O matas o mueres… o mueres y matas

¡CUIDADO, SPOILERS!

Puede contener spoilers de la tercera temporada de ‘The Walking Dead’.

Odio reconocerlo, pero los productores de The Walking Dead han vuelto a hacerlo: la tercera temporada ha concluido con un capítulo final de calidad sobresaliente. Un producto cuidado y trabajado hasta el mínimo detalle que asegura la fidelidad de la audiencia para la próxima temporada. Y si odio reconocerlo es porque me molesta que este nivel de calidad no se mantenga uniformemente durante toda la serie. Al contrario, las tres temporadas han comenzado y terminado magistralmente, ¿y en medio? Paja, paja y paja… capítulos de relleno con poco presupuesto y nada que contar, producto de consumo envasado en esa compleja máquina de producción televisiva mainstream, listo para ser tragado sin masticar siquiera. Pero cuando quieren hacerlo bien, se lucen.

Tal es el caso de la finale de la tercera temporada, un capitulo bien escrito, mejor dirigido y como guinda final, con una banda sonora exquisita. Los lectores del comic, entre los que me incluyo, han visto como esta temporada la serie se ha independizado casi completamente de su origen, modificando sustancialmente las tramas. Esto molestará a muchos, seguro, yo en cambio lo celebro, porque todo se vuelve así mucho menos previsible. Algunos de los cambios son sin duda a peor, pero otros muchos son de agradecer, como el mayor peso que se le otorga a Carl, el hijo de Rick que se cria en esa sociedad desmoronada y que, como hemos podido ver en este capítulo, su evolución es inquietante y fascinante a partes iguales. Si bien no es el protagonista, Carl es sin duda alguna el personaje más interesante de la serie, aquel que plantea más interrogantes.

En este capítulo final también hemos podido comprobar algo que ya era evidente durante toda la temporada: los zombies han pasado a ser meros elementos decorativos, un telón de fondo… A pesar de que la serie lleve su nombre, estos lentos y putrefactos seres han sido relegados a un tercer plano bastante patético. Los personajes ya apenas les temen, simplemente les destrozan con tediosa rutina como si fueran cucarachas cuando se encuentran con uno de ellos. En este mundo post-apocalíptico el mal no son los muertos que vuelven de la tumba para devorarnos, sino que siguen siendo los vivos. El gobernador sin ir más lejos, personaje estrella de esta temporada y que ha hecho méritos para convertirse en uno de los malos hijos-de-puta más recordados de la historia de las series.

No es facil mantener el equilibrio que mantiene esta serie, a veces ofreciendo litros de sangre gratuita para satisfacer a un público mayoritario, y a veces centrándose en pequeños análisis de personajes o reflexiones sociológicas de un grupo de supervivientes que tratan de restablecer la normalidad en un mundo que se ha venido abajo. The Walking Dead es una serie de luces y sombras, una serie que quizás nunca pase al olimpo de las grandes series, pero de vez en cuando nos deleita (y esto hoy en día ya es mucho pedir) con 45 minutos de entretenimiento de mucha calidad, de esos que se te pasan volando y en los que no puedes despegar los ojos de la pantalla. La final de la tercera temporada es un buen ejemplo.

Este final supone (quizás) una puerta abierta a la esperanza, a una democracia recuperada, a un inicio de sociedad más estructurada, a la incorporación de nuevos personajes… En fin, tendremos que esperar para ver en como cuaja todo esto cuando comience la cuarta temporada. Y sí, hablo en primera persona del plural porque me temo que después de muchas semanas renegando, la calidad del capitulo final ha logrado engancharme para continuar viendo la serie… malditos, lo han vuelto a hacer.

Jorge Dueñas Villamiel

Diseñador digital e historiador del arte. Pensando en imágenes desde 1984.