La Navidad que nunca llegó a Berlín

¡CUIDADO, SPOILERS!

Lee sólo si has visto ‘Hijos del Tercer Reich’.

Navidad en Berlín.

Es la premisa de los cinco protagonistas cuando se despiden antes de marchar cada uno hacia su destino. Nos situamos en el verano de 1941 en Berlín. La Segunda Guerra Mundial parece bastante favorable a la maquinaria del Tercer Reich, que empieza su operación Barbarroja hacia el Este con la sensación de que la guerra acabará en unos pocos meses.

De esta forma nos situamos en la fiesta de despedida de un grupo de amigos, que el día siguiente verán cómo sus caminos se separan y cada uno tiene que seguir su rumbo en un sentido opuesto al de los demás. Conocemos a Greta, una aspirante a cantante que, dicen, se convertirá en la nueva Marlene Dietrich; a Charlotte, una joven bellísima que irá al hospital militar del frente, por detrás del batallón; a Viktor, un judío que de no ser por la noche de cristales rotos habría regido la sastrería familiar; y, por último, a dos soldados, los hermanos Winter: Friedhelm, el pequeño, un joven intelectual, un ratón de biblioteca que odia la guerra, como lo define su hermano mayor, Wilhelm, un soldado de convicciones patrióticas que pronto abrirá los ojos a una realidad muy distinta de la que pensaba. Es este último quien se erige como narrador de la historia:

“Queríamos despedirnos antes de que tomáramos caminos diferentes. Crecimos en el mismo barrio y nos conocemos desde que éramos niños. No podríamos ser más diferentes, pero éramos de los amigos inseparables. […] Éramos cinco amigos. Éramos jóvenes y sabíamos que el futuro nos pertenecía. El mundo entero estaba a nuestros pies. Sólo teníamos que tomarlo. Éramos invencibles. Pronto lo sabríamos.”

La navidad en Berlín y una última fotografía de grupo, que todos llevarán consigo como recordatorio de su cita, se convertirán en el hilo argumental de la historia y en la razón de ser de los protagonistas para seguir adelante. “Tenemos que volver aquí en Navidad, vivos.”, dice Greta en lo que es casi una imploración. Así comienza la historia más desoladora que he visto en los últimos tiempos, con este principio nos adentramos en Unsere mütter, unsere väter (Nuestras madres, nuestros padres), título muy ilustrativo que en España ha sido traducido como Hijos del Tercer Reich.

Viktor, Wilhelm, Charlotte, arriba; Greta y Friedhelm, abajo.

Viktor, Wilhelm, Charlotte, arriba; Greta y Friedhelm, abajo.

Mucho se ha escrito sobre si esta serie es la visión de la guerra desde el apoyo o la justificación del bando nacionalsocialista. Nada más lejos de la realidad, creo yo. En ningún momento he visto tintes nazis por alguna parte. No los hay. Tan sólo existe la visión de una guerra desde el lado alemán, pero desde el lado alemán de las personas, desde la orilla bélica comandada por Hitler y no desde la propaganda que hubiese llevado a cabo Goebbels, por decirlo de alguna manera entendible. Hijos del Tercer Reich da una visión de la guerra desde los ojos de la Alemania nazi, pero sin caer en ningún momento en una justificación ni en una apología, como se ha dicho en muchas ocasiones.

Los protagonistas de esta historia, los cinco amigos, son personas normales que un día ven cómo la guerra se cuela en sus vidas y les afecta de lleno. Es cierto que al principio vemos como Charlotte tiene la convicción de que debe ayudar a los soldados de su patria en la guerra y que, al igual que Wilhelm, cree que la causa es justa. También es verdad que al principio aún no vemos la persecución judía de una manera tan evidente como se revelaría al final. Estamos sólo en los primeros pasos de lo que terminó siendo la Segunda Guerra Mundial. No obstante, que veamos estas visiones no quiere decir que se nos muestre la historia desde un punto de vista nazi, como se ha dicho; lo que hace la serie es situarnos en una época y mostrar las situaciones y posicionamientos de entonces, sin entrar en juicios ni valoraciones. Son puntos de vista que existían. Y, como nos muestra el desarrollo de la serie, todos los puntos de vista se moldean con el paso del tiempo. Lo que percibimos es el punto de vista de cualquier persona normal, como podríamos haber sido cualquiera de nosotros en aquellos años, el punto de vista global formado por el de cada persona. También vemos la historia desde los ojos de la pareja formada por Greta y Viktor, él judío, ella no, o de Friedhelm, el soldado que no cree en la guerra que se está llevando a cabo, para vergüenza inicial de su hermano mayor. No todo son grandes convicciones patrióticas.

De hecho, el amplio abanico de perfiles mostrados es uno de los aciertos de la serie a la hora de dar una visión completa de la composición social de la Alemania del Tercer Reich. A lo largo de la serie encontramos un número incontable de maneras de afrontar la guerra: guardias de las SS, la Gestapo, judíos rebeldes y batalladores y otros que aceptan con resignación el sistema implantado por Hitler, polacos beligerantes, partisanos, soldados más y menos convencidos de su lucha, una enfermera soviética, enfermeras alemanas…

