‘Feud: Bette and Joan’, la existencia del odio

Dos puertas que se cierran. Dos pretendidas amigas que jamás llegarán a encontrar un camino común ante el que enclaustrar sus sentimientos, la una por la otra. Un plano final, cenital, donde el espectador se encuentra cara a cara con la historia del cine. O mejor todavía, donde se transforma en un observador neutral de hechos ¿pasados? Una historia plagada de envidias, de odios, casi nunca personales. Casi siempre impostados. Exhortados por una industria que alimentaba estas furibundas relaciones con el único objeto de crear la tensión necesaria como para traspasar la fina línea que separa la verdad de la propaganda (o la publicidad, según se mire).

Ryan Murphy ha creado en Feud: Bette and Joan un homenaje a distintas aristas del estudio analítico del séptimo arte. Posiblemente sea la ficción donde se le ha notado más desenvuelto, con una mayor conciencia de sus referentes y sin recurrir a los aspavientos propios de quien ha necesitado darse a notar detrás de historias con una resolución un tanto dudosa. Aquí no hay cantarines patios de colegio con versiones impostadas de grandes clásicos de la música. Tampoco hay cirujanos plásticos ansiosos por limpiar de sangre sus nombres. Y su hombría. Sí hay terror, machismo, patriarcado, la significación de una época personalizada en dos nombres propios: Bette Davis y Joan Crawford.

Bette Davis y Joan Crawford, el poder de las miradas

Quizás la relación entre estas dos actrices jamás fue tan iracunda. Lo que sí parece es que la traslación que Susan Sarandon hace de Bette Davis recoge los tics, miradas y gestos de una de las más grandes divas de la gran pantalla sirve para alimentar una personalidad compleja en primera instancia. La actriz se transmuta, con una ilimitada (y acertadísima) soberbia, en el papel de una insufrible intérprete que siempre quiso mantener su nombre impoluto. Posiblemente sin dejar que nadie pasara por encima de su cadáver. Tampoco por el de Baby Jane. Ni tan siquiera los miedos y las inseguridades de Joan Crawford. Jessica Lange, intratable en su recreación, se enfrenta al ocaso de su protagonista recogiendo los pedazos de la azarosa existencia de la protagonista de Mujeres (George Cukor, 1939).

El viaje que Ryan Murphy propone incluye diversas etapas dentro del opíparo festín de la edad dorada de los grandes estudios. El arco temporal se anuncia desde que Joan Crawford brilla con la oscarizada Gran Hotel (Edmund Goulding, 1932) solapándose con aquella Bette Davis que irrumpe con su labia y cinismo descontrolado en Peligrosa (Alfred E. Green, 1935). La carrera de ambas será fulgurante. JezabelEva al desnudo o La loba proporcionarán a Davis los mayores éxitos de su carrera. Alma en suplicioJohnny Guitar o De amor también se muere serán los que inscriban a Joan Crawford con letras de oro en el olimpo del séptimo arte.

La primera temporada de Feud no solo ofrece una muestra de la rivalidad que aquellos estudios necesitaron cultivar entre dos de las intérpretes más importantes de su generación. También precisa recrear su ira en la figura del productor sátrapa que, con su lengua viperina, pretende fulminar las mayores muestras de talento a su alrededor. En sus manos cayó el inocente Robert Aldrich, interpretado por Alfred Molina. Debajo de las gafas y las hechuras del intérprete se esconde el interés de Murphy por homenajear a, si me permite el guiño, aquellos caídos en combate. Aldrich, procedente de éxitos como Apache (1954) y Veracruz (1954) creyó su vida destruida en el preciso instante en que terminó el rodaje de ¿Qué fue de Baby Jane?, momento en el que dio comienzo el irrefrenable y paradójico éxito de la película.

Jack Warner (Stanley Tucci) quiso forzar la máquina. Y la inteligencia – en desesperada huida – de Aldrich le llevó a probar las mieles de Daryl F. Zanuck, el mesías de 20th Century Fox y el hombre que le proporcionó Canción de cuna para un cadáver (inicialmente un proyecto con Davis, Crawford y Joseph Cotten que terminaron rodando Davis, Cotten y Olivia de Havilland) así como el mayor hit de su irregular trayectoria como realizador: la elegíaca Doce del patíbulo.

Gregory Peck, Patty Duke, Joan Crawford y Ed Begley. Adivine quien es el verdadero rostro triunfador. Los Oscar de 1963 han pasado a la historia.

Ryan Murphy exige sus laureles en el 1×05, el capítulo que recoge la peor de las sensaciones entre dos intérpretes que fueron más allá de lo que sus propios sentimientos les permitieron. Un Oscar merecido para alguien que nada tenía que ver con las dos “enemigas”. Un Maximiliam Schell que pasaba por allí. Y una Joan Crawford que cruzó su propio Rubicón. Era 1963. Anne Bancroft lograba el Oscar a la Mejor actriz (por el que competía Bette Davis) por su entregada interpretación en El milagro de Anna Sullivan. Bancroft gana. Crawford recoge. Davis llora, plagada de esa rabia que oprime el sistema digestivo. Una fotografía para la historia. Y una sonrisa de esas que hieren el alma.

Feud es una exquisita muestra de lo que verdaderamente significa el cine. De una época en la que la volatilidad de la industria se medía en términos psicológicos. Unos objetivos económicos que había que satisfacer. Un budget cuyas expectativas de éxito eran latentes. El sacrificio es la única arma para lograr el éxito. Jamás fue un Davis vs. Crawford. La ensoñación con la que Murphy resuelve los últimos días de vida de la diva con el rostro de Jessica Lange da buena fe de aquello que realmente pudo suceder en un lugar donde la supervivencia era capital. The End, de The Doors, suena con interés profético mientras Crawford rueda su último largometraje, Trog (Freddie Francis, 1970) y Davis empieza a notar lo que a su parteneire se le vino encima hace años: la conciencia de la edad y los delirios de la soledad.

Dos puertas que se cierran. Dos actrices que quisieron abrirse la una a la otra. Una violencia inherente que jamás tuvo resolución pacífica. Ni tan siquiera cuando, una mañana cualquiera, suena el teléfono:

–       “He perdido la noción del tiempo. ¿Se han anunciado nominaciones o algo así?

–       No, señorita Davis. Joan Crawford ha muerto esta mañana. ¿Tiene algo que comentar?

Y, tras un largo silencio, Bette Davis responde:

–       “Mi madre siempre decía que no dijera nada malo de los muertos, que solo dijera algo bueno. Joan Crawford ha muerto. Bueno.

El silencio de nuevo.