‘Mosaic’, el crimen deconstruido

Todo crimen tiene algo de deconstrucción. Se quiebra una vida, a una persona o varias. Se deconstruye el principio básico por el que nos regimos como sociedad. O una conjunción de ellos, incluso. Todo crimen tiene, por tanto, cierto carácter de mosaico, de puzzle a recomponer. Es algo que ha conseguido sintetizar bien el cine (y las series) cuando han otorgado el protagonismo a las investigaciones y a los investigadores, siempre ávidos de reconstruir ese todo quebrado. En Mosaic, Steven Soderbergh se aproxima a sus protagonistas desde esa idea de la multiplicidad de perspectivas y versiones, desde una combinación de caracteres y discursos que recomponen o tratan de redirigir la mirada del espectador hacia la trama central. Un intento de esclarecimiento.

El artífice de The Knick (Jack Amiel, Michael Begler y Steven Soderbergh, Cinemax, 2014-2015) traslada a la pantalla la app de idéntico nombre mediante la cual el público podía ir componiendo una novela y eligiendo su deriva a través de sus personajes. Soderbergh elimina al público como prescriptor, pero sigue ahondando en esa idea de cómo se compone y recompone una historia a través de los relatos. Del mosaico. El cineasta ofrece una particular mirada hacia la verdad y sus implicaciones, pero también desliza la idea de la memoria caprichosa. Una verdad construida sobre la fábula ficticia de los recuerdos.

La atmósfera de la obra, que cabalga entre el thriller, el noir y el humor, recuerda en determinados momentos a la mezcla genérica que elevó al primer Twin Peaks (David Lynch y Mark Frost, ABC, 1990-1991). No en vano, en Mosaic también se alude a una “habitación roja” que no parece estar ahí de forma casual. Sharon Stone carga el peso argumental sobre su personaje, la autora infantil Olivia Lake, desde la presencia y, sobre todo, desde la ausencia. La teleficción emitida por HBO acelera más cuando se activa el misterio del asesinato (la segunda mitad) y se centra en la investigación dirigida por Petra Neill (Jennifer Ferrin), hermana del asesino confeso, cuya condena y asunción del crimen parece estar repleta de cabos sueltos.

Garrett Hedlund y Jennifer Ferrin, en un fotograma de la miniserie.

La investigadora se sitúa como extensión del propio espectador, que asiste a sus pesquisas con el interés del que quiere conocer más. Así las cosas, Soderbergh establece un tratado silencioso sobre la dosificación de la información y se erige como un director que hace hablar a sus imágenes mediante la puesta en escena. Es así, con su lenguaje visual, como consigue aludir al discurso borroso de la memoria, a través del viñeteado pseudo-fantástico (con aire al cómic), la dualidad cromática y los flashbacks nada nítidos, o a la vocación investigativa que existe en toda composición de un relato (la multiplicidad de versiones y piezas que construyen la narración). Para ello, el creador de Mosaic se apoya en una cuidada planificación de la puesta en escena en la que su cámara siempre se sitúa por debajo de los cuerpos. Como una herramienta de búsqueda y nunca de aseveración, como una pala que desentierra poco a poco, que profundiza en la verdad desde los cimientos del relato, de pies a cabeza, y teniendo siempre presente que en su excavación encontrará bloques de piedra que dificulten el trabajo. El espectador será el que deba lidiar con ellos.

No obstante, en el trabajo de pulido de esos bloques de piedra se revela un autor. Un compositor de imágenes y relatos que se atreve a cincelar, de forma subrepticia, un discurso sobre los fangos de la corporación y la suciedad de sus dineros. Un narrador que se apoya en una estafa para ofrecer una de esas visiones certeras y con más preguntas que respuestas (el final, quizás, sea la más destacada) sobre la verdad. Ese constructo ficticio. Aquella historia deconstruida con carácter de composición coral en la que nadie posee la universalidad y todos creen ser dueños de ella.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.