En terapia: 10 días sin ‘A dos metros bajo tierra’

El siguiente texto es altamente personal y una manera de celebrar y agradecer el trabajo de Alan Ball y todo el equipo de A dos metros bajo tierra. Es difícil expresar todo lo que esta serie significa para mí o las muchas maneras en las que me ha ayudado.

El 21 de Agosto de 2005 la HBO emitió el final de A dos metros bajo tierra y casi inmediatamente se convirtió en uno de los finales más aclamados de la historia de la televisión. Hace 10 días vi el final y no me pudo importar menos lo que otra gente opinara al respecto.

Que no se me malentienda, desde entonces no he parado de buscar precisamente eso, opiniones y artículos sobre A 2 metros bajo tierra (los de PopMatters y AV club son esenciales) y leer ávidamente cada detalle, pero eso no significa que esos artículos vayan a cambiar nada mi experiencia emocional de la serie (desde el punto de vista intelectual son artículos excelentes, los análisis de John Teti permiten ver a los personajes con ojos nuevos). No ya desde el final, sino desde el episodio 9 de la quinta temporada me he sentido emocionalmente machacado. Y eso no se debe a las tramas sino a como de reales son los personajes, tanto o mas reales que gente a la que he conocido en persona y su pérdida es poco menos que una tragedia, no por esperada (al fin y al cabo ya sabia que la serie se acababa) menos impactante.

Precisamente para evitar ese final en 2006 deje de ver la serie al acabar la tercera temporada. El llegar a un punto y aparte concreto, unido a una serie de cambios que sucedieron en mi vida me dio la excusa perfecta para ir posponiendo el seguir con la serie, ir permitiendo que el tiempo se acumulara sobre ella para dejarla congelada. Más fácil dejar a Lisa desaparecida y Nate en una espiral autodestructiva que afrontar lo que estaba por venir, no porque supiera nada (de alguna manera milagrosa he evitado hacerme spoilers durante 8 años y ahora no paro de verlos por todos lados).

Como he dicho un poco más arriba, la fuerza gravitatoria de esta serie reside en sus personajes, que están escritos de una manera tan perfecta que dejan de estar en la pantalla para estar en tu cabeza todo el tiempo. No es posible que oiga uno de los nombres de la serie y no lo asocie con los personajes: Claire, David, Nate y Ruth llevan detrás el apellido Fisher* automáticamente. Son realistas sin pretender gustar o representar a todo el mundo, pero sus problemas y sentimientos son universales. No hay un personaje que carezca de fallos, pero esos fallos son reconocidos y no están ahí por dar “personalidad”, los espectadores vemos y entendemos qué causa sus comportamientos si escuchamos y ponemos la atención suficiente para ello. La enorme humanidad que ponen los guionistas al escribirlos hace difícil no sentirse cercano a todos y cada uno de ellos: la eterna huida hacia delante de Nate, la necesidad de dejar de ser el muro de estabilidad de David, el sentimiento de desorientadora libertad de Ruth o el estar perdido sin saber hacia donde llevar el futuro de Claire. Además, al abarcar tantos tipos de persona diferentes espectadores se identifican con diferentes personajes, no porque fueran más o menos atractivos o interesantes, sino porque sus problemas eran los de uno mismo. En 2004, mientras veía la serie con mi madre, las discusiones de lo que pasaba en pantalla se trasladaban a la vida real cuando ella asumía que lo que hacían Claire, David y Nate estaba mal y lo que hacía Ruth era más comprensible y defendible, mientras que yo siempre solía pensar que Ruth estaba equivocada hasta las patas.

Pero la evolución personal también hace cambiar cómo se ven a los personajes. En mi salto de 8 años entre la temporada 3 y la 4, ahora me resultan más cercanos los problemas de Ruth, y menos los caprichos de Claire; me duele ver a los hermanos Fisher ignorar a su madre y soy mucho más crítico con el comportamiento de Nate y David con sus parejas.

A dos metros bajo tierra admite infinitos visionados, es divertida, triste y alegre, es surreal y profunda, y sobre todo ayuda al crecimiento emocional de sus espectadores y amplia sus miras. En su momento ayudo a normalizar la idea de presentar relaciones gays en pantalla de manera completamente normal (la relación más sana en las 5 temporadas es la de David y Keith), y la capacidad catártica de esta serie y su tratamiento de la muerte es única, solo comparable a All That Jazz de Bob Fosse (película con la que comparte más de unos detalles casuales). Y está tan de actualidad ahora como hace 10 años, con sus ejemplos de personajes afectados por una masculinidad tóxica como Keith, su mirada sobre las relaciones interpersonales alejada de tópicos y sus profundos retratos de personajes que no tanto “evolucionan” como acaban descubriéndonos a nosotros lo que realmente ocultaban desde el principio como pasa con Nate y su idealismo hipócrita escondido hasta para sí mismo y que para los espectadores no empieza a hacerse patente hasta la tercera temporada y solo acaba saltando al frente en la quinta.

Precisamente Nate es la tormenta perfecta para mí. Como él, tuve que dejar mi vida tal y como la planeaba para ayudar en el negocio familiar, y como él, mi madre sufrió una enfermedad de la que pareció recuperarse pero que tres años después volvió para acabar el trabajo. El momento en el que pierdes a Nate fue revivir, en cierta medida, el momento en que perdí a mi madre, debido a las muchas uniones mentales que había establecidos entre la serie y ella: era una serie que compartía con ella cuando se daba la casualidad de que volvía de trabajar a tiempo para verla conmigo, la serie completa en DVD fue uno de los últimos regalos que me hizo y el hecho de terminarla también significó cerrar una última puerta que quería dejar abierta.

Todo esto es algo que pasó en el intervalo entre dejar de ver la serie y retomarla desde la temporada 4, pero ello no quiere decir que antes de que mi madre enfermara no estuviera conectado con la serie, el primer episodio de la temporada 3, “Perfect Circles”, es el que probablemente haya provocado una respuesta más fuerte en mí, su trampa metafísica me pilló totalmente desprevenido y me dejó hundido… durante los 20 minutos que tarda en destaparse el pastel. Pero todo lo ocurrido en los últimos 3 episodios de la serie me ha afectado sin límite de tiempo, empezó hace 15 días y aún no estoy recuperado, ni estoy seguro de que lo esté próximamente.

La última escena de Nate es brillante hasta más no poder. En una serie llena de sueños y fantasías y espejismos individuales nos dejan creer que estamos viendo uno más, pero en realidad es un sueño compartido por David y Nate que cambia de foco del sueño sin que nos enteremos y Nate desaparece en un océano que se ha convertido en el símbolo del más allá en diversos momentos anteriormente durante la serie. El dolor de los Fisher durante los restantes 3 episodios es el dolor de uno mismo. Nate toma el lugar de su padre como el fantasma que se aparece a su familia y como “patriarca”. El hecho de que al final te revelen que el personaje “principal” (por decir algo) no era Nate sino Claire queda aparcado hasta más adelante dado que todo queda relegado a intentar sobrellevar el sentimiento de perdida que ha quedado y que solo es exacerbado por el hecho de que la serie se acabe.

Y como remate final, Ball y su equipo cierran la serie con esos últimos 7 minutos que hacen un círculo perfecto y te llevan a través de la vida de todos los personajes principales y a su final, atando casi todos los nudos que había que atar y llenando el agujero de tierra. Hasta aquí hemos llegado.

Pero no está todo acabado.

willa

 

* No solo los Fisher entrarían dentro de esto, sino también todos los otros personajes, pero es más fácil decir “Los Fisher” que “Los Fisher, Chenowith, Keith, George, Arthur…”.

Samuel Fiunte

Do yourself a favour, Watch Six Feet Under

1 Comentario

  • Responder noviembre 27, 2016

    Ale

    Solo quiero darte las gracias por el comentario màs completo que he leido de mi serie de tv favorita. A medida que iba leyendo me identificaba con cada palabra. Muchas gracias.

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