‘Friends’, la familia escogida y el primer amor

«Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada.»

Cantaba Carlos Gardel en uno de sus tangos más recordados, Volver, escrito por Alfredo LePera (al César lo que es del César), que siempre se retorna al primer amor. Y para muchos nuestro primer amor fue Friends; esa es la verdad. Justo ahora que se cumple el vigésimo aniversario de su comienzo, me he propuesto volver al Central Perk con la mirada del que tiene ya diez años más desde que la serie concluyó con ese: “¿Tomamos un café?”

¿En qué punto situaríamos hoy a la ficción del grupo de amigos? ¿Mantiene su vigencia el humor de la serie o, por el contrario, esa forma de enlazar chistes es demasiado naif teniendo en cuenta lo que vemos hoy en día en la televisión? Muchas preguntas surgen cuando Friends sale a la palestra; muchas de esas mismas preguntas son de difícil respuesta, incluso veinte años después de que Rachel llegase al Central Perk aún con su vestido de novia.

¿Por qué Friends tuvo esa repercusión tan gigantesca y mundial? Mi postura es que porque, en su día, el argumento sí fue algo novedoso en cierto modo. La serie creada por Marta Kauffman y David Crane fue la primera en mostrar a los amigos como “la familia que nosotros elegimos”. Hasta entonces habíamos visto propuestas paralelas y/o parecidas como Seinfeld (1989-1998) o Frasier (1993-2004), pero lo que ofrecía Friends iba algo más allá. Una representación de la verdadera familia. Sobre esa propuesta tan sencilla pivotó la serie durante sus diez años en emisión, y sobre la misma se generaron multitud de situaciones, tramas y líneas narrativas que inundaron nuestra pantalla durante una década.

Uno de los grandes aciertos de Friends es su culto a la cotidianeidad; sus situaciones podrían ser perfectamente accesibles en la vida de cualquier espectador (exceptuando, quizás, los momentos más surrealistas, de los que también se alimentó la ficción en determinadas ocasiones). El día a día y la rutina se erigían como la más grande de las situaciones. Es cierto que se puede pensar en que ese día a día era demasiado ajetreado, que no había momentos aburridos o tediosos; cierto, pero eso entra dentro del pacto narrativo. La serie eliminaba esos intersticios de plomo en pos de un ritmo ágil y que dotase a la propuesta de un desarrollo con brío.

De esta forma, el culto a la cotidianeidad del que hablaba se traslucía también en un gusto particular de los escritores por la anécdota. La eventualidad de una serie de situaciones provocaba cierta identificación con el espectador. Al fin y al cabo, siempre que alguien nos cuenta una anécdota referida a su vida, nosotros tendemos a asemejarla a alguna vivencia que nos ha ocurrido a nosotros o que conocemos mediante alguien. Incluso los títulos de los episodios evidencian ese gusto por lo casual, por lo que ocurre en un determinado momento de la vida. “En el que…” seguido de aquello que fuese a ocurrir durante los veinte minutos siguientes en la serie. La misma forma con la que nosotros contamos una anécdota o una serie de hechos a un amigo. “¿Te acuerdas de aquella vez que…” o “Es como el día en el que…”.

Pero sin duda los dos pilares fundamentales de la serie, aun hoy en día cuando volvemos a verla, siguen siendo la construcción de los personajes y la agilidad del guión. Primeramente, los personajes, porque una serie (en realidad cualquier ficción) precisa de unos buenos protagonistas con los que el público se sienta a gusto. Kauffman y Crane consiguen ese bienestar, ese “hogar”, por llamarlo de alguna forma, basándose en personajes bastante estereotipados que consiguen salir del estereotipo y convertirse en algo más. Tenemos al gracioso, a la niña pija, la maniática, la loca, el guaperas torpe y el tipo brillante cargado de inseguridades. Seguro que no hace falta poner el nombre de cada, ya los identificaréis con sólo esa pequeña descripción. A partir de ahí, cuando ya sabemos cómo y dónde colocar a cada uno, comienza la evolución de los mismos a través de sus relaciones, tanto internas (entre los propios miembros del grupo) como externas (laborales o fuera del círculo).

Por otro lado, hablamos de la agilidad del guión, trabajo que se basa en las réplicas rápidas y ligeras para todo tipo de situaciones. Destaca en este sentido, quizás por ser el personaje más carismático y el que siempre tiene un chiste para todo tipo de situaciones, Chandler Bing (a bote pronto recuerdo alguna de sus conversaciones con Mónica, el momento en el que se encierra en una caja de madera para solicitar el perdón de Joey o las burlas que le hace a Ross cuando descubre que acude al pediatra). Sin embargo, no es el único, todos los personajes funcionan de una forma similar dentro de sus diferencias; esa agilidad en la réplica y las conversaciones es la marca de la casa.

Han pasado veinte años y, como me preguntaba antes, muchas veces se reflexiona sobre si no se ha quedado antigua Friends en su forma de hacer humor. Mucho se ha escrito sobre su forma políticamente correcta de abordar determinados temas. En cierto modo, es lógico cuando hablamos de una serie que comenzó hace veinte años y que ahora analizamos desde un plano en el que ya hemos visto cosas mucho más irreverentes como Padre de Familia o South Park, por poner sólo dos ejemplos. Friends tiene un humor fino y de carácter elegante. ¿Es naif? Puede serlo, pero ni siquiera eso tiene porque ser una pega sí o sí. Tampoco es que Como conocí a vuestra madre, reconocida por muchos como su sucesora natural, disponga nada mucho más gamberro sobre la mesa.

Sea como sea, veinte años no es nada dice el tango. Y Friends, envejezca bien, mal o regular, siempre formará parte de nuestro imaginario seriéfilo. Al fin y al cabo, dicen que el primer amor nunca se olvida. Y la familia es para siempre.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.