‘Fargo’, el demonio en la Minnesota Nice

¡CUIDADO, SPOILERS!

No veas si no has visto la primera temporada completa.

Tal vez Fargo (1996) sea la película que mejor recoge el espíritu cinematográfico de los hermanos Coen. Por eso, cuando se anunció la serie que iba a adaptar el film de los cineastas, las primeras reacciones fueron de recelo y desconfianza. Hoy, diez episodios después, es el momento de hacer bagaje. Y de quitarse el sombrero ante una de las sorpresas seriéfilas de la temporada.

El diálogo entre la serie y la película es constante (se podría hacer extensible a la correspondencia que intercambian el cine y las series, en general, desde hace un tiempo). Eso sí, la serie, a pesar de adaptar la película, tiene una voz propia fácil de identificar y muy elogiable. Muchos son los elementos de la película que incorpora la serie a su lenguaje, por supuesto; todo es reconocible y a la vez todo es exclusivo en la producción de FX.

Si los Coen retrataban la denominada Minnesota Nice de 1996, Fargo adapta ahora la expresión al tiempo contemporáneo en el que se sitúa. Es uno de los grandes aciertos: el retrato comunitario. La panorámica sobre el poblado en el que nunca ocurre nada, donde todos se conocen y parecen estar siempre a punto de servirte una taza de café caliente. Los comportamientos, la fotografía (siempre entre grises y blancos, parecido al trabajo de Roger Deakins en el film), el diseño de producción (en el que, por cierto, sí han trabajado los hermanísimos); todo recuerda a la película y, a su vez, aporta un giro novedoso. El punto de unión más evidente entre las dos “Fargos” viene dado en el prólogo del episodio 1×04, en el que se explica la historia de un maletín enterrado que recuerda muchísimo (se puede decir que es el mismo) al de la película.

La fórmula de la serie ha sido la misma que en 1996 utilizaron los Coen, la misma que les valió el Oscar al Mejor Guión Original: introducir al demonio en una comunidad encantadora en la que nunca pasa nada. Las palabras de Bill en el último episodio dan muestra de ello:

¿Qué ha pasado con dar los buenos días a tus vecinos, quitar la nieve de su entrada y recoger el cubo del otro?

La bicefalia de maldad que asola el poblado de Bemidji proviene de dos focos: por un lado el propio pueblo, con Lester Nygaard, por el otro, un recién llegado, el abyecto Lorne Malvo. Las interpretaciones, tanto de Martin Freeman como de Billy Bob Thornton respectivamente, son dignas de aplauso. El demonio está en dos personas, como vemos. Y cada una lo representa a su manera (de forma similar a como ocurría con Steve Buscemi y Peter Stormare): Lester es un mal que evoluciona poco a poco, Lorne Malvo es el mal desde su origen y, en cierto modo, un mal endémico.

La evolución de Lester Nygaard transcurre en pequeños pasos, aunque desde el primer capítulo. Lo conocemos en un momento de cambio: acaba de matar a su mujer y pide la ayuda de un sicario al que ha conocido en un centro médico. Cierto es que el desarrollo del personaje, su adscripción paulatina a la villanía (hasta que en el 1×09 envía a su mujer a la tienda por delante de él, con su abrigo, para asegurarse de que, si Malvo lo espera, se encuentre antes con ella) tiene muchas reminiscencias del Walter White de Breaking Bad. En diez capítulos pasa de ser el vecino ejemplar del que nadie sospecharía (corriente representada en el ineficaz policía Bill) al tipo mezquino y henchido de orgullo por el que nadie querría poner la mano en el fuego (el caso de Molly Solverson, otro fantástico personaje). Por su parte, Lorne Malvo es un tipo tranquilo, abyecto, un cabrón en toda regla que, por si fuera poco, consigue dar miedo sólo con su pausado tono de voz. Siguiendo la comparación anterior, podría ser algo así como el Gus Fring de Lester Nygaard. Malvo es malo desde el principio, ya lo conocemos así: calculador, frío, un tipo que se asegura de que todos sus pasos tengan un destino claro. Incluso transmite el mal a su paso de forma epidémica sin dejar de ser fascinante para el espectador. Las dos figuras del mal transitan por el pueblo, ponen en jaque a la policía, representada en la agente Solverson (una gran Allison Tolman que toma el relevo de Frances McDormand), y se desafían entre ellos constantemente.

La agente Molly Solverson, Lester Nygaard y Lorne Malvo.

La agente Molly Solverson, Lester Nygaard y Lorne Malvo.

Sin embargo, aunque todo suene radicalmente dramático, nada más lejos de la realidad. Uno de los puntos fuertes de Fargo, igual que ocurre en todas las películas de Joel y Ethan Coen, es el humor negro. La comedia y el drama alternan el protagonismo con una naturalidad fascinante. Ninguno de los dos géneros hace rechinar la otra parte. Además, el espectáculo de lo grotesco (sangre de cerdo en la ducha, historias de escarabajos que ponen huevos dentro de una persona, dientes con caries, huesos rotos en primer plano…) no deja de sucederse en pantalla. La serie siempre parece estar a punto de quebrar por la carcajada y a su vez nunca termina de abandonar el noir o decantarse absolutamente en favor del drama. La mezcla resultante es sencillamente maravillosa.

Fargo sabe manejar conscientemente, y en su propio beneficio, todos sus elementos y virar con maestría hacia el género que más le interesa en cada momento. El nerviosismo transmitido por el juego de planos y el uso de la tensión dramática en mitad de la niebla en el 1×06, el fantástico plano secuencia ciego del 1×07 o la soberbia elipsis narrativa que los guionistas se permiten en el noveno episodio, por no hablar de la season finale, en general, son sólo unas pequeñas muestras de este hecho. Son los detalles que engrandecen la historia y aportan señas de identidad propias, que conjugan con las reminiscencias del film, como el uso de la música original de Carter Burwell en el broche final del 1×10, entre otras.

El microuniverso de Fargo es tan propio como inspirado. La serie tiene tanto que agradecer a la película, como la propia película a la serie. Son dos producciones que se complementan a la perfección; el perfecto resorte para saltar de una a la otra. Noah Fawley, creador de la serie, ha conseguido deshacerse del fantasma coeniano que planeaba cuando se anunció la adaptación, a pesar de incorporarlo a su biblia, para dotar a su producto de un carácter y una personalidad propios. El resultado es una serie en la que los personajes tienen tanto que decir como el entorno en el que se desenvuelven.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.