‘Juego de tronos’, ¡por el espectador!

¡CUIDADO, SPOILERS!

El autor del texto analiza la quinta temporada y desvela detalles.

No sé por qué. Y sin embargo, hay una imagen que se forma en mi mente. No, no, no se trata del cuervo de tres ojos, ni me estoy convirtiendo en un verdevidente como el desaparecido Bran Stark. Más bien se trata de una apuesta personal, reforzada con cada nueva temporada de Juego de Tronos. Aterricemos. No es más que una visión que transcurre en el Lecho de Pulgas y está protagonizada por David Benioff y D.B. Weiss, creadores y artífices de la serie. En dicha visión, ambos entrechocan sus copas con fuerza y riegan sus gargantas con Tinto de Dorne, mientras gritan al unísono: “¡Por el espectador! Causa y, a la vez, solución de todos nuestros problemas!”. Acto seguido, la atmósfera se densifica; se suceden las risas sincopadas, las divagaciones varias y el vino derramado sobre los guiones de la serie.

Tan sorprendente en sus tramas como perfecta en su factura, Juego de Tronos sigue siendo un espectáculo nada desdeñable; a todas luces, único en la televisión. No obstante, eso no puede eximirla del análisis crítico que corresponde, dado el impacto mundial que ha demostrado temporada tras temporada (mucho mayor que el logrado por la muy inferior The Walking Dead). De hecho, aún colea ese hito de la televisión que nos dejó la mandíbula desencajada y los ojos como platos allá por 2013. No, tampoco se trata del imprescindible ‘Ozymandias’ de Breaking Bad, pero sí de la tremebunda Boda Roja que dinamitó la excepcional tercera temporada de Juego de Tronos. En ella, la sorpresa argumental y la perfección visual se aunaban con una lógica que atravesaba el relato y desarmaba al espectador frente al festín literario de George R.R. Martin y la orgía visual dirigida por David Nutter -quien regresa a esta quinta temporada para firmar ‘The Dance of Dragons’ y ‘Mother´s Mercy’. Por aquel entonces, aún había espectadores que se llevaban las manos a la cabeza y vociferaban contra George R.R. Martin. Para colmo, hoy, siguen siendo habituales tales pataletas, incluso cuando el escritor poco o nada tiene que ver con los aciertos -Casa Austera- y con los errores -todo el arco de Stannis Baratheon- de una quinta temporada donde la lógica, inexplicablemente, ha brillado por su ausencia.

Entiéndase, la tragedia de los Stark era un giro de brutales (y calculadas) consecuencias, pero sobre todo, era un giro ratificado por la cruel coherencia del rumbo tomado por cada una de las tramas que se desprendían de dicho golpe. Así sucedió con Eddard Stark, con Joffrey Baratheon o con Tywin Lannister. Y no, el desgarrador asesinato de Shireen Baratheon, en cambio, se ha desvelado como el mayor de los caprichos, un acto injustificado movido por el morbo. Un error mayúsculo impuesto por y para el espectador, pero no para cualquier espectador, sino para aquel que fagocita cada muerte, se recrea en los alaridos de la víctima y espera la punzada de sadismo correspondiente para saborear el cóctel final. Y así, uno tras otro, muchos de los personajes más interesantes de la serie, apenas abordados por los guiones, han dejado abruptamente este universo ficticio. Este es el resultado de la borrachera de polémica en la que viven inmersos Benioff y Weiss, acostumbrados a sus innecesarios guiños sexuales y tics violentos, pero que ahora han intentado el más difícil todavía. ¡Y yo más! ¿Queréis una Boda Roja en cada capítulo de la quinta temporada? No os preocupéis, nos inventamos un diálogo sin trascendencia alguna y condenamos al personaje de turno: Ser Barristan Selmy, Mance Rayder o Selyse Florent -la mujer de Stannis Baratheon-; y si falla todo, recuerden, siempre les quedará Sansa Stark.

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Lejos quedan los diálogos políticos, los monólogos heterogéneos y la profundización en determinados personajes que nos desvelan las dinámicas ocultas de Poniente y Essos. Condicionados por la escasez creativa de George R.R. Martin -ahora sí, culpable de este extremo- y por la demanda de impacto del espectador, Juego de Tronos ha intentado suprimir al máximo los capítulos de transición y la tradicional morosidad de los primeros episodios de cada temporada (imposible ante la ingente cantidad de personajes). Pero semejante estrategia no ha redundado en una mayor precisión narrativa o en una efectiva transición hacia un discurso más fantástico, sino que ha desvelado el carácter innecesario de actos como la muerte de Shireen, el baño de sangre gratuito de Arya Stark -culminado con otra escena sádica con niñas de por medio, como si el asesinato de Syrio Florel y las aberrantes acciones del lugarteniente de Cersei Lannister no fuesen suficientes para definir a un personaje como ‘malo’-, el enésimo asalto al burdel de Meñique o la puñalada final que asesta un pobre niño en el último aliento de la temporada. Todo esto, desgraciadamente, responde a un gusto por la provocación y la exhibición que ha crecido desde los tímidos titubeos de las primeras temporadas.

