‘Man Seeking Woman’, el paso siguiente

¡CUIDADO, SPOILERS!

Este artículo detalla el desarrollo de la tercera temporada de la serie.

Cuando parecía que la fórmula podía llegar a agotarse, Man Seeking Woman se ha renovado de una forma increíble a través de su aspecto narrativo. Quizás lo mejor de la serie de Simon Rich sea que hace evolucionar a sus personajes a la vez que avanzan sus vidas. Tal vez por eso siempre tengamos la sensación de estar viendo algo vivo, que se mueve de la mano del contexto en el surge. Sin duda, esta ficción, uno de los máximos exponentes de lo que hoy denominados como anti-comedia romántica, es una de las producciones que mejor entienden el mundo y la sociedad contemporáneos.

En la tercera temporada de la obra, los protagonistas han seguido la evolución más “lógica”, narrativamente hablando. De la búsqueda de pareja que tuvo lugar en la tanda inicial o la relación inestable, turbulenta y finalmente fallida de la segunda, Man Seeking Woman ha pasado a la relación estable y todas sus implicaciones posteriores. La exploración del paso siguiente. Josh ha encontrado en Lucy (¡qué acierto el de Katie Findlay!) a su “media langosta” (que diría Phoebe Buffay) y la serie ha sabido explotar con brillantez cada uno de los escalones de la misma.

Katie Findlay ha sido uno de los grandes aciertos de la tercera temporada.

Con un tono similar y en concordancia con las entregas anteriores, la creación de Rich ha hurgado en temas tan espinosos como las visitas a los suegros (mediante todos los tópicos del cine de terror), la lucha interna por ver quién maneja el mejor entorno: trabajo, amigos o sueldo (en una sutilísima crítica al neocapitalismo), la irrupción dela rutina y las posibles terceras personas (representado como una película de Indiana Jones) o, en última instancia, todo lo relacionado con la boda (con ese maravilloso sketch de la hermandad de organizadores de bodas en la sombra; al final, en esencia, los padres de los novios). Pero, sin duda, uno de los mensajes más políticos y con mayor calado social llegó en el primer episodio, en el que la teleficción dio muestras de su valentía y falta de complejos al manejar con solidez, humor y mucha responsabilidad el discurso sobre los refugiados en asociación con la convivencia entre los compañeros de piso, los nuevos novios y derivados.

La tercera entrega ha estado marcada por la relación entre Lucy y Josh. Esta decisión ha llevado a que secundarios como Mike y Liz hayan perdido algo de peso argumental, aunque sus apariciones han seguido siendo igual de lúcidas. Es el caso del 3×08, en el que Liz recupera protagonismo en la sombra para hablar de esa buena noticia –un ascenso laboral– que llega en el momento en el que otra incluso más grande la entierra: el anuncio de la boda. En el caso de Mike, su recuperación de protagonismo ha llegado en el 3×09, que podría quedar para las listas de mejores capítulos sobre los padrinos. Un episodio en el que Josh debe elegir a su “best man” y para ello organiza los Joshies, unos premios que claramente remiten a los Oscars. Eso sí, sin sorpresa final: el padrino acaba siendo quien todos pensamos. Es otra demostración de que Man Seeking Woman es única a la hora de representar momentos cotidianos mediante el uso y deformación creativa de los clichés audiovisuales.

La gestualidad ha vuelto a hablar desde el silencio de los personajes.

Asimismo, el creador vuelve a indagar, como en temporadas anteriores, en la idea de poner en escena la propia representación mental y el discurrir del pensamiento. Solo así se entienden el juicio medieval que en el 1×03 representa la atribución de culpabilidad al otro, el juicio macartiano que tiene lugar en el capítulo 3×04 o la deducción sherlockiana que lleva a cabo Lucy (3×07) para tratar de entender los motivos por los que Josh aún no le ha pedido matrimonio. Quizás esa sea la mayor virtud de Man Seeking Woman: ofrecer líneas de continuidad sobre lo ya experimentado, pero sin dejar nunca de arrastrar nuevas formas, metáforas y riesgos hasta la pantalla. A día de hoy, por ejemplo, ninguna otra producción se atrevería a representar el salto generacional a través de un Dios decepcionado porque una boda no sea religiosa como las de antaño (3×10), ni a simbolizar una despedida de soltero como una cárcel de la que el novio no puede escapar (3×09). Tampoco nadie se atrevería a situar el sexo anal al nivel del matrimonio clásico o a definirlo, sin ningún pudor, como la máxima muestra de amor existente en la actualidad. Nadie salvo Man Seeking Woman. Tal vez porque sea consciente de que el tiempo del denominado amor romántico ya ha quedado atrás, como hace palpable el episodio de la proposición. El amor está en las acciones cotidianas, en lo que se comparte cada día. En el hogar, en las conversaciones, en los espacios compartidos.

Simon Rich juega, establece paralelismos con sus propias narraciones y moldea a sus personajes como un demiurgo cabrón, y delirante, que termina por semejarse a la propia vida. Y nos lo cuenta todo sin tapujos, con un gusto exquisito por las referencias (Dónde viven los monstruosEl sexto sentidoBreaking BadOcean’s ElevenIndiana Jones, etc.) y una inteligencia visual y narrativa arrolladora a la hora de introducir temáticas sociopolíticas actuales (los mineros chilenos, el conflicto de los refugiados, la irrupción de Donald Trump o los escándalos como WikiLeaks, entre otros). Se puede decir alto y rotundo: Man Seeking Woman es una de las obras que miran de forma más directa, frontal y generacional al mundo en el que vivimos.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.