‘Mad Men’; desde una estantería en la nevera

¡CUIDADO, SPOILERS!

Este texto incluye análisis del final de la serie.

Pocas ficciones han escrito tanto a través de las miradas y los silencios como lo ha hecho Mad Men. La creación de Matthew Weiner siempre ha hablado mucho más allá de lo que ha verbalizado. Y la última tanda de episodios no podía ser menos. El final de la serie de AMC ha necesitado de menos palabras si cabe. Ya desde el inicio del 7×08 se intuía que así sería: Don mira, con gesto nostálgico, desde el umbral de la puerta de su antigua casa, la familia en que se han convertido Betty, Henry y sus tres hijos, justo antes de salir. Es imposible contar el número de palabras que contiene esa mirada de Draper. Al igual que es imposible verbalizar la que adopta justo unos minutos antes ante la visita de Rachel Menken (a la que posteriormente sabremos fallecida unos días antes; siempre Don y sus fantasmas).

El final de Mad Men ha estado cargado de cruces de miradas; y estos, de significados. Tal vez sean los más obvios aquellos en los que Don echa un vistazo a su casa, antes de venderla; se encuentra atónito con Cooper en un viaje nocturno por carretera (fantasmas en todas partes). Sin embargo, es imposible obviar la mirada de Pete a Peggy, justo en el momento en el que sube a buscarla para tener una conversación con ella y la encuentra abrazada a una niña que forma parte de una investigación de mercado. El amor que, de repente, brilla en esos ojos que miran contiene todo el arco narrativo en torno a estos dos personajes. La promesa quebrada de aquello que podría haber pasado entre dos personajes que a fuerza de convivir han creado una extraña familia (como ya demostró su cena en Burger Chef, junto a Don, en el 7×07).

Los vacíos se han apoderado de la recta final de Mad Men y la han gobernado a su antojo. Y esa ausencia inconmensurable, que nunca ha terminado de ser pero jamás ha dejado de lanzar su amenaza, ha dado paso a las despedidas. El 7×02 concluye con Don, solitario, en su antigua casa sin muebles. La madre de Megan ha desmantelado su vivienda como represalia por lo que ella considera arruinar la vida de su hija. Megan se va, sigue su camino, ya no necesita estar al lado de Don. Como ya le dijo en aquella desoladora llamada de teléfono del 7×07: lo quiere, pero no lo necesita. Ahí terminó su arco narrativo, su aventura, su recorrido. Ahora vuela libre, al otro lado del charco, cada vez más lejos de su pasado en esa casa vacía que ella misma contempla con expresión apenada antes de cerrar la puerta por última vez.

Los vacíos y la soledad "hopperiana" de Don.

Los vacíos y la soledad «hopperiana» de Don.

Y, de la misma forma que en la primera tanda, ha sido el teléfono el punto central de rotura. Tres llamadas de teléfono han sido lo que ha terminado de quebrar del todo al protagonista de la serie. La primera, poco después de que el corazón de los espectadores se parase al conocer el destino de Betty. Sally le cuenta por teléfono a su padre que su madre está enferma y que la herida es mortal. No hay salida para ella, sólo queda esperar y prepararlo todo, intentando aparentar normalidad. En este intento de aparentar una normalidad imposible, Betty asesta la primera puñalada involuntaria a su ex marido, prohibiéndole que acuda a verla:

“Don, cariño, aprecio tus intenciones. De verdad. Pero no voy a desperdiciar el resto de mi tiempo discutiendo sobre esto. Quiero mantener las cosas tan normales como sea posible y que tú no estés aquí forma parte de eso.”

Ni siquiera hace falta que Don diga nada más, Betty ya lo sabe absolutamente todo. La voz rota y el “Birdie” con el que inicia la siguiente frase ya se lo han dicho. Nuevamente, los silencios hablan. A veces incluso gritan, claman, se desgarran la voz. Y duelen. Duelen mucho. Es el caso de las lágrimas de Sally mientras lee la carta de despedida de su madre. Su llanto es el de alguien que acaba de reconocer el sabor a metal que, más tarde o más temprano, alberga la vida para todos. Sabe que, a partir de entonces, va a tener que ser un referente para Bobby y Gene. Por eso el gesto que tiene con su hermano menor en los compases finales, al enseñarle a cocinar unos huevos, supone un cierre perfecto para uno de los personajes más complejos y progresivos de la ficción. Pero esa carta, además, es un precioso y orgulloso reconocimiento de Betty a su hija, que tanto ha sufrido sus consecuencias (y las de Don) durante estos ocho años:

“Sally, siempre me he preocupado por ti porque desfilas al son de tu propio tambor. Pero ahora sé que eso es bueno; sé que tu vida será una aventura.”

Uno de los momentos más emotivos de la serie.

Uno de los momentos más emotivos de la serie.

