‘Halt and catch fire’ y la mitificación del desarrollo tecnológico

“Sometimes it is the people no one imagines anything of
who do the things no one can imagine”

La cita es de Alan Turing, o mejor, del Alan Turing con síndrome de Asperger que Benedict Cumberbatch construye para The Imitation Game. En el fondo de esta cita se esconde uno de los arquetipos más estandarizados de la modernidad: la del genio incomprendido, la del outsider visionario que transforma el mundo desde el garaje de la casa de sus padres mientras estos le suplican que se busque un trabajo.

La película de Cumberbatch nos habla de cómo Turing inventó el primer ordenador a pesar de todos los que se interpusieron en su camino. Quizás, de no haberse dado esas circunstancias excepcionales, la revolución digital tal y como la conocemos hoy habría llegado algunas décadas más tarde. Raros, visionarios y contra el resto del mundo; son características compartidas por los relatos construidos de otros considerados genios del sector (algunos más que otros), como Steve Jobs y Steve Wozniak, Bill Gates, Linus Torvalds, Larry Page y Sergey Brin o Mark Zuckerberg, de quien Aaron Sorkin nos cuenta en The Social Network cómo inventó Facebook impulsado, entre otros motivos, por sus carencias sociales y emocionales.

El garaje prometeico

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Halt and Catch Fire no es una excepción a la norma. Su primera temporada nos presentaba a tres lúcidos personajes capaces de entender el potencial de la revolución informática en los años ochenta y la necesidad de acercar la tecnología a todos los hogares. Todos parecían estar sentados sobre una mina de oro, pero sólo unos pocos supieron darse cuenta.

La segunda temporada sigue exprimiendo la misma idea. Llevándola en este caso a los inicios de la Red. Internet existe desde los años setenta, pero no fue hasta bien entrada la década de los ochenta que se exprimió su potencialidad. La serie representa este hallazgo a través de Donna y Cameron, fundadoras de Mutiny, una start-up de videojuegos online. Estas dos emprendedoras adelantadas a su tiempo poco a poco se dan cuenta de que sus usuarios se conectan para algo más que jugar, que lo fundamental del servicio reside en el contacto, la comunicación. Mutiny se transforma entonces en una comunidad, un portal con salas de chats, información y otros servicios… visto en retrospectiva, en una primitiva red social.

Todo ello sin ayudas y desde una empresa poco o nada convencional: un apartamento/oficina desordenado, lleno de pintadas y restos de pizza y repleto de programadores geeks que trabajan sin jerarquía ni horarios. Más fiel todavía al canon del estereotipo “garajero” es el desarrollo de Gordon Clark, suerte de protagonista de la primera temporada que se ve relegado a un segundo plano esta vez, pero también monta su pequeño negocio de ensamblaje de ordenadores personales, en el garaje de su propia casa. Joe MacMillan representa otro perfil, el del que quiere revolucionar el sistema desde dentro, desde la propia industria. Porque lo que busca Joe en el fondo es la fama, la gloria, hacer algo importante; aunque sus habilidades técnicas no sean realmente destacables y se considere a sí mismo más como un director de orquesta, al igual que Steve Jobs.

Un futuro de promesas incumplidas

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Resulta fascinante que Halt and catch fire y Silicon Valley hayan coincidido en la parrilla televisiva. Si bien son dos series muy diferentes en su propósito, tono y estilo, pueden servirnos como marco de referencia para analizar los tópicos y relatos construidos en torno a la industria tecnológica, hoy y en sus inicios.

Y es que si en Halt and catch fire existe una constante gravitación al fracaso, lo cierto es que este fracaso se ve envuelto en un halo de épica y esperanza. Los personajes de la serie de AMC tropiezan una y mil veces porque están explorando un nuevo planeta sin precedentes, porque su visión se adelanta a la vanguardia de lo que la sociedad del momento asume y comprende, y porque en la mayoría de ocasiones ellos mismos, y sus emociones shakesperianas, son sus peores enemigos. Pero a pesar de los fracasos puntuales, sabemos que están destinados a triunfar, sino ellos, al menos su visión del mundo, sabemos que tienen razón.

La mirada que ofrece Silicon Valley es, a pesar de ser una comedia, mucho más pesimista. Treinta años son los que separan el marco temporal de la serie de AMC de la de HBO, treinta años de éxito constante del sector tecnológico. Podríamos pensar que, precisamente porque vivimos ya en un mundo dominado por lo digital, emprender en ese sector hoy en día debería ser más fácil que en los años ochenta. En parte lo es, la tecnología es mucho más barata y cualquiera con interés y un puñado de dólares puede montar una start-up para desarrollar apps para móviles. El problema es que, hoy más que nunca, y a pesar de que seguimos perpetuando estereotipos de emprendedores triunfadores que vienen desde abajo, lo cierto es que el mercado está más dominado que nunca por las grandes corporaciones que absorben todo lo que suponga una amenaza potencial. Los protagonistas de Silicon Valley no eligen vivir en una comuna con videojuegos y barbacoas, sino que se ven obligados a vivir precariamente donde trabajan con la esperanza de que algún día suene la flauta. Los brainstorming creativos, y los sueños futuristas se ven sustituidos en Silicon Valley por el pragmatismo, los informes de rentabilidad y las reuniones con inversores. No son héroes, ni visionarios, ni sus actos contienen epicidad alguna. Tan solo jóvenes desencantados que tratan de sobrevivir en un mercado cruel y terriblemente competitivo.

Halt and catch fire, en cambio, nos incita a soñar, a creer en las segundas oportunidades, en la redención y el talento, a imaginar que el futuro será mejor, a engañarnos pensando que alguna vez fue posible que un par de chiquillas cambiaran el mundo desde el garaje de su casa.

Jorge Dueñas Villamiel

Diseñador digital e historiador del arte. Pensando en imágenes desde 1984.

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