‘Mad Men’: The best things in life are free

¡CUIDADO, SPOILERS!

Y muchos. No leas si no has visto la séptima temporada entera.

Mad Men es una serie que dice tanto con los silencios como con las obviedades. Nunca ha necesitado de más para revolvernos las entrañas. La serie de Weiner consigue proporcionar pequeños momentos de felicidad a la vez que la tristeza nos envuelve en su regazo. Es así, agridulce, siempre lo ha sido; sin embargo, la séptima temporada –o la primera mitad de ella–, tal vez sea la que mejor refleja ese espíritu tan reconocible.

El final de la sexta auguraba la redención de Don. No le quedaba otra. Sin trabajo, descompuesto, con Megan en Los Ángeles encontrando por fin un camino propio y con una familia que, pese a no separarse nunca de su esencia, cada vez se intuía más en la lejanía. La séptima entrega, como no podía ser de otra forma, ha indagado en esas circunstancias para proporcionar algunos de los mejores momentos de la serie.

Un único “Ok” sirve a Don para firmar una derrota. O una victoria pírrica, más bien. Tras unos capítulos a la deriva, la agencia decide darle una nueva oportunidad. Esto es algo que también intuíamos que pasaría: Don sin trabajo no es nadie y además es el mejor en su labor. Sin embargo, la oportunidad viene sujeta a unas nuevas condiciones muy particulares, restrictivas y que, en otra situación, Draper nunca habría aceptado. Pero ahora es todo diferente; para volver a su vida anterior, o a algo parecido a ella, necesita firmarla. Y las firma. El viaje de Don tiene origen en la sombra y destino en otra sombra algo más iluminada. El hecho de que ocupe la oficina de Lane Pryce no es casualidad.

Dentro de la agencia se abren varios frentes. Desde las rivalidades entre socios, con Cutler como baluarte definitivo frente a los clásicos (Sterling, Cooper, Don y Joan, aunque esta última no lo tiene tan claro), hasta la inclusión del ordenador en la oficina, perfecta muestra del avance tecnológico y científico de la época en la que se ubica la temporada (se culminará con la llegada del hombre a la luna en el último episodio). El hecho de que un ordenador entre en SC&P provoca diferentes consecuencias en los empleados de la agencia. Sin duda, el más afectado por esa nueva deriva será Gingsberg. Su regalo de San Valentín para Peggy es una de las escenas más surrealistas y repulsivas que se hayan visto en toda la serie.

No obstante, si algo diferencia a Mad Men es, sin ninguna duda, su profundidad. Su tratamiento de las relaciones personales es soberbio. En esta mitad de temporada, Don ha acaparado, como suele ser normal, el mayor peso de las relaciones personales. A lo largo de las siete temporadas hemos visto como Sally es la única capaz de desarmarlo. Sus conversaciones en el día de San Valentín son para quitarse el sombrero otra vez. La primogénita de los Draper ha ido adquiriendo el complejo carácter de sus padres, tanto de Don como de Betty, a la que cada vez se parece más (en la finale el parecido es asombroso). Sin embargo, pese a la complicada relación que mantienen siempre Don y Sally, se tienen devoción el uno al otro y en una de esas conversación ella vuelve a dejar a Don sin palabras con una sencilla e inesperada frase.

“Happy Valentine’s Day. I love you.”

Como ya he dicho, Mad Men juega tan bien sus diálogos como sus silencios. Y, al contrario de la confesión de Sally, Megan nos quiebra con un silencio (7×07). Esa duda que sobrevuela la conversación telefónica con Don no es más que la mayor de las certezas. No quiere volverlo a ver, pero no hace falta que se lo diga. ¿Lo ama? Claro que sí, pero ya no lo necesita, ha encontrado su camino. Él lo acepta; como si se lo esperase, no se rompe al esbozar unas disculpas.

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El baile de emociones ha sido constante en estos siete episodios. Mad Men se ha convertido en una montaña rusa en la que todos los que suben para el recorrido son personajes quebrados. Peggy es la representación perfecta de esa fragilidad emocional. La pupila de Draper ha seguido tanto sus pasos en el ámbito laboral que se ha convertido en una especie de trasunto del creativo en lo personal. Atraviesa uno de sus peores momentos: está sola y ni siquiera en el trabajo siente el respaldo de su jefe, el ambiguo Lou Avery.

“Ahora soy de esas mujeres que mienten sobre su edad.”

Esta confesión a Don da pie a una de las mejores conversaciones de toda la serie y a una recta final soberbia (7×06-7×07). Es difícil que alguien que haya seguido las andanzas de estos dos personajes desde los primeros días no se emocione cuando el My way de Sinatra empieza a sonar en la radio. “¿Crees que es coincidencia?”, pregunta Don. No creo que sea posible elegir una mejor canción para el momento. Ni que haya algo más emocionante en esta temporada que ese baile entre dos derrotados como Don y Peggy. Tampoco creo que exista una metáfora tan poderosa como la que cierra el episodio 7×06 (para muchos al nivel de «The suitcase» [4×07]): Don, Peggy y Pete Campbell –sí, aquel «odioso» Pete– sentados a la mesa de un burger mientras Peggy les explica por qué quiere rodar ahí su anuncio.

“Es sobre familia. Cada mesa es la mesa familiar.”

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Con esta metáfora llegamos al broche final, porque una gran temporada como la séptima tenía que tener un broche de oro. Y, en este caso, así es. La serie despide a uno de los secundarios que la acompañaron desde el primer día: el carismático Bert Cooper. Ya nadie tendrá que quitarse los zapatos al entrar en ningún despacho. No es casual que sea él. Su muerte simboliza la muerte de una generación, de una forma de hacer publicidad. Es el contrapunto perfecto a la instalación del ordenador en la oficina de SC&P. La despedida de Bert es, como todo en esta serie (ya lo decía antes), agridulce. Weiner le permite un último momento de lucimiento (y se agradece), que será mítico para los fans de la serie. El directivo de la agencia aparece –más bien Don tiene una alucinación– cantando y bailando el The best things in life are free de Bill Crosby. Por cierto, debo reconocer que ese “Don, my boy” con el que Bert interpela a Draper en su imaginación me ha roto por completo. Igual que a Don, al que vemos al borde del llanto en la última escena de la temporada.

Se avecinan nuevos tiempos para Sterling Cooper y para sus integrantes, pero para ser testigos del final tendremos que esperar al año que viene. Mientras tanto, demos gracias por una serie tan grande. Nos costará mucho despedirnos de ella.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.