Peggy siempre ha sido el otro punto de ruptura, y a la vez de sustento, de Don Draper. Y como tal actúa en el último episodio. La última conversación que mantiene con Don, también por vía telefónica, muestra un Draper ya roto, completamente desarmado y sin ningún apego a la vida. Ella escucha atentamente desde la oficina. Los lamentos de su mentor parecen indicar algo más que en otras ocasiones. Asegura a Peggy que la ha llamado porque no se había despedido de ella. Es entonces cuando ella le pide que vuelva a casa. Es la última vez que hablarán (al menos en el tiempo que recoge la serie en el “dentro de campo”). De esta forma, el uso del teléfono crea un reflejo automático con el final de la primera tanda de episodios (Megan rompe con Don por teléfono).

Por otra parte, la conclusión de la serie no podía abandonar una de sus temáticas centrales durante los ocho años de emisión: la figura de la mujer y su ascenso socio-laboral. Si Betty es el personaje femenino que peor suerte corre, aunque más allá de lo físico consiga dejar un legado, y por extensión su hija Sally, aunque como leímos antes, su futuro es más prometedor; distinta suerte terminan por correr las dos mujeres más emprendedoras de Mad Men. Peggy Olson, como no podía ser de otra forma, y Joan H. convienen una especie de unión que transgrede lo estrictamente laboral. Las dos mujeres acaban por convertirse en amigas y, en otro orden, en triunfadoras y pioneras. Cada una por su lado, las dos acaban dando pasos importantes hacia delante.

Peggy y Joan, las dos grandes mujeres de la serie.

Peggy y Joan, las dos grandes mujeres de la serie.

Los hombres, en la otra orilla, terminan anteponiendo en varios casos sus familias a sus trabajos, como en el caso de Pete Campbell y su huida familiar hacia Wichita, o de Roger Sterling, que termina sorprendentemente enamorado de la madre de Megan. Y Don… en un grupo de apoyo al que acude con Stephanie, la sobrina de Anna Draper, y en el que tiene lugar la epifanía vital gracias al relato de un sueño por parte de uno de los extraños que comparten grupo con él, y que no hace otra cosa que poner en palabras lo que lleva sintiendo Don durante tanto tiempo:

“Yo trabajo en una oficina. La gente pasa a mi lado. Sé que no me ven. Y me voy a casa y veo a mi mujer y mis hijos. No levantan la vista cuando me siento. Es como si a nadie le importara que me vaya. Deberían quererme. Bueno, quizás me quieran, pero yo ni siquiera sé lo que es eso. Te pasas toda la vida pensando que no encajas, que la gente no te da nada. Y luego te das cuenta de que lo intentan y tú ni siquiera sabes qué es. Tuve un sueño en el que estaba en una estantería de la nevera. Alguien cierra la puerta, la luz se apaga y sé que todo el mundo está ahí fuera comiendo Y entonces abren la puerta y les ves sonriendo. Y se alegran de verte, pero tal vez no te miran directamente, y quizás no te elijan. Y entonces la puerta se vuelve a cerrar. La luz se apaga.”

Y así, poco a poco, ese aura de tristeza y desvanecimiento que ha tutelado la última mitad de la séptima temporada (aunque más bien se podría decir que toda la temporada y toda la serie) concluye en los años 70 con un sorprendente giro final que rememora en sus formas al de Los Soprano. La panorámica por la situación de todos los personajes concluye con un Don que medita en un acantilado junto a ese grupo de ayuda. La música, el corte de montaje abrupto, el primer plano al rostro del personaje; formas de filmar que rememoran el controvertido final de la serie de Chase, pero también, por otra parte, a la conclusión de A dos metros bajo tierra. Pero… ¿qué muestra esa sonrisa final con la que Don da paso al anuncio de Coca Cola (única campaña real de toda la serie junto a la de Lucky Strike en el piloto)? ¿Una nueva reinvención del personaje, la constatación de ese retorno que le pedía Peggy minutos antes para realizar ese anuncio? ¿O quizás haya vuelto a ver algún fantasma? ¿Betty? ¿Anna? ¿Rachel? ¿El pasado del fin de era?, ¿el futuro de lo que está por venir?

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Lo cierto es que los sesenta de Mad Men ya han llegado a su fin cuando tiene lugar esa mirada y, por eso, el broche final de la serie resulta un movimiento inteligentísimo por parte de su creador. ¿Qué está diciendo con la inclusión del esperanzador anuncio de Coca Cola? ¿Es acaso una elección caprichosa más allá de que en McCann (que había absorbido SC&P unos capítulos antes) fuese la campaña central en ese momento? Para nada; los versos de la canción, pero también esas escenas finales tendentes a lo espiritual y al New Age, demuestran el sentir del personaje, que se despide con una sonrisa. La expectativa de la nueva era, el gesto del adiós definitivo. La mueca traviesa del propio Matthew Weiner al desbaratar la idea común de que el anunciado fin de era tenía la necesidad de ser extremadamente triste, ya que un final no siempre implica desconsuelo, pero sí transición. En definitiva, la última reinvención de un hombre llamado Dick Whitman.

“El nuevo día nos da una nueva esperanza. La vida que hemos llevado, la vida que aún llevaremos. Un nuevo día, nuevas ideas, un nuevo tú.”

El siguiente video contiene LA ESCENA FINAL DE LA SERIE:

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.