‘Estoy vivo’, la imantación familiar

A mis padres: mi familia.

La familia imanta. Bien lo sabe la teleficción española, que a lo largo de los años ha llenado la parrilla de teleseries familiares (Médico de familiaFarmacia de guardia o Los Serrano, entre otras). Daniel Ecija continúa con Estoy vivo el camino que ya abrió con la citada Médico de familia o con Aída, entre otros títulos. La primera temporada de su obra ha indagado en esos recovecos emocionales que desnudan las relaciones interfamiliares.

La premisa es sencilla. De hecho no podría serlo más. Un policía es asesinado en acto de servicio. Tras subir al cielo, es devuelto a la tierra vestido con otra piel. Andrés Vargas ya no lo será más; a partir de ahora se llamará Manuel Márquez. Para más inri: cuando regrese a la Tierra habrán pasado cinco años, patrullará con su hija (ahora, subinspectora) y le acompañará una especie de ángel de la guarda encargado de asistirle en los cambios. La segunda oportunidad tendrá solo una condición: deberá atrapar a su asesino, el Carnicero.

La relación entre Andrés Vargas, ahora Manuel Márquez, y su hija alterna el drama y la comedia.

Con este planteamiento inicial, Estoy vivo se dedica a juguetear con los géneros. De la comedia a la ciencia ficción, pasando por el thriller, la sitcom e incluso el fantástico, la obra emitida por TVE se aproxima y se aleja de las convenciones de la ficción española con total soltura. Quizás una de las claves para ello sea la versatilidad del elenco de intérpretes, encabezado por Javier Gutiérrez, al que acompañan un divertidísimo Alejo Sauras y la naturalidad de Anna Castillo, entre otros grandes nombres.

Así las cosas, la ficción creada por Ecija se convierte en un entretenimiento agradable y desacomplejado. Una idónea medicina para la oscuridad y perversidad que parecen adueñarse poco a poco de las parrillas televisivas. También hay que reírse y relajar la mente; y en esa tarea, Estoy vivo es una buena aliada. Una ficción muy radicada en ese sector de población que se acerca al que habita la familia protagonista. Un hogar estándar. No en vano, los personajes se asientan en el barrio obrero de Vallekas y se adentra en determinadas secuencias en la idiosincrasia de un club de fútbol tan peculiar como el Rayo Vallecano, quizás el más familiar de toda la geografía española. Y sí, en este caso el fútbol sirve como metáfora. Porque como Arturo le dice a su hijo en la ficción: “lo importante no es el fútbol, sino con quien lo compartes”. Y lo mismo se podría aplicar, en última instancia, a las series de televisión.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.