Nada supera a la primera vez

(Ya hablé de la primera temporada de Masters of sex, en esta ocasión toca revisar la segunda).

En el análisis del año pasado afirmaba que Masters of sex era una de las series revelación del 2013, pero ahora tengo que reconocer que en su segundo asalto no ha dado la talla. Quizás las expectativas estaban demasiado altas, quizás quisimos ver más de lo que esta serie podía darnos, o quizás nos agarramos a cualquier atisbo de calidad ante la desoladora temporada televisiva del año pasado.

No lo creo, sigo pensando que la primera temporada de la serie fue una de las novedades más frescas y cuidadas que pudimos ver entonces. No todo era perfecto por supuesto, todos los comienzos tienen sus problemas. David Trueba echaba en falta en una de sus críticas una mayor presencia de autoría en la serie, matiz con el que estoy muy de acuerdo, y todos esperábamos que el rumbo de la trama de esta segunda temporada estuviera mejor definido que en la primera.

Y esperando nos hemos quedado. La serie no sólo no ha corregido estos fallos sino que los ha incrementado exponencialmente. Nos encontramos ante una de las temporadas más erráticas y tediosas que recuerdo en los últimos años.

Esto no quiere decir que no hayamos visto detalles brillantes e incluso capítulos redondos, como el 2×03, «Fight», una obra maestra de guión en el que un combate de boxeo retransmitido por televisión sirve como reflejo del combate dialéctico que Bill y Virginia mantienen en la habitación de hotel en la que permanecen encerrados durante todo el episodio.

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Magnífico por experimental es el 2×07, «Asterion», capítulo en el que vemos tres años condensados en tan sólo sesenta minutos. Como capítulo individual es una joyita, pero como punto de inflexión a mitad de la segunda temporada, resulta un tanto desconcertante, una huída hacia delante poco disimulada.

Destacables también son las escenas de Virginia con Lilian. Aunque en realidad cualquier escena de Lizzy Caplan es reseñable, la actriz se come la pantalla y eclipsa al resto del reparto, sin duda ella es el pilar más importante y eficiente de Masters of sex.

Pero como decíamos, al margen de sus momentos de calidad, el conjunto de la temporada es un despropósito que deambula sin rumbo fijo. Los personajes vienen y van, las tramas se abren y se cierran abruptamente, de forma que a veces parece incluso improvisada. El peor de los ejemplos lo tenemos en la recta final, donde todo concluye gracias a la introducción (deus ex machina) de algunos personajes que ni siquiera habían aparecido en el resto de la temporada, incluyendo a los hijos de Virginia.

El principal problema es que Masters of sex no tiene claro lo que cuenta, en ocasiones parece un simple culebrón de infidelidades, pero en otras se vuelve excesivamente grandilocuente y pretende ser un espejo de todos los problemas de la época, desde las disfunciones sexuales hasta la segregación racial. Otras veces rellena parte del capítulo con subtramas que, aunque sean divertidas como la del doctor Austin Langham y su nueva jefa abusando sexualmente de él, son totalmente intrascendentes. Lo peor de todo es que cuando alguna de estas tramas descarrila el guión se vuelve autocomplaciente y tira de golpe de efecto o de lagrimilla fácil para tapar sus defectos.

Las series se consolidan en las segundas temporadas, ya que es donde se comienza a desarrollar el planteamiento presentado en la primera. La presión es mucha y las miradas prejuciosas, por eso no es de extrañar que sea el punto donde se hunden la mayoría. Masters no ha estado a la altura, el gatillazo en esta ocasión ha sido rotundo. Sólo nos queda esperar que el año que viene vuelva a levantar cabeza.

Jorge Dueñas Villamiel

Diseñador digital e historiador del arte. Pensando en imágenes desde 1984.