Este juego especulativo ha entregado imágenes para el recuerdo, incrustadas desde su visionado en nuestras retinas gracias a la labor de un equipo técnico de órdago, exceptuando algunas soluciones que solo podemos adjetivar como ‘patéticas’ y cuyo problema responde a razones puramente narrativas. Estas virtudes no enmiendan los errores de una adaptación que, de repente, se ha quedado huérfana de texto y ha intentado desmarcarse en el terreno visual. Todos recordaremos esta temporada por la impresionante masacre de Casa Austera, por el paseo de la penitencia sufrido por Cersei Lannister o por el vuelo de Daenerys a lomos de Drogon. Y sin embargo, cuando un espectador avezado de la serie piensa en su tercera temporada, junto a las imágenes de la Boda Roja aparece la frágil posición de Arya Stark o los soberbios diálogos de Brienne de Tarth y Jaime Lannister. Eso no ocurrirá con una quinta temporada donde la mayoría de los personajes han estado (literalmente) perdidos por Poniente, salvo tres excepciones notables: Daenerys Targaryen, Jon Snow y Stannis Baratheon.

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Como prueba de esta retahíla de personajes perdidos, valga recordar la desaparición impuesta a Bran Stark, Margaery Tyrell, Loras Tyrell o Meñique, pero sobre todo llaman la atención las penosas existencias de Theon Greyjoy y Sansa Stark. Sinceramente, nos alegraríamos de que también se hubiese impuesto su omisión en la presente temporada, pero Benioff y Weiss los han utilizado como ‘juguetes rotos’ de este Juego de Tronos; peones a los que cortar el miembro viril o violar a su antojo, todo a mayor gloria del nuevo ‘malo’ oficial de la serie: Ramsay Bolton (por otro lado, interpretado de forma magnífica). ¿Alguien dijo algo sobre dejar evolucionar a los personajes? ¿Mostrar una mínima madurez? Nada, nada. Dejemos que Meñique, genio y figura en las anteriores temporadas de la serie, ahora juegue a un nuevo juego sin sentido alguno. Básicamente, no importa que el conjunto chirríe, que no haya ninguna explicación, que Meñique entierre su amor a Catelyn Stark. No importa nada, salvo el impacto. Y junto a ellos, a escasos metros, otra de esas tramas itinerantes que adolecen de lógica alguna. Nos referimos a la causa justa abanderada por Brienne de Tarth -imposible no reír con su última mirada furibunda al torreón de Invernalia, donde, casualidades de la vida, un solo segundo más tarde solicitará ayuda la pobre Sansa-. Esperemos que la huida de Theon y Sansa inculque una pizca de sentido a dicha trama, al igual que la venganza de Brienne, cuya espada cae sobre el cuerpo de Stannis Baratheon cuando el montador corta abruptamente la escena. ¿Ha muerto? La confesión del asesinato de Renly y la derrota física y psicológica del espectador parece indicarlo, pero dicho corte añade una especulación innecesaria si comparamos la escena con la escasez de montaje en otros escenas igual de explícitas.

Quienes sí han gozado de la atención de los creadores en esta quinta temporada y, por lo tanto, han guiado sus pasos con mayor o menor acierto hacia un punto y aparte en sus caminos han sido Daenerys Targaryen, Stannis Baratheon y Jon Snow. De todos ellos, paradójicamente si nos atenemos a su rol aburrido en la saga literaria, llama la atención la trama de Daenerys. La Madre de los Dragones, avocada a un exilio forzoso a lomos de su dragón y rodeada por sus antiguos súbditos -los dothraki-, nos ha regalado los mejores diálogos y reflexiones, gracias a la llegada de Tyrion Lannister -definitivamente perdido al comienzo de la temporada- y a su triángulo amoroso con Jorah Mormont y Daario Naharis. Sorpresa, técnica y lógica. Y así, con esa simple fórmula, un servidor se compromete a esperar con ganas qué traerán los ‘vientos de invierno’ a nuestra Khalessi. Y puestos a alabar los últimos coletazos de la serie, el final de la otra reina que hay sobre el tablero, Cersei Lannister, ha logrado recoger todos los matices de su personaje sin olvidar el odio y el asco que inspira la turbadora creación de Lena Headey. Nada importan las escasas explicaciones dadas sobre el ascenso de los Gorriones al poder o la elocuente aparición de una bestia monstruosa hacia el final del episodio -de razonable parecido a la Montaña- si al final nos entregan semejante paseo de espinas.

Y de nuevo, muy a mi pesar, he de entonar el ‘sin embargo’. Vayamos por partes, primero Stannis Baratheon, luego Jon Snow. Del primero, último Baratheon en liza, simplemente resulta imposible creer las razones esgrimidas por los creadores para justificar el cruel asesinato de Shireen. Y más si nos atenemos al hipotético ‘final’ de este hombre de carácter frío y duro, pero cuyo sentido de la justicia y rechazo al fanatismo, sencillamente, impide a su personaje cometer tal acto. Este Stannis ‘televisivo’ ha terminado sus días negando todo cuanto conocíamos de él, desde su condición de estratega militar inigualable hasta su fervor por salvaguardar el legado de los Baratheon. Nada ni nadie podría justificar tal acto de locura creativa. ¿Por qué mata Stannis a su única hija? ¿Por qué termina con el último Baratheon de su estirpe? ¿Por qué renuncia al Trono de Hierro que le corresponde legítimamente a su hija? Incongruencia tras incongruencia. Ninguna explicación bastará para paliar la última huida hacia delante de los creadores (y van…). No hay mal que por bien no venga, al menos hemos asistido a los alardes interpretativos de Liam Curringham y Kerry Ingram, Davos y Shireen, auténticos protagonistas de una de las relaciones más emocionales que se ha permitido desarrollar la serie.

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Y finalmente, llegamos hasta Jon Snow, protagonista de la impresionante e inteligente batalla de Casa Austera, pero también de un final de temporada que no enmienda su peso durante todo el arco argumental, aunque sí matiza una de las adaptaciones más logradas y fieles del libro. No obstante, también han brillado ciertas licencias creativas, entre ellas el adiós del maestro Aemon Targaryen o la fecha de la partida de Samwell Tarly hacia Antigua. Y quizá por eso mismo, por la lógica que demuestran dichos cambios, la trama desarrollada en el Muro ha tenido un especial interés durante toda la temporada. El oportuno regreso de Davos y la venida inesperada de Melisandre eran los alicientes perfectos para el ‘shock’ pergeñado por Benioff y Weiss: ¡por el espectador! No, no, “¡por la Guardia!”. Tan masticada como acariciada. Así ha sido la traición sufrida por el Lord Comandante nº998, quien es conducido por las dagas de sus compañeros hasta la más infinita y fría oscuridad del invierno. Más allá de la sobriedad de su final, llaman la atención un reguero de detalles muy interesantes: la omisión de su lobo huargo Fantasma (¿de verdad que acude al rescate de Sam, pero no al de su propio dueño?), la puñalada sádica de un niño utilizado por los guionistas (¿de verdad hacía falta?) y la mención a su desaparecido tío Benjen Stark para engañarle (¿de verdad tienen la agalla de mencionarlo después de omitir toda referencia a él en la serie televisiva?). Más morbo, más enigmas. No obstante, no todo pueden ser críticas, ya que no desmerece en ningún momento a uno de los capítulos más logrados de la saga literaria. Simple y llanamente, resulta imposible llevar exitosamente a la pantalla esas “dagas en la oscuridad” que se abalanzan sobre el cuerpo de Jon y contentar a todos los seguidores.

En los últimos compases de este extenso artículo, no pretendía que fuese tal, cabe reflexionar sobre una temporada de brocha gorda, muy por debajo de las anteriores temporadas, pero aún así notable en su conjunto; y además, no deja de ser altamente elogiable por el gran trabajo de producción que atañe, impensable en la televisión hasta hace muy poco. Y ahora solo nos queda esperar los vientos del invierno, sin apenas texto que llevar a la pantalla, pero con la incertidumbre que implica el mayor desafío que habrán corrido Benioff y Weiss hasta la fecha. De este barco tan entretenido no me bajo, únicamente pido, por el bien de todos (de la mente de los creadores y del corazón de los espectadores), una pizca de cordura antes de acometer el ‘giro’, un atisbo de lucidez antes de tropezar con la misma pieza. Solo así, aprendiendo de los errores y retomando su relación con el espectador, Juego de Tronos podrá volar sin la necesidad de quemar a sus personajes a las primeras de cambio.

Antonio Cabello Ruiz-Burruecos

Enamorado de la escritura, del placer fílmico y del goce seriéfilo. Siempre aprendiendo; siempre creciendo. "Hagas lo que hagas, ámalo".