‘Peaky Blinders’, segunda temporada: de Jack White a Alex Turner

(No hay spoilers, sólo consideraciones generales de la segunda temporada, pero sin revelar tramas concretas).

Tenía tantas ganas de que se estrenara la segunda temporada de Peaky Blinders que sin darme cuenta ya se ha terminado.

Si el año pasado la serie era un producto minoritario, desconocido por el gran público, esta temporada venía precedida de muchas expectativas, generadas por aquellos enfermizos fans que recomendamos incansablemente la serie a todo el que quiso hacernos caso y se haya subido al carro a tiempo, y por la sorprendente incorporación del genial Tom Hardy, precidida por el éxito de Locke. Y bien, ¿cuál ha sido el resultado? Pues diría que agridulce.

No me entiendan mal, he vuelto a disfrutar como un enano de su magnífica atmósfera, su violencia explícita, su chulería y su excepcional banda sonora. Pero en el fondo me ha parecido un poco más de lo mismo. El efecto de sorpresa ya no lo tenemos, y esta temporada tenía la misión de consolidar el argumento, demostrar que Peaky Blinders es más que fuegos artificiales, y en mi opinión no lo ha conseguido.

El resultado es mucho menos explosivo y menos experimental que la primera temporada, y el argumento es menos interesante. Se han querido tocar varias tramas paralelas, que carecen de la intensidad que tenía la trama que desarrollaba Grace en la primera temporada. Se pierde la fuerza inicial de aquellos perdedores que buscan llegar arriba, ya que ahora su único cometido es mantenerse y expandirse, evitando no morir en el intento. Además se han introducido muchos, y magníficos, personajes secundarios a los que no se les ha dado suficiente brillo, como el estupendo personaje del propio Tom Hardy, mucho menos explotado de lo que habríamos querido.

El apartado musical vuelve a ser uno de los puntos fuertes de la serie, aunque a veces cometen el error de otorgarle demasiado protagonismo hasta el punto de que algunas escenas parecen un videoclip. En esta segunda temporada la serie gira ligeramente de la radicalidad experimental de los White Stripes y la oscuridad de Nick Cave o Tom Waits a la efectividad de los británicos Arctic Monkeys, cuyo último disco se repasa en cada episodio. Me parece un cambio relevante, ya que el rock de la banda de Alex Turner (y que conste que me encantan) es más correcto, más domesticado que el del iconoclasta Jack White, aunque también es más elegante y terriblemente embaucador.

Un giro similar ha tomado el tono de la serie, de la brutalidad a la elegancia, aunque en el camino se han vuelto un poco más aburridos y, lamentablemente, repetitivos. Sin embargo sigo teniendo mucha fe en la original propuesta de la BBC, me sigue enamorando su puesta en escena y su dirección de arte. Tengo muchas ganas de ver con qué nos sorprende en su confirmada tercera temporada, aunque por desgracia aún queda mucho para descubrirlo.

Jorge Dueñas Villamiel

Diseñador digital e historiador del arte. Pensando en imágenes desde 1984.