Lo que ‘Revolution’ pudo ser (y no fue)

Revolution es una de las mayores decepciones seriéfilas del último año (si no la mayor). A falta de muy poquito -sin incluir el parón- de que concluya la primera temporada (esperemos que no haya segunda), me apetece analizar la oportunidad perdida de lo que, yo creo, era un grandísimo planteamiento inicial, por desgracia desvirtuado en un pésimo desarrollo (y sinceramente dudo mucho que el final sea una sorpresa en ese sentido).

No puedo dejar de pensar que Revolution pudo ser una suerte de Black Mirror a la inversa. Si la serie de Charlie Brooker habla de la esencia humana hiperbolizando nuestra relación con la tecnología, Revolution podría haber hecho algo similar a través de la ausencia de esta. La falta de electricidad, la vuelta a un estado de semi-primitivismo es, sin duda, un caldo de cultivo ideal para realizar un ensayo sociológico y antropológico más que interesante. Somos animales tecnológicos, de eso no cabe la menor duda, y como evidencia este magnífico artículo de Yorokobu, estamos demasiado adaptados a la sociedad post-industrial, por lo que la mayoría de nosotros no tendría la más minima posibilidad de sobrevivir en un mundo sin herramientas tecnológicas.

El personaje de Aaron, ingeniero millonario en Google, parecía ser el elemento perfecto para comenzar a evidenciar esta inversión social, donde los poderosos expertos en el mundo digital se convierten en los parias indefensos e inútiles del mundo salvaje. El apagón de Revolution podría ser visto desde esta perspectiva como un reseteo social, similar al provocado al final de El Club de la Lucha con la destrucción de los edificios que contienen registros de compañías de tarjetas de crédito. Pero no hay tal trasfondo ideológico en Revolution. Aaron es relegado a ser un secundario cómico que ni siquiera es gracioso, un gordito que acompaña a los protagonistas cual perrito faldero y cuya única razón de ser se adivina a kilómetros: me apuesto el cuello a que en el último capítulo su “genialidad” es fundamental para volver a recuperar la electricidad.

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La tecnología, y nuestra relación con ella, en Revolution está vista desde un prisma superficial y frívolo. Con una clara herencia lostiana, la tecnología obsoleta se nos presenta fetichizada, con un halo de misterio mágico, como evidencian la aparición del ordenador que ilustra esta entrada y los collares fantásticos que devuelven la electricidad a su alrededor. Y cuando no, se nos muestra únicamente su potencial negativo: lo primero que hace Monroe cuando se agencia un amplificador de los citados collares es encender un helicóptero de combate y comenzar una guerra tecnológica. También se nos cuenta (de forma extremadamente torpe) que fue la guerra, un experimento militar fallido en este caso, el responsable del apagón. Con esta visión tan pesimista del uso tecnológico cuesta entender como el tramo final de la temporada se vaya a encaminar en tratar de devolver la electricidad a toda la población, lo cual no parece que sea algo muy prudente ni consecuente, y, si lo es, ¿por qué han esperado quince años para intentarlo?, ¿nadie más sabía cómo? No estamos hablando de una erupción solar, ni de un ataque alienígena, sino de un experimento militar descontrolado.

No hay donde rascar, Revolution, la serie con más nombres de canciones de Led Zeppelin en sus títulos de capítulos, es un producto vacío, con demasiada aspiración de convertirse en un Lost para adolescentes, en unos Juegos del Hambre televisivos. También vemos ecos de otros productos fallidos similares a pesar de que también contaban con un gran planteamiento inicial: Flashforward y Terra Nova. Es una pena, porque el argumento tenía potencial, y mucho. J. J. Abrams ha vuelto a apostar por el caballo equivocado, y desgraciadamente ya se está convirtiendo en una costumbre.

Jorge Dueñas Villamiel

Diseñador digital e historiador del arte. Pensando en imágenes desde 1984.