‘Hannibal’, se acabó la cena

Llegó el momento, ese incómodo instante en el que todos los comensales somos conscientes de que la cena ha terminado y de que ya no podemos hacer más por alargar la entretenida sobremesa. Algunos se quedarán con buen sabor de boca, otros habrán acabado empachados, puede que incluso indispuestos, pero a ninguno nos ha dejado indiferente el menú. Cómo iba a hacerlo si nuestro anfitrión y chef no ha sido otro sino el excepcional Hannibal Lecter.

El resultado han sido tres temporadas, tres platos de alta cocina, de experimentación sin precedente tanto en lo formal como en lo conceptual, tres experiencias sensitivas destinadas tan sólo a los paladares más exquisitos. El primero consistió en una suerte de aperitivo en forma de trampantojo. Teníamos ciertas expectativas, juicios preconcebidos sobre lo que este restaurante podía ofrecernos; creíamos conocer al chef y el menú, pero tan pronto nos llevamos el tenedor a la boca por primera vez supimos que estábamos ante algo especial, o como poco distinto a todo lo que habíamos probado antes.

1.

“Ambos sabemos la irrealidad de quitar una vida, sabemos que en esos momentos no son carne; sino aire y luz, y color.”
Hannibal

Hannibal se nos antojaba como un típico thriller con cierto carácter procedimental, pero pronto resultó ser otra cosa. Su cuidadísima dirección, fotografía y banda sonora nos introducía en un hipnótico estado de ánimo onírico y enfermizo en el cual la psicopatía se daba la mano con la erudición y la estética con la más cuestionable de las morales. Lejos de los estereotipos del género, los dos ingredientes principales del plato, Will y Hannibal, combinaban no como antagonistas, sino como deformadas imágenes especulares. Si el perfil psicológico del psicópata lo protagoniza su falta de empatía, resulta lógico pensar que esta, la empatía, es precisamente la cualidad humana que debe predominar en aquel que pretenda detener al psicópata. Este es el juego más interesante que propone la serie, ver al psicópata a través de los ojos de Will, quien, para capturarle, trata de meterse en su piel, entender sus motivaciones, diluirse en su salsa. Con el riesgo que ello conlleva.

La retorcida relación entre “el bueno” y “el malo” de la historia es una de las más importantes aportaciones de Hannibal al género. ¿Will o Hannibal? ¿Cuál es el sabor predominante en esta bizarra receta?, ¿cuál es el protagonista? Llegados al punto final podemos concluir que los dos son pilares maestros que sostienen la historia. En esta ocasión no es el “héroe” el que trata de redimir al “villano”, sino que es este último el que, diván psicológico mediante, intenta pervertir al héroe, desatar su naturaleza de psicópata reprimido. Podíamos hacer una lectura psicoanalítica y entender esta historia como una violenta y enfermiza alegoría de una relación homosexual entre un individuo que acepta sus pulsiones con todas las consecuencias y otro que vive cohibido, temeroso de manifestar su verdadero yo. Pero quizás eso sea interpretar demasiado, al fin y al cabo la comida está para ser disfrutada, no para reflexionar demasiado sobre ella.

2.

“La elegancia es más importante que el sufrimiento.”
Will Graham

El segundo plato insiste en potenciar este sabor, profundizando en esta atracción/repulsión, en esta polaridad entre los dos ingredientes principales, que incluso llegan a intercambiar papeles a ojos del resto de personajes. Encontramos este plato más sofisticado si cabe que el anterior, una demostración de que el chef se ha quitado cualquier complejo que le pudiera quedar y ya vuela totalmente libre. Una narración compleja envuelta de una presentación estética y sonora muy superior a cualquier otro producto televisivo coetáneo nos sumerge a los espectadores en un mal sueño que nos obsesiona y atrapa. Bryan Fuller consigue el más difícil todavía: meternos en la trastornada cabeza de sus protagonistas.

En este punto los bizarros asesinatos en Hannibal todavía no suelen mostrarse en cámara. Sus cadáveres son estetizados porque el verdadero terror reside en las conversaciones que ocurren en el despacho psicológico del caníbal más icónico que ha parido la ficción contemporánea. Sin embargo, el giro y la verdadera sorpresa de este plato nos llega en el bocado final, una coreografiada orgía sanguinaria que puso en jaque la vida de todos los personajes de la serie en un ejercicio de experimentación de los que cada vez cuesta más encontrar en la pequeña pantalla.

3.

“Esto es lo que siempre
he querido para ti, Will. Para los dos.”
Hannibal

“Es hermoso.”
Will Graham

Llegamos al postre. Un plato que casi se nos atraganta cuando nos enteramos de pronto que sería el último. El restaurante cerraría por falta de rentabilidad, a pesar de nuestras innumerables alabanzas al chef. Sin embargo, esta mala noticia no empañó la degustación final de un plato soberbio, un postre concebido a través de dos partes muy diferenciadas:

La primera, los seis o siete episodios introductorios, son una continuación directa de los acontecimientos del final de la segunda temporada, como si necesitáramos de ese tiempo para terminar de digerirlo, entenderlo y descubrir en que posición del tablero se colocan las piezas a continuación. Estos episodios cambian de escenario, abandonamos América por un momento para recorrer las bellas calles parisinas y florentinas, hábitat natural para nuestro sibarita amigo. Este cambio se acompaña con un refuerzo del manierismo estético de la serie, tanto en la dirección como en la fotografía, a un ritmo más lento de lo habitual, que hizo que algunos comensales acabaran algo empalagados.

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La segunda parte del plato es radicalmente distinta a la primera. En ella vemos apartada la relación entre Hannibal y Will y se introduce un nuevo ingrediente al plato, uno muy esperado por los fans de la saga de Thomas Harris, el gran Dragón Rojo. Una aparición algo abrupta, que nos incita a pensar que el chef ya conocía la cancelación de antemano. La recta final de la cena resulta algo irregular y acelerada, pero el último episodio de la serie (de momento) vuelve a subir exponencialmente el nivel, devolviendo el protagonismo a Will y Hannibal, cuya relación se clarifica al final gracias, precisamente, a ese tercero en discordia. El potente final nos sorprende, nos hipnotiza y nos deja en shock, recordándonos lo diferente, intensa y fascinante que es Hannibal en sus mejores momentos, recordándonos lo mucho que la vamos a echar de menos.

Se acabó la cena, y aunque algunos hemos terminado más que satisfechos con los selectos manjares con los que hemos sido agasajados, seguimos teniendo hambre… #SaveHannibal

 

Jorge Dueñas Villamiel

Diseñador digital e historiador del arte. Pensando en imágenes desde 1984.

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