‘Mindhunter’, viaje al fin de la noche

En una conversación de Mindhunter, la doctora Wendy Carr alude a las zonas grises como la clave para entender el trabajo que realiza su equipo. “¿El bien y el mal? ¿Cielo e infierno? ¿Son conceptos en los que usted cree? […] El pensamiento binario podría limitarlo en la valoración crítica de nuestros sujetos. Hay que entender las zonas grises”, declama la investigadora y psicóloga encarnada por Anna Torv. Bajo sus palabras resuena una explicación mucho mayor: la de la propia producción creada por Joe Penhall para Netflix.

Las zonas grises, en efecto, tienen un protagonismo absoluto en esta ficción. Desde el contenido hasta la forma, todo atraviesa esa sutil escala de grises que, lejos de aportar ambigüedad al mensaje, le confiere el terror de la normalidad. Mindhunter es un viaje al fin de la noche, a la profundidad insondable de la mente humana. Porque sí, efectivamente, los asesinos son humanos y como tal son tratados en esta obra, que reproduce el trabajo investigador que aportó al lenguaje criminológico el término serial killer y que quedó recogido en el manual Mindhunter: Inside the FBI’s Elite Serial Crime Unit (John E. Douglas y Mark Olshaker, 1995).

La investigación y el trabajo de campo del equipo centran la propuesta.

Mindhunter se construye como una mirada hacia la sociedad norteamericana a través de la evolución de su crimen. Así, las entrevistas entre los agentes Holden Ford y Bill Tench están encaminadas hacia comprender el porqué; la causalidad más que los métodos de los criminales. De ahí el terror de su naturalidad. Evidentemente, asusta que un asesino relate con todo lujo de detalles cómo cometió un asesinato en el seno de su familia (1×03) o como abusó y mató a un grupo de mujeres jóvenes (1×09).

Así, lejos de monstruos y villanos implacables, Mindhunter reposa sobre la tranquilidad de sus antagonistas y sobre la comprensión por parte de sus interlocutores. Porque para combatir algo, primero es necesario entenderlo. Puro sentido común. Y en ese elegante movimiento argumental y narrativo, la serie de Netflix se revela como una indagación mucho más profunda de lo que parece a priori en la sociedad estadounidense. Y no es muy halagüeño el resultado de esa contemplación. El discurso latente en la obra de Penhall no es otro que aquel que asegura que si el crimen evoluciona y se recrudece, también los mecanismos sociales lo han hecho.

La interpretación-mímesis de Cameron Britton como Ed Kemper es realmente escalofriante.

En esa profundidad de análisis radica el verdadero interés de esta teleficción. La puesta en escena de Mindhunter no deja de ofrecer detalles: un impresionante uso de la profundidad de campo, como elemento medidor de distancias nada tangenciales, o una fotografía tenue, con interiores plagados de claroscuros y exteriores grisáceos hasta la desaturación, como si quisiera advertir de forma subrepticia de esa crónica de la América recóndita que está llevando a cabo. Un texto que, bajo la capa superficial, brilla en sus asociaciones. Nada es lo que parece y todo lo es. En esa rotundidad de los diálogos –no solo hablados, pues las imágenes también conversan entre sí– se dibuja una sociedad compleja que replica los mecanismos y las estructuras de poder estudiadas por los investigadores. Observemos, si no, cómo la investigación acaba por filtrarse en los comportamientos de los dos policías masculinos (sobre todo en la relación que mantiene Holden con Debbie, paulatinamente deteriorada tanto por la progresiva mímesis del protagonista con su objeto de estudio como por el repiqueteo incómodo de las dinámicas de poder). Precisamente es ahí, en el análisis feminista, donde la serie reluce y refulge en la analogía y el estudio del mundo contemporáneo. También en el espacio en el que se permite la filtración de la esperanza. La sociedad posmoderna debería estar regida sí o sí por las mujeres, parece querernos decir Mindhunter. Ya hemos visto lo que ocurre cuando no lo es. Por eso, y por muchos motivos más, los personajes femeninos, Wendy Carr y Debbie Mitford, se sitúan siempre en un plano de inteligencia, tanto emocional como pragmática, muy superior a sus homólogos masculinos. La colocación de la cámara y la arquitectura de planos tienen mucho que decir a este respecto, para elogio y disfrute de los amantes del binomio forma-fondo. Así las cosas, las declamaciones y los actos de ellas (y por supuesto la manera de filmarlas del equipo de dirección) representan una necesidad de libertad y un elogio a su inteligencia y se contraponen a la brutalidad de los crímenes sexuales (abusos, violaciones, mutilación de órganos sexuales, etc.) y al control férreo ejercido por la figura masculina sobre la femenina (otra vez las estructuras de poder invisible: preguntas sobre la vida personal, paternalismo, etc.) para situarse como fuerza que contrarreste, o al menos lo procure, la fuerza de esa sociedad patriarcal adquirida. La devastadora rutina que deriva en esa normalidad que las asesina.

La arquitectura de planos y la colocación de la cámara son dos de las claves formales de la serie.

Por último, en otra orilla, Mindhunter se podría leer como una reflexión profunda y mordaz sobre el propio género al que se circunscribe. No en vano, David Fincher abre y cierra esta ficción televisiva (el genio de Denver dirige los dos primeros episodios y los dos últimos) para inocular su estilo y su mirada desde y hacia el thriller noir y sus implicaciones. Por lo tanto, ¿podemos definir el título de Netflix como un thriller policiaco? Sí. ¿Nos debemos quedar ahí? No, nunca. A poco que profundicemos, nos daremos cuenta del gran valor artístico-narrativo que se esconde tras la escala atonal de grises de la propuesta. Ni más ni menos que un tremendo y angustioso viaje al fin de la noche.

La relación de Debbie con Holden resulta un elemento primordial en el análisis de ‘Mindhunter’.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.