‘Fortitude’, un escondite en el hielo

Imagen de cabecera: Ilustración de Gemma Jackson para crear las localizaciones de la serie.

“Vivimos en el único lugar de la Tierra en el que tenemos garantizada una vida tranquila.”

“En Fortitude hay dos reglas fundamentales: debes tener un techo sobre tu cabeza y debes ser capaz de autoabastecerte. Por ello, todo el mundo tiene trabajo. Nadie es pobre, así que no hay robos y no hay crimen. Todo el mundo siempre es feliz.”

Las palabras de la gobernadora de Fortitude (1) y de otro personaje (2) en el episodio piloto de la serie apuntaban otra de esas ficciones en las que una comunidad cerrada, hermética y recóndita se enfrenta a una serie de crímenes. Y, en cierto modo, lo es. Cuando uno cruza los carteles en los que se indica la entrada al pueblo puede trasladarse a ese núcleo semi-rural gélido en el que nunca pasa nada; un lugar parecido a las poblaciones que el fotógrafo Alfonso Zubiaga fotografió para su colección Road I en las zonas más recónditas de Islandia. Pequeñas comunidades vecinales en las que todos se conocen y a la vez nadie conoce a nadie. El planteamiento recuerda, evidentemente, a Twin Peaks, más incluso cuando en el primer capítulo tienen lugar dos asesinatos violentos. Otra frase, esta vez en boca del sheriff, en el 1×09, lo corrobora.

“Lo peor es que el asesino está en tu casa; viendo la televisión contigo, comiendo contigo, acostándose a tu lado por la noche. Y te puede atacar sin ningún motivo.”

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Clásico, ¿verdad? Pues sí, los primeros episodios de la primera temporada de Fortitude apuntaban a algo muy mascado y con poca capacidad de sorprender a estas alturas. Sí, es verdad que todos los personajes parecían tener algo que ocultar para ese policía continental que llega a la isla con la misión de solventar la situación, pero eso no era ninguna novedad en el género. “Todo el mundo aquí huye de algo”, asegura en el 1×03 Elena, uno de los personajes más atractivos de la producción, interpretado por una sorprendente Verónica Echegui. Ese agente se coloca como un outsider, un cuerpo extraño que juega la misma baza que el espectador, y se sitúa en su punto de vista, como el recién llegado que aprende poco a poco la fisonomía del lugar.

Sin embargo, la serie se convierte gradualmente en algo más que otro drama de “comunidades herméticas”. Nunca abandona su condición de thriller, pero sí modifica ligeramente los códigos para ofrecer más alternativas y algunos giros sorprendentes. En este sentido, las imágenes de Fortitude albergan siempre cierta aureola de misterio. Como si el pueblo estuviese movido por algún ente fantasmagórico. La ficción de Sky Atlantic parece estar siempre a punto de reventar por cualquier vértice; la tensión se hace palpable en cada una de las escenas, algo a lo que contribuye la extraña atmósfera generada por un uso sobresaliente de la fotografía, tanto interior como exterior, y la banda sonora. Así, esta primera temporada de Fortitude es un continuum de extrañeza; nunca dejan de desanudarse cabos, pero siempre aparecen nuevos lazos en la historia.

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“En este lugar las cosas te pueden surgir de la nada. Monstruos. No los verás, no los oirás, hasta que no estés entre sus dientes. Y luego desaparecen.”

Esta frase, también en la voz del personaje de Echegui, es una de las claves de la producción. La invisibilidad del monstruo, en todos los sentidos posibles, como demostrará el giro que abre la interesante (y conclusiva) recta final de la temporada. Respecto de esta afirmación, es curioso ver como el personaje de Elena –una española que huye a Fortitude en busca de un lugar en el que nadie la conozca, ese escondite en el hielo al que alude la gobernadora– acaba por ser el personaje que mejor interioriza esa idiosincrasia oculta de la zona; como si, por ser de fuera, tuviese los ojos más abiertos que sus propios habitantes. Fortitude está llena de monstruos, en efecto, de monstruos enormes, pero también de otros diminutos que aparecen en las ruinas de los más ancestrales. El terror ante el virus inoculado, ante la enfermedad silente, como línea argumental subterránea.

En Fortitude tienen cabida tanto la corrupción y la avaricia como el amor o la violencia; de la misma forma que los géneros permutan y se alternan, lo hace la propia historia, metamorfoseándose continuamente a imagen y semejanza de su trama narrativa más potente. Pese a ello, lo que no deja nunca de existir en la serie es el misterio. Silenciosamente, y en perfecta sintonía con un excelso trabajo en la cinematografía, que recoge de forma apabullante y bellísima los paisajes y el entorno glacial, llegando incluso a transmitir ese frío reinante, el enigma se propaga durante los doce episodios. Como esa plaga asesina que, de repente, actúa sin que nadie se percate de que el virus ya está inoculado. Y de que probablemente no tenga una cura definitiva. ¿Una metáfora de la humanidad?

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.