No hay grillos en ‘Wayward pines’

Analizamos el piloto de Wayward pines.

En OchoQuince no somos muy amigos de los juicios rápidos, tendemos a analizar temporadas completas o series concluidas para tener una visión más global, de conjunto. Tampoco nos gustan demasiado las críticas que se limitan a enumerar las influencias y referencias implícitas o explícitas de la serie en cuestión, pues aunque somos conscientes de que nada sale de la nada y todo producto cultural (como una serie) bebe de múltiples fuentes, también nos gusta pensar en una serie como una entidad propia, como una singularidad con forma única y discurso propio.

¿Por qué voy a hablar del piloto de Wayward Pines entonces? Quizás por decepción ante las múltiples expectativas que se venían forjando tras conocerse su reparto y la implicación de M. Night Shyamalan, expectativas que estoy convencido de que se vendrán abajo cuando la serie salga a la luz. También porque considero que, en parte, mis recelos con este piloto son extensibles a muchas otras series, a un modelo creciente de ficción televisiva en el que existe miedo a arriesgar, a experimentar, y en el que reina la copia, el discurso fácil y el vacío conceptual.

Dijo Lorne Lanning, célebre desarrollador de videojuegos, en una entrevista reciente que el capitalismo está asfixiando a los juegos y a la cultura contemporánea. Los mastodónticos consejos de administración que solo buscan productividad y beneficios están muy alejados de aquellos mecenas del pasado que financiaban a creadores culturales, no sólo como inversión, sino también porque creían en ellos, sabían que arriesgar e invertir en lo nuevo era una parte clave del proceso.

Ahora sólo hace falta encender la tele, la radio o una consola para darnos cuenta de que estamos muy lejos de aquel escenario. Toca rebuscar entre una constante avalancha de copias y productos de consumo rápido con nula profundidad para encontrar, muy de vez en cuando, algo que destaque por su originalidad, su calidad o su valor para exponer un debate distinto al establecido.

Resulta muy, muy difícil hablar de Wayward pines sin acudir a sus «influencias». Los que afirman que la serie se parece a Twin Peaks se quedan cortos, la serie es un intento de Twin Peaks + Lost + The Village tan descarado y mediocre que no hace sino que valoremos todavía más a esas tres grandes obras.

Resulta cuanto menos curioso que Lost fuera tan vapuleada tras su conclusión por parte de muchos espectadores y críticos como desesperadamente copiada por parte otros guionistas y cadenas, en un intento por sumarse al rebufo de su éxito. Son innumerables las nuevas series que durante 2010 y 2011 trataron de seguir el patrón de «argumento misterioso + personajes desubicados» que nos había enganchado a la isla durante seis intensas temporadas. Una de aquellas estrellas fugaces fue Persons Unknown, en la que varias personas despertaban de pronto en el hotel de un pueblo deshabitado, controlado por cámaras, del que no podían escapar. El experimento, que también recordaba muchísimo a la trilogía de Cube, no supo alargar el chicle más allá de una temporada, durante el verano de 2010, aprovechándose de la sequía que Lost nos acababa de dejar.

Algo remarcable tuvo que hacer la serie de Abrams y Lindelof para que tantos la hayan intentado imitar sin éxito, y para que incluso cinco años después siga viniendo a nuestra mente cuando vemos algo como Wayward Pines, sobre todo si el primer plano de la serie consiste en el ojo del protagonista abriéndose tras un misterioso accidente.

Wayward Pines es el enésimo caso de pueblo pequeño con grandes secretos. El problema es que, al menos en el piloto, no encuentra su propia voz, ni su diferenciación, al margen de una sobresaliente dirección y fotografía, eso sí. Los personajes son planos y las acciones y diálogos del protagonista rozan el absurdo en muchas ocasiones. Pero lo más decepcionante es que el guión avanza a trompicones y de forma acelerada, hasta el punto de darnos la impresión de que el episodio acaba en tres ocasiones. Como si el único objetivo fuera enseñar todas las cartas nada más empezar para intentar despertar un nada sorprendente giro en situaciones que veíamos venir a kilómetros, y supongo que con la intención final de enganchar al espectador, aunque me temo que el efecto conseguido es justo el contrario.

Es posible que me esté precipitando, y que con el tiempo descubramos que Wayward pines escondía realmente un as bajo la manga y acabe resultando interesante, pero nada invita a pensar en ello tras ver su piloto, un remix vacío y sin personalidad de otros productos televisivos que sÓlo nos deja en la boca una constante sensación de déjà vu.

El problema es mucho más complejo del que señalaba Lanning, va mucho más allá de que las grandes productoras vayan sobre seguro vendiéndonos clones que explotan nuestra nostalgia televisiva por otros productos de éxito del pasado. El problema final es que acabamos picando y consumiendo la comida basura que la enorme maquinaria de la industria cultural vomita cada año. Es el momento de ser más exigentes y críticos que nunca, de que dejen de vendernos gato por liebre, de dejar de apreciar un producto cultural por lo bonito de su envoltorio y exigir un mínimo de contenido. Deberíamos ser más conscientes de que aunque estemos perdiendo poder representativo real en las instituciones, tenemos un tremendo poder como consumidores y nuestros hábitos de consumo pueden hacer cambiar o consolidar ciertos paradigmas que parecen inevitables.

Jorge Dueñas Villamiel

Diseñador digital e historiador del arte. Pensando en imágenes desde 1984.