‘Refugiados’ y el fracaso de las expectativas

Al principio la atmósfera lo valía todo. La atmósfera y Natalia Tena. Sobre todo Natalia Tena. Refugiados llegaba con la vitola de convertirse en la ficción revelación de la temporada seriéfila en nuestras pantallas. La tarea se antojaba complicada, sobre todo después de la irrupción de El ministerio del tiempo (TVE, 2015-?) y de Vis a Vis (Antena 3, 2015-?), pero los datos previos que se conocían sobre la ficción británico-española invitaban al optimismo.

Y en los primeros episodios, lo cierto es que esa atmósfera y el planteamiento inicial parecía que pudiesen confirmar todo lo que se había hablado de ella en los circuitos críticos previos a su estreno. La llegada a la tierra de unos seres humanos, aparentemente desde el futuro, proporcionaba la casilla de salida perfecta para el desarrollo de temas más trascendentales y para una profundización en la idiosincrasia del ser humano como raza. El extraