‘Mad Dogs’, el infierno en el paraíso

Puede sonar a tópico, a frase hecha y manida, pero no deja de ser cierta por ello: el paraíso puede terminar por convertirse en el infierno. No hace falta nada más que llenar un espacio paradisíaco con la gente equivocada. Y eso, aunque parezca que no, es demasiado fácil. En un episodio del reciente remake de Mad Dogs, una habitante de Belice le dice a uno de los protagonistas: “cuando viajas es cuando conoces realmente a la gente”. Así las cosas, el viaje con el que da comienzo esta adaptación de la serie británica de los noventa supone una revelación fortuita para el grupo central.

Cuando Milo llama al cuarteto para invitarles a pasar una semana con todo pagado en su mansión de Belice, ninguno de los cuatro amigos puede imaginarse lo que les espera. Cobi, Joel, Lex y Gus acuden a la llamada confiando en que pasarán una semana rememorando viejos tiempos. Unas vacaciones en las que podrán desconectar de sus vidas mediocres y estresantes, siete días en los que podrán salir de fiesta en un entorno idílico y en los que, como vemos en el primer episodio, podrán disfrutar de la playa, el sexo y la vida como si, de repente, volviesen a ser aquellos jóvenes que ya serán nunca.

Sin embargo, la fiesta dura un episodio. Y ni siquiera. El guion de la serie comienza a flirtear con el caos desde el final del primer capítulo, el momento en el que todo se enturbia para dar pie a la trama verdadera de esta serie. El principio, que en cierto modo se asemeja a las tramas novelescas de Agatha Christie (cinco amigos encerrados en una casa, amenazados por un agente externo), da pie a una bifurcación de tramas y Mad Dogs se convierte en una constante persecución y huida en la que un personaje enano y con una máscara de gato se convierte en el antagonista. Un villano que, por otra parte, además de acercarse voluntariamente a lo cómico, se intuye lacayo a su vez de una potencia malévola mucho mayor.

En esta última frase radican dos de los grandes aciertos de la ficción: por un lado, el misterio y la dosificación de información con la que juega (la constante y misteriosa referencia a Jesús); por el otro, su acercamiento voluntario al tono cómico. A pesar de la tensión que viven sus personajes, la serie creada por Charles McDougall nunca permite que el tono de comedia desaparezca. Lo vemos en las constantes luchas que tienen los personajes, que tratan de solucionar rencillas del pasado (o de avivarlas) en sus conversaciones y tiempos muertos. Porque Mad Dogs habla también de la amistad, del compadreo perdido por el paso del tiempo, por las decisiones controvertidas, por las traiciones. El cuarteto protagonista está formado por un grupo de amigos que ya, verdaderamente, no lo son, pero que tendrán que actuar como si lo siguiesen siendo para poder salir del desastre en el que se han metido. Y todo ello implicará renuncias, decisiones difíciles y sacrificios.

Pero no son las únicas virtudes que atesora esta adaptación de la serie británica (en la que, por cierto, Ben Chaplin también interpretaba un personaje, esta vez el anfitrión). Uno se queda enganchado a Mad Dogs, entre otras cosas, porque dejar de ver a su reparto se hace difícil. Tanto el citado Ben Chaplin como Michael Imperioli, Steve Zahn, Romany Malco e incluso las apariciones de la española María Botto como la agente Sophia Moreno hacen de la serie uno de esos placeres inmediatos y silenciosos de cada temporada. Por otra parte, lejos de convertirse en una serie reflexiva, la teleficción propone una desconexión, una inmersión en el infierno bello de Belice a través de un guion excéntrico, lleno de recovecos espinosos, al que le funciona su falta de complejos y su tendencia a volverse loco. No obstante, sería injusto decir que este remake no deja poso en ningún momento. Su panorámica sobre las rencillas, celos y amistades peligrosas que propone es muy interesante. Y, además, en ciertos momentos, se permite algunas líneas de guion más reivindicativas al respecto del racismo, el capitalismo o incluso el feminismo, en boca de la embajadora norteamericana Rochelle Baer (Allison Tolman) en el capítulo 1×10:

¿Por qué la gente usa esa expresión? ¿Alguna vez ha visto a un hombre golpeado en las pelotas? Yo sí; se quedan inmóviles durante 30 segundos y no pueden ni hablar. ¿Por qué las pelotas son símbolo de fuerza? ¿Por qué no las vaginas? Soportan golpes durante casi toda su vida adulta. Lo que tendría que haber dicho es «hace falta vagina para lo que hizo, desde luego».

 Rochelle Baer. 1×10

Más allá de esas reivindicaciones, conviene concederle un espacio a una vaga exploración poética de las imágenes en determinadas secuencias. Fundamentalmente en todo lo relacionado con la virgen y la figura de Xtabai, que comienza apareciendo como una referencia sin apenas concordancia con el resto de la serie para terminar cobrando todo el sentido del mundo en los últimos episodios para alguno de los personajes. No obstante, no es la única línea argumental que se revista con cierta belleza en los encuadres (como muestra el ralentí con el que se inicia la serie, que se repite en contexto más tarde). Las imágenes se acoplan al texto a través de un montaje que alterna el ritmo frenético con la pausa, de la misma forma que la propia teleficción de Amazon. Igual que los personajes alternan la amistad con la pelea, el recuerdo y la evocación con la vergüenza, la vida y la muerte.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.