‘Mr. Robot’: Nostalgia noventera, paranoia y redes sociales

Hubo una época a finales de los años 90 en la que el cine no nos trataba como idiotas. En la cartelera, junto a comedias románticas de Hugh Grant, podíamos encontrar historias alternativas, experimentales en lo formal y reivindicativas en el mensaje. Películas comerciales que trataban de canalizar los problemas y preocupaciones de una generación, en lugar de anestesiarles con entretenimiento vacío. Trainspotting, Requiem for a dream o Fight Club son algunos de los mejores exponentes de películas creadas por una generación de directores audaces que nos ofrecieron historias incómodas, reflexivas y necesarias, envueltas con una dirección vanguardista.

Decir que el cine hoy en día son solo remakes y superhéroes sería banalizar y simplificar mucho el estado del séptimo arte; siguen apareciendo obras magníficas de cuando en cuando, pero no cabe duda de que estamos lejos de tener un clima de experimentación y compromiso en la industria cinematográfica. Algo similar ocurre en la pequeña pantalla. Aunque muchos afirmen que estamos en una época dorada del medio, lo cierto es que tenemos una gran burbuja de series clónicas entre las que cada temporada se salvan un puñado de obras destacables, un pequeñísimo porcentaje en un yermo de tedio y mediocridad. Y lo peor es la falta de mensaje, estamos hablando de horas y horas de ficción inocua, o, en el mejor de los casos, con alguna leve metáfora sobre algún problema concreto de la sociedad actual que sólo pillara algún espectador espabilado. ¿Por qué no se hacen más películas de la corrupción en España? ¿Por qué no hay más series sobre la inmigración? ¿Cómo es posible que la película comercial más cercana al movimiento 15M, Occupy y a Anonymous siga siendo V for Vendetta, estrenada seis años antes?

De Mr. Robot nadie esperaba nada. Su creador, Sam Esmail, era prácticamente un desconocido hasta ese momento, y la cadena que la producía, USA Network, no tenía un historial de series destacable precisamente. Sin embargo sus trailers nos llamaron mucho la atención, nos dieron la pista de que estábamos ante algo distinto, ante algo provocativo y valiente. ¡Y vaya si lo ha sido!

Puede que sea debido a que Sam Esmail concibió en un principio Mr. Robot como una película, pero lo cierto es que no se parece a ningún otro producto televisivo actual. Su fotografía, dirección y concepto beben directamente del cine, principalmente del cine de los 90. La referencia de Fight Club es la más evidente, tan evidente que Esmail no sólo no la esconde, sino que la evidencia y le rinde tributo con aquel maravilloso Where is my mind de los Pixies que cerraba un episodio clave, como cerraba la película de David Fincher. El sustrato anarquista que baña Fight Club es también el leit motiv de Mr. Robot, aunque en esta ocasión no serán necesarias las bombas, sino que una simple conexión a Internet será suficiente para acabar con la esclavitud a la que nos somete la deuda financiera internacional. Entre 1999, año de estreno de la película (la novela es de 1996), y 2015 han pasado muchas cosas. Ha pasado la crisis financiera, ha pasado el 15M, ha pasado Wikileaks, ha pasado Anonymous, han pasado las redes sociales. Esmail expande la idea inicial del libro de Palahniuk y la película de Fincher y la introduce en el siglo XXI, cuando su vigencia es más destacable que nunca.

De Fight Club también se utiliza la paranoia disociativa del protagonista, Elliot. Al igual que el personaje de Edward Norton (cuyo nombre nunca se menciona en la película) crea en su cabeza a Tyler Durden, un alterego extrovertido que para él (y para nosotros) es un personaje independiente, Elliot crea a Mr.Robot. La relación era tan evidente que Esmail sabe de sobra que el espectador ya lo sospecharía desde el primer momento, por lo que se guarda unos cuantos giros más en la manga. De nuevo, la identidad múltiple de Elliot y su incapacidad para distinguir la realidad encaja como un guante en nuestra cultura contemporánea, ya que el guión hace un inteligente paralelismo entre ese juego de falsas realidades en el que vive el protagonista y nuestra realidad virtual de smartphones y comida transgénica.

¿Hay algo que sea real? Oye, mira esto. ¡Míralo! ¡Un mundo construido en la fantasía! Emociones sintéticas con forma de pastillas, guerra psicológica en forma de publicidad, químicos alucinógenos en forma de comida, congresos de lavado de cerebro en forma de medios de comunicación, burbujas aisladas controladas en forma de redes sociales. ¿Real? ¿Quieres hablar sobre la realidad? No hemos vivido en nada remotamente cercano a ella desde el cambio de siglo. La hemos apagado, quitado las baterías, comemos de una bolsa de transgénicos mientras tiramos los restos en el basurero en expansión de la condición humana. Vivimos en casas de marca registradas por corporaciones construidas con números bipolares que suben y bajan en pantallas digitales, hipnotizándonos en el sueño más profundo que el hombre haya visto.

Mr. Robot

El discurso podría haberlo dado tanto Tyler Durden como Morfeo en Matrix. Y es que en Mr. Robot hay mucho más que un Fight Club contemporáneo, así como en Elliot hay mucho más que el personaje de Edward Norton (¿por qué nadie nos dijo su nombre?). En Elliot también reconocemos a veces a Neo, en su descenso por la madriguera de conejo, y a veces al nihilista Mark Renton (Ewan McGregor), aquel joven drogadicto de Trainspotting que se evadía de una deprimente y conservadora sociedad británica de la época. En la adicción de Elliot por la morfina y su evasión del mundo real podemos ver además un paralelismo con la adicción de nuestra sociedad a las redes sociales, al igual que Aronofsky esbozaba un paralelismo entre la drogradicción de un hijo con la teleadicción de su madre en Requiem for a dream.

Mr. Robot es una compleja máquina de nostalgia noventera, como podemos observar con el propio logo de la serie, que tanto nos recuerda al mítico logo de Sega que sonaba cuando encendíamos una MegaDrive. Pero a pesar de heredar el estilo y el saber hacer de otra década, la serie nos interpela directamente a nosotros, los espectadores contemporáneos, como ninguna otra consigue, hablándonos casi en tiempo real de los grandes asuntos de nuestra realidad. Elliot nos interpela incluso literalmente, rompiendo la cuarta pared y hablando directamente con nosotros, a quien concibe como una más de sus alucinaciones. Pero lejos de ser un simple recurso estético para introducir un narrador, como hace Frank Underwood en House of Cards, aquí Elliot nos implica, como en la Funny Games de Haneke, nos culpa de nuestra impasividad, de ser simples espectadores pasivos que parecen disfrutar viéndole pasarlo mal.

Pareciera que a través de Elliot, el propio Sam Esmail se estuviera dirigiendo directamente a nosotros, preguntándonos cabreado por qué seguimos sentados viendo la tele en lugar de salir y empezar una maldita revolución.

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Jorge Dueñas Villamiel

Diseñador digital e historiador del arte. Pensando en imágenes desde 1984.