‘Girls’, delitos y faltas

Desde el inicio de la serie (allá por Abril de 2012), las primeras reacciones compararon a la creadora de Girls con Woody Allen. Al igual que el director judío exponía sus neurosis vitales en la pantalla, Lena Dunham ofrecía un retrato nítidamente autobiográfico y con un marcado tono cómico de exorcismo terapéutico. El hecho de que ambos fueran guionistas y directores de sus obras estrechaba aún más el vínculo y los ubicaba en el concepto de la “autoría-total”; escribir, interpretar y dirigir sus creaciones, categoría en la que también Louis C.K. tiene un destacado lugar.

Si una serie alcanza en la quinta temporada su cima artística, resulta obligado detenerse a analizar los elementos y elecciones que han provocado tan satisfactorio resultado. Cuando Hannah (Lena) materializa con su novio la ruptura dentro del hogar que ambos compartían (5×09), ella le reclama ser un “moralista”. No resulta accesoria dicha reclamación, ya que si algo define a la serie es precisamente la ausencia de juicio que su creadora manifiesta hacia sus personajes. Siguiendo con el símil inicial, podríamos relacionar esta postura de relativismo moral (marcadamente evolutiva) con toda la actual etapa moralista del cine de Woody Allen: Match Point(2005) o Irrational Man (2015) serían dos ejemplos representativos, y su referente canónico en dicha filmografía, sobre esta temática, lo encontraríamos en aquella magistral Delitos y faltas (1989). Así pues, tomamos prestado este asidero autoral para analizar esta quinta temporada como una “polifonía contemporánea de delitos y faltas”.

Delitos

Mucho se ha reclamado a la narrativa de Girls el carácter exhibicionista, narcisista y acaparador de Hannah Horvath, su personaje central. La temporada arrancó con un capítulo que, a este respecto, era una declaración de intenciones. La boda de Marnie no era sino una excusa para ensanchar el foco de sus personajes y mostrar las tensiones de género (la casa de las chicas y la de los chicos). La inteligente decisión de cerrar el capítulo justo cuando se iniciaba la ceremonia nupcial demostraba la naturaleza de su propuesta; más interesada en el proceso de maduración de sus personajes que en los acontecimientos concretos. Cinco capítulos le duró el matrimonio a Marnie, pero su boda sirvió para proyectar las principales líneas argumentales sobre el resto de la temporada. El díptico que componen boda y ruptura (5×01 y 5×06) refleja la honestidad de sus personajes. “Nadie es maduro con 22 años”, espeta Marnie en un momento de lucidez.

Shoshanna en Tokio, su desconcierto cultural, la frustración laboral y su doloroso regreso a casa (desternillante el prólogo del 5×08; un Emmy ya para Zosia Mamet) ha sido otro de los ejes centrales de esta temporada. El desplazamiento geográfico a Japón ha oxigenado mucho el dinamismo del relato y ha regalado dos brillantes aportaciones artísticas al conjunto: la mirada pop y desmitificadora hacia el país asiático y una armonizada coherencia entre la puesta en escena y la música. El epílogo del 5×05 con esa Shosh perdiéndose en soledad por las calles mientras suena la versión de Life on Mars de Aurora es uno de los momentos-joya del año catódico.

Pero quizás el foco de conflicto más doloroso -magníficamente escrito y plasmado- haya sido la relación entre Jessa (mejor amiga de Hannah) y Adam (ex-novio de la susodicha) con el triangular juego de tensiones en torno a él.

Es justo reconocer que la quinta temporada ha mostrado con ellos dos las etapas canónicas dentro de las relaciones pareja; génesis (5×01 y 5×02), luna de miel (5×05), primeros conflictos (5×08) y explosión final (5×10). La forma en que los egoísmos narcisistas han influido en sus elecciones, junto a las relaciones de amistad y emocionales entre ellos tres, ha sido otro arco narrativo que ha destacado por su complejidad y ejecución dentro de un sobresaliente conjunto. De nuevo, la pieza (5×07) en la que Hannah se entera de la relación entre sus dos cercanos amigos se convierte en una prueba del crecimiento en el aspecto cinematográfico de la serie de HBO.

Faltas

Pero la evidencia de la profundidad de esta temporada ha estado en la riqueza del diseño de sus personajes masculinos. Cómo se ha tratado la homosexualidad del padre de Hannah, a medio camino entre lo grotesco y lo patético. Cómo se ha expuesto la evolución del personaje de Adam (aunque vuelva a las andadas) al mostrárnoslo empático y afectivo con su amada Jessa; y sobre todo, las dos revelaciones de la temporada, Elijah y Ray.

¿Cómo se le ocurre a Elijah que pueda encontrar el amor con una “celebrity”? Pues eso, una falta más que un delito. Y sin embargo en ese retrato de la homosexualidad neoyorquina hemos encontrado más autenticidad dentro de sus grietas y sus luces de colores que en muchas de las obras cuyo eje exclusivo se centra en la diversidad sexual.

Y Ray, el gran tapado. En una fauna tan poblada de personajes inmaduros, emocionalmente torpes e infantilizados en su ombliguismo, la mesura, serenidad y paciencia de Ray han brillado con luz propia. Él ha sido algo así como el algodón en el cual contrastar la toxicidad del resto. Al principio parecía no existir y ha emergido en el último tercio para rescatar (5×08) a Hannah tras su ruptura con su ingenuo novio, para consolar (5×09) a Shoshanna tras su regreso y por encima de todo, para recordarle (5×10) a Marnie que el amor no depende de fachadas o egos.

En definitiva, una temporada absolutamente redonda, plena de madurez en la evolución de las tramas, precisa en sus matices, ambiciosa en su complejidad y que se ha convertido en la auténtica cima artística de sus cinco años de vida. Es imposible no perdonarle “sus delitos y faltas”.

 

PD.: Cualquier espectador que no haya visto jamás la serie o se haya desconectado de ella puede visionar el 5×06 de Girls, “Panic in Central Park”, como obra unitaria y disfrutar, no ya del mejor capítulo de la temporada, sino de uno de los capítulos que estará en todos los top de 2016. Están avisados.

Javier Rueda Ramírez

Psicólogo, seriéfilo y ameba cultural.