‘Olive Kitteridge’, el invierno solitario

¡CUIDADO, SPOILERS!

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Un fundido a negro nos revela lo que parece que será el final de la miniserie y justo después tiene lugar la primera elipsis de tiempo, la única en forma de flashback de Olive Kitteridge. La ficción de HBO, que consta de cuatro episodios, nos traslada al pequeño pueblo de Maine en el que residen Olive junto a su marido Henry y su hijo Christopher. El retroceso de veinticinco años no será otra cosa que el principio de un viaje de introspección hacia los propios personajes.

Centrada en la contraposición de caracteres entre los dos protagonistas, el matrimonio Kitteridge (soberbias las interpretaciones de Frances McDormand y Richard Jenkins, por cierto), la ficción explora la mella que hace el tiempo en las personalidades, tanto de los protagonistas, como de los secundarios, como incluso –aunque pueda sonar difícil– del propio pueblo, que deja mostrar las cicatrices de la “edad” como si fuese una persona (el cierre de la farmacia del matrimonio como ejemplo más claro).

Olive es una maestra de carácter difícil. Una de esas profesoras a las que seguro que les asignarían el sobrenombre de Señorita Rottenmeier. No es precisamente lo que en inglés se denominaría una easy going person. Al contrario, es una mujer un tanto amargada, con un matrimonio que no la llena (tiene un amago de aventura con el personaje de Peter Mullan) y una deficiencia importante a la hora de tratar con el resto de personas en el día a día. Se puede hablar de una “arpía” que mira desde un púlpito a sus conciudadanos, sabiendo –o creyéndose– que es mucho más inteligente que los demás y que, como deja ver a su hijo, se confiesa casi adicta a la tristeza.

“Sí, lo estoy [deprimida]. Me alegro de estarlo. Es lo que tiene ser lista.”

Los Kitteridge, con Frances McDormand y Richard Jenkins como protagonistas.

Los Kitteridge, con Frances McDormand y Richard Jenkins como protagonistas.

En contraposición, su cónyuge Henry es un farmacéutico de trato fácil, que siente devoción por la vida y que no duda en ayudar a sus convecinos. Regenta la farmacia en el pueblo y sufre la mirada condescendiente e, incluso, experimenta el odio y el miedo que le transmiten los reproches de su mujer en cada uno de sus actos.

“¿Por qué no me dejas tener ni un acto de bondad sin hacerme sentir tonto?”

En esa dicotomía de caracteres se apoya la serie durante sus cuatro episodios para desarrollar la psicología de los personajes a lo largo de los veinticinco años en que transcurre. El guión de Olive Kitteridge propone la elipsis como mecánica de avance, aunque a su vez juega bastante con los recuerdos de los personajes (que suelen mostrarse al espectador a través de imágenes muy preciosistas: ralentíes, cámaras lentas, etc.) y con las miradas retrospectivas de los mismos.

Esas elipsis a través de las que se estructura y desarrolla la historia reflejan muy bien cómo la erosión del tiempo transforma a las personas. Ningún personaje es el mismo en el primer episodio que en el último. En algunos casos, como el del propio Henry, que pasa de una vitalidad enorme a estar enfermo y totalmente impedido hasta su fallecimiento, es evidente; en otros, como el de la propia Olive, el cambio es más sutil, pero se intuye una cierta evolución –quizás redención– en su personaje según se acerca al final del camino.

Olive Kitteridge es una serie introspectiva y de ritmo cadencioso, una ficción reflexiva que, por lo general, dice más cuando está en silencio que cuando los personajes hablan. La miniserie de HBO propone una introversión hacia el alma de los personajes. No es casualidad que, en uno de los momentos clave de la serie, el personaje interpretado por Bill Murray explique que su mal no es propio del cuerpo, sino del alma.

“Es sólo el alma, el cuerpo sigue en marcha.”

Frances McDormand y Bill Murray, en una escena de la serie.

Frances McDormand y Bill Murray, en una escena de la serie.

En este punto de la existencia se sitúa cada vértice de la historia que narra la serie. En el momento en el que la mente llega incluso a pensar que todo el cometido para el que uno ha venido al mundo ya está concreto. Que ya no tiene sentido seguir ahí más tiempo. “Sólo estoy esperando que se muera el perro para poder pegarme un tiro”, dice –se puede interpretar que como una de esas bromas que esconden una certera realidad– Olive en una conversación con el personaje de Murray, que muestra su reverso más dramático en esta producción.

Olive Kitteridge reflexiona sobre la problemática de la vejez, expresada a través del matrimonio, la fidelidad (o no), los recuerdos, el paso del tiempo, el final… y todos esos conflictos propios de ese tiempo en el que se acerca el final. Esos años en los que el amor se convierte en un simple pretexto para no morir solo. La miniserie de HBO propone un paseo por el invierno solitario, por esa devastadora soledad de quien reconoce al final de camino que ya no tiene a nadie, que su carácter y sus decisiones en el pasado han deteriorado su vida de tal manera que se encuentra absolutamente sola. Esa es Olive. Una mujer que decide descerrajarse un tiro en un bosque escondido, a la que sólo consigue salvar –en una metáfora preciosa de lo que es la vida– la intromisión, en el momento clave, de unos niños que juegan. Una señora que, pese a todo, a punto de exhalar su último y voluntario estertor, decide que es preferible morir mirando al mar, con alguien al lado, que no lamentándose al cielo y en soledad.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.