‘P’tit Quinquin’, el corazón del mal

Una vaca aparece muerta en un búnker de un pequeño pueblo de la costa francesa de Boulonnais. Dentro, el cadáver descuartizado de una mujer de 45 años, vecina del pueblo, a la que le han sesgado la cabeza. Ese podría ser el resumen, en dos líneas de P’tit Quinquin, la miniserie del cineasta Bruno Dumont que Cahiers du Cinema ha elegido como la mejor producción audiovisual del año, por encima de obras cinematográficas de la talla de Adiós al lenguaje (Jean-Luc Godard), Nymphomaniac (Lars von Trier) o Under the skin (Jonathan Glazer), entre otras.

El director y guionista de la serie sitúa su cámara en el epicentro de un terremoto silencioso: una serie de asesinatos que se suceden en el pueblo, que muestra a través de los ojos de Petit Quinquin, un niño gamberro que sólo muestra su mejor cara cuando está a solas con Eve, la niña de la que está enamorado. El nombre de la producción, además de por ser el del pequeño protagonista, responde a una canción popular de la región que podemos escuchar en los títulos de crédito (al final de este artículo) y que se considera un himno en la zona.

“Estamos en el corazón del mal. Nunca había visto algo así”.

Con esta frase, el peculiar investigador que protagoniza la serie (magnético Bernard Pruvost –jardinero de profesión– que da vida a un policía lleno de tics) define el espíritu de la teleficción de Arte France. La influencia del crimen en una comunidad rural y hermética, que se convierte, como dice el policía en ese corazón del mal. Así, la serie se estructura en dos líneas argumentales. La primera se reduce a la propia investigación llevada a cabo por el comandante Van der Weyden (el citado Pruvost) y un alocado conductor de la policía, que tan pronto derrapa como conduce sobre dos ruedas a lo largo del pueblo. La segunda línea tiene que ver con el descubrimiento del mal y del amor del otro protagonista, el joven Quinquin, que se alterna con la historia policiaca y aporta un punto de realismo poético a la serie.

Van der Weyden y su compañero Carpentier, los policías de la serie.

Van der Weyden y su compañero Carpentier, los policías de la serie.

Poco a poco, y sin alardes, los crímenes se suceden en este pequeño pueblo de la región norteña de los “ch’tis”, que recuerda al de la película Bienvenidos al Norte por el carácter cerrado de sus habitantes, su acento y el surrealismo absurdo que desprenden sus acciones (como una peculiar forma de poner la mesa o la escena del entierro de uno de los fallecidos). Porque si algo consigue Bruno Dumont en P’tit Quinquin es una medida interacción de géneros. La serie pasa con asombrosa facilidad de la comedia del absurdo y el surrealismo propio de sus situaciones al thriller dramático rural y macabro que rememora en ciertos momentos al Twin Peaks de David Lynch.

Uno de los sellos propios del cineasta, el silencio (viendo Camille Claudel 1915, su última película, se puede comprobar), adquiere en la miniserie un papel primordial, dejando que sean los sonidos propios del mar, las voces de los vecinos o las interjecciones del investigador las que llenen su espacio vacío. Poco a poco esos silencios se cargan de significantes gracias al trabajo narrativo de Dumont, que consigue dar entidad a cada confesión de los lugareños hasta llegar al final (menos climático de lo que pudiese haber sido).

P’tit Quinquin es una serie diferente. Ya lo avalaba su exhibición a lo largo de festivales cinematográficos como el de Cannes o el de San Sebastián, que la han ayudado a alzar la voz y ser una de las producciones europeas con más impacto de los últimos tiempos. Eso sí, la peculiaridad de la propuesta la hace ininteligible para un público acostumbrado a lo convencional, que no quiere salirse de la norma. En cambio, si consigues entrar en ese universo rural que propone la producción tendrás asegurados tanto el misterio como la carcajada.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.