Pero volvamos a los cinco amigos que, desde el minuto diez del primer capítulo, hacen sus caminos por separado, a excepción de los dos hermanos, que luchan en el mismo frente, y un breve espacio de tiempo en el que la pareja formada por Greta y Viktor aún convive en Berlín. El destino que tienen reservado cada uno es tan dispar de lo que imaginaban como cruel. Y nosotros lo vamos descubriendo con la certeza latente de que nada acabará bien para ellos. Así, somos testigos de la ilusión de los soldados ante unos meses de guerra que nunca, en ningún caso, deberían alargarse más allá del invierno. Antes de diciembre Alemania habría resultado vencedora y la operación Barbarroja un éxito. Nosotros sabemos que no es así, pero aun de esta forma nos podemos poner en la piel de los soldados, incluso sentir el desánimo que va calando en sus conciencias a medida que avanza ese invierno –la serie– para el que jamás se habían preparado. Sentimos cómo la guerra va haciendo mella en las tropas, con la personificación de éstas en los dos hermanos, que poco a poco van tomando el camino que parecía reservado al otro. Friedhelm, aquel joven que no creía en las armas y llenó su equipaje con libros de Rimbaud y Janger, que no le iban a salvar de nada, el soldado que nunca se ofrece voluntario, acaba por convertirse en un militar implacable con el afán exclusivo de sobrevivir. Su hermano Wilhelm, que en principio parecía más destinado a ese futuro, acaba por desertar y desilusionarse cuando entiende que lo que él creía una causa justa no lo era tanto.

Somos testigos a la vez de la ilusión que Charly lleva consigo al hospital y de cómo esa quimera se torna rápidamente en una pérdida flagrante de la inocencia (y de la sonrisa, una pena porque esta actriz tiene una sonrisa preciosa) del personaje, aumentada cuando delata a una enfermera que trabaja con ellas y el posterior arrepentimiento hace que su mundo se tambalee. Por otra parte, nos volvemos cómplices, también, de la bajada a los infiernos de Greta, que tiene lugar en forma de affaire con un alto mando del ejército nazi con el único fin de conseguirle papeles a su novio Viktor y que pueda marcharse al extranjero. Una huida que nunca llegará a darse, ya que, cuando Greta piensa que lo ha conseguido, el capitán de las SS urde un secuestro para que Viktor nunca llegue a escapar y lo envía a un campo de concentración. De esta forma también pasamos a ser caminantes que acompañan a Viktor en el tren de Auschwitz, y sus interlocutores cuando cuenta que ya ha estado en Oranienburg, y en aquellas almas abandonadas que le siguen a través de la montaña y se unen a los partisanos para sobrevivir en ese mundo inhóspito. Eso sí, aceptamos ser todo aquello que nos proponen con una ventaja respecto a los personajes: nosotros sí conocemos cómo termina la Historia que estamos viendo.

Por eso Hijos del Tercer Reich no es tanto una producción sobre la guerra en sí misma, sino sobre las personas que vivieron esa época (los padres y madres de la generación actual de alemanes, lo que explica el título original). El desarrollo psicológico de los personajes es magnífico y transcurre, lentamente, a través de los cambios que origina la guerra en cada uno de ellos. Nadie termina con las mismas convicciones, ni las mismas ganas de vivir; nada es parecido en 1945 a como era en 1941. La prueba final de ello es la imagen que cierra la serie: el bar en el que se despiden en 1941, prometiéndose la Navidad juntos y haciéndose la foto, aparece en 1945 destruido y en ruinas, como los propios personajes que sobreviven a la guerra y llegan allí para encontrarse. Una poderosa metáfora. Esa es la Alemania de la posguerra, la de la herida abierta.

La trastienda del bar, testigo de la alegría y de la desolación.

La trastienda del bar, testigo de la fiesta de despedida y de la desolación final.

Y es que la guerra mata, por supuesto, pero quizás no sea esa su consecuencia más devastadora. La guerra destruye por completo a personas que, a su término, aún tienen la desgracia de estar vivas y cargar con las ausencias que ha dejado. En la guerra mueren soldados, sí, y es terrible porque muchos ni siquiera saben por qué luchan. Pero igual de espantoso es el impacto que sufre la retaguardia, la incertidumbre tanto por los que están en el frente como por aquellos a los que no ven hace días o los que huyeron y no volvieron a dar señales de vida. Son esas personas las que protagonizan Unsere mütter, unsere väter: gentes normales que tuvieron que aprender a sobrevivir en un mundo cruel y baldío que nunca habían imaginado. Así es la Alemania del Tercer Reich que nos muestra esta producción que tardó en producirse diez años. Así era la Alemania de entonces, llena de personas normales y corrientes que no fueron más que víctimas de las tremendas decisiones de otros.

Hijos del Tercer Reich nos habla de mucho más que la Segunda Guerra Mundial. Nos habla de amor (el amor en los tiempos de cólera, podría escribir, permitiéndome el lujo de retocarle el título a Gabo), con la pareja formada por Greta y Viktor, y otra pareja de esas que duelen, la que nunca se llega a materializar entre Charlotte y Wilhelm, que se aman, pero no quieren darse esperanzas inertes. “¿Qué soldado tiene la certeza de que va a volver con vida al final de la guerra?”, le dice Wilhelm a un compañero justificando que no haya besado a Charly en uno de los fugaces encuentros que tienen a la vera del hospital. Pero ante todo, la serie habla del horror que el ser humano puede ser para sí mismo, el peor enemigo, el más cruel y despiadado, el lobo para el hombre perfectamente retratado. Y entre todo eso se permite reflexionar con acierto sobre la violencia, el odio, los celos, la soledad o la pérdida, entre otras cosas, en una de las mejores producciones europeas que recuerdo en los últimos años, con una factura tan preciosa como demoledora. La serie alemana es lo más desolador que he visto desde aquel capítulo en el que la Easy Company acudía a la liberación de un campo de concentración en Band of Brothers (Hermanos de sangre), la que, aseguran, es el espejo norteamericano en el que se refleja Hijos del Tercer Reich.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.