando ella aparece la «bestia» deja de ocultarse; no le importa mostrar su verdadera cara ante ella y la cámara aprovecha, en esta segunda mitad del episodio, para incluir siempre que puede, de forma algo grotesca en algún momento, el plano de ese rostro «roto».

La Bella y la Bestia de Cuéntame un cuento habla sobre ese poder de la imagen, y de la ausencia de la misma, en una sociedad cada día más hipermediatizada y preocupada por las «caras bonitas». No obstante no es la única reflexión que desliza el capítulo, que coloca al amor verdadero como la única salvación posible para el ser humano. El amor como baluarte en la vida. Y Michelle Jenner como baluarte de la ficción.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.