El descenso al infierno de la locura en ‘Hannibal’

¡CUIDADO, SPOILERS!

No leas si no has terminado la segunda temporada.

Hipnótica locura, no existe mejor expresión para intentar definir Hannibal. Si la primera temporada nos confirmó que lo que nos tenían preparado los guionistas era un plato de sabor diferente a lo que estabamos acostumbrados, muy alejado de sus referentes literarios y cinematográficos, con la segunda temporada hemos descubierto que los límites de la depravación y la violencia eran mucho más profundos de lo que podíamos imaginar.

La temporada empezaba con los roles de los personajes principales intercambiados. Will encerrado en prisión luciendo la clásica máscara anti-caníbales que tanta fama le dio a Anthony Hopkins en el cine, y Hannibal ejerciendo de asistente del FBI en ausencia de Will.

«Si no puedes vencerlo, únete a él».

Eso es lo que debió pensar Will que, de la mano de Jack, tramó una compleja (y algo fantasiosa) trampa para «pescar» a Hannibal usando como cebo al propio Will que simuló haber caído en las redes del psicópata para empatizar con él y formar un retorcido duo de perturbados.

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La estructura de la temporada ha sido similar a la primera, con la trama general avanzando, pero con un «muerto de la semana» en cada capítulo. En esta ocasión, la perversa originalidad con la que los guionistas han imaginado estos asesinatos ha sido especialmente inquietante. Hannibal es una serie que juega con los límites de la violencia televisiva, haciéndonos sentir culpables del disfrute estético que consigue la magnífica dirección y fotografía, así como induciéndonos en una espiral de locura alimentada por la constante e irritante banda sonora que impregna todo con un matiz onírico que ayuda a que no seamos del todo conscientes de la brutalidad de lo que percibimos.

Como trama paralela, esta temporada hemos disfrutado de Margot y Mason, una pareja de hermanos pijos a cada cual peor de la cabeza, con enormes instintos asesinos. Este último además nos ha dejado una de las escenas más enfermizas y macabras que hemos podido ver nunca por televisión. ¿Volverán a aparecer estos dos en la tercera temporada? Esperamos que sí.

Hannibal - Season 2

Pero lo mejor de esta brillante temporada ha sido el final, sencillamente espectacular. En un giro de tuerca más a los complejos mecanismos del drama televisivo contemporáneo, la serie nos ofrece un final de temporada trepidante, coreográficamente bellísimo, en el que los guionistas no se conforman con hacer desaparecer a uno de los protagonistas, sino que los dejan a todos tocados, con su vida pendiendo de un hilo, al igual que el suspense generado en los espectadores, que deberemos esperar casi un año para descubrir quién sobrevive a la matanza, si es que acaso alguno lo logra…

Este final me ha hecho reflexionar sobre el personaje de Hannibal, ya que me parece un paso más en la evolución de los protagonistas seriales. A diferencia de otros antihéroes convertidos en personajes principales como Tony Soprano o Dexter Morgan, con el Dr. Lecter es imposible empatizar, no se nos presenta justificación posible a sus actos ni se le ofrece redención posible. Es el mal personificado, puesto bajo los focos del show, actuando como motor que hace funcionar la trama y como maestro de marionetas del resto de personajes.

Por si esto fuera poco, tras los créditos finales nos regalan el postre, una guinda extra para alimentar nuestra, ya muy desarrollada, capacidad de sorpresa. El epílogo muestra a Hannibal viajando en un avión en el que se habla francés, en compañía inesperada (y no sabemos si voluntaria) de la Dra. Bedelia Du Maurier (Gillian Anderson), eso desde luego tampoco nos lo esperábamos.

¡Bravo!, y gracias por la cena, estamos deseando que llegue la próxima.

Jorge Dueñas Villamiel

Diseñador digital e historiador del arte. Pensando en imágenes desde 1984.