‘Halt and Catch Fire’, la mística del fénix

¡CUIDADO, SPOILERS!

Esta pieza analiza la cuarta y última temporada de la serie.

“Na einai kalytero anthropo apo ton patera toy.” (“Sé un mejor hombre que tu padre.”)

Y de repente, el adiós. La muerte. Un estruendoso silencio. Las habitaciones vacías y una piel ya inerte caligrafiada de memoria. Los remordimientos y los nunca dije. Una pausa y, después, otra vez, la vida. La necesidad de lidiar con las nuevas ausencias, los fantasmas, la presencia reconcentrada. Pero también las manos que nos envuelven, las caricias sigilosas, cómplices sin palabras. Esos estoy aquí que no necesitan verbalización.

La cuarta, y última, temporada de Halt and Catch Fire ha discurrido por todos estos espacios. Consciente de su despedida, la obra creada por Christopher Cantwell y Christopher C. Rogers ha permanecido siempre con un ojo en el próximo adiós. Desde los primeros capítulos, como en temporadas anteriores, la idea del fracaso ha vuelto a instalarse casi como un personaje más. Pero, como siempre, la serie ha deslizado la idea de esa caída como la constatación de un pequeño éxito mucho más grande: poder vivir la vida. Fracasa otra vez, fracasa mejor; si lo haces significa que estás vivo.

En esta última entrega, la mecánica narrativa ha girado en torno a los nuevos proyectos de Joe, Gordon, Cameron y Donna. Siempre con sus satélites (John Bosworth), a los que se han incorporado las dos hijas del matrimonio Clark: Joanie y, sobre todo, Haley. En este sentido, la cuarta tanda de episodios se ha acercado mucho a las relaciones paterno-filiales. La irrupción de Haley en el proyecto de Comet, una especie de navegador-directorio web a lo Google, ha ofrecido al equipo de guionistas la posibilidad de explorar esa correspondencia entre padre e hija a la que alude la frase de Fringe que abre este artículo. Una siempre intentando superar al predecesor.

Joanie y Haley han tomado carácter en la última temporada de la serie.

Sin embargo, no ha sido la única relación a la que se ha aproximado Halt and Catch Fire en su temporada de cierre. La producción de AMC siempre se ha constituido como una interesante mirada hacia la mecánica relacional de sus protagonistas. Sin ir más lejos, en estos diez capítulos hemos podido leer una crítica subyacente sobre cómo el capitalismo mercantiliza incluso ese intercambio personal. Quizás el ejemplo más claro haya sido el vínculo Donna-Cameron (sobre todo en el inicio de la temporada), la una como una jefa implacable, la otra como un alma libre demasiado prisionera de sí misma; pero no ha sido la única relación que se ha prestado a esta mirada hacia la ambición y el deseo económico y de triunfo. Así las cosas, en los episodios de arranque veíamos a todos los personajes lidiando de una forma u otra con problemas personales que interferían, claro, en su desarrollo profesional. Por un lado, Donna y Gordon haciendo frente a la ruptura de su matrimonio y a la educación conjunta de sus hijas. Por los otros, Cameron y Joe haciendo lo propio con sus nuevos contexto y su nuevo encuentro. La llamada telefónica que ejerce como trenza en el piloto doble supone, entre otras cosas, un exorcismo conjunto de sus pasados, una disculpa y, en lo que a puesta en escena se refiere, una metáfora de lejanía y cercanía al mismo tiempo (con un magnífico uso del plano-contraplano para reforzar la idea).

No ha sido el único símbolo que ha utilizado Halt and Catch Fire en su despedida. Al contrario. La creación de Cantwell y Rogers acostumbra a jugar con las asociaciones (ese falso plano secuencia de apertura [1×01] para aludir a la no desconexión de internet y el uso de las elipsis para mostrar las fracturas). Este juego les ha llevado a domiciliar a Cameron en una caravana itinerante, un hogar perfecto para alguien que aún parece no haber encontrado cuál es su sitio, una persona en perpetua itinerancia. Más allá, quizás la metáfora más interesante haya sido la del buscador. Una herramienta creada por personas que no saben ni siquiera a dónde se dirigen o qué quieren de sus vidas. Pero no solo con esas imágenes metafóricas consigue hablar la ficción de AMC. También a través de las interpretaciones de sus actores. Las miradas, los gestos, la tensión derivada de sus diálogos… Todo ha dicho algo y ha sumado valor añadido al conjunto.

La interpretación de Mackenzie Davis, un elogio a la gestualidad.

Y entre tanto, la vida. Y la muerte. Porque, es inevitable, la una conduce a la otra. Y llega de repente, cuando menos te lo esperas, como el último de los fracasos (o no). El giro final (4×07) ha regalado uno de los momentos más bellos de la televisión reciente (y quién sabe si no tanto). La muerte de Gordon Clark, y esa ensoñación previa, esa mirada revitalizadora hacia el pasado, han sido un alarde de poesía y belleza en medio del caos. Ese pivote argumental, además, ha servido como inicio del fin, de la despedida. Nos despedimos del personaje que nos adentró en el universo de la ficción y, gracias a él, lo hacemos también del resto. El fallecimiento de Gordon abre así la puerta al elegiaco 4×08, en el que todos empiezan a lidiar con el duelo y el dolor por la pérdida, y en el que la obra comienza a decir adiós a sus fieles. Un episodio que, por otra parte, volvió a poner sobre la mesa que Halt and Catch Fire ha sido y será la serie que más y mejor respeta la intimidad de sus personajes (si es que eso puede llegar a existir). Pura elegancia.

Se marcha para siempre un título que ha sabido conectar al espectador con un mundo difícil; que ha hecho que la jerga sea menor y ha dotado a la segunda capa argumental del valor intrínseco que guarda la vida. Nunca el trabajo es lo primero, aunque sea importante. Siempre le ganan aquellos que nos acompañan, los que de verdad hacen que nuestros días cobren la relevancia que se merecen. Por otra parte, decimos adiós a una teleficción llena de detalles y en la que la dirección y la forma se conjugan a la perfección con nombres como Karyn Kusama, Juan José Campanella o Daisy von Scherler Mayer. Una obra en la que la puesta en escena se escribe con letras mayúsculas. Así lo demuestran los contrapicados (4×09), el inteligentísimo uso del plano-contraplano durante toda la ficción o los momentos en los que la imaginación ha servido como instrumento narrativo (el precioso cierre para el arco de Donna y Cameron, imaginándose, por fin, como dos triunfadoras en la ficticia empresa Phoenix). En esa mística, precisamente, se ha movido siempre Halt and Catch Fire, en la de caer, fracasar, levantarse y renacer de las cenizas. Para levantarse primero es necesario caer y, en ese caso, el mayor éxito es el fracaso de haber intentado superar a tus padres y hacer del mundo algo mejor. Otro símbolo. La mística del fénix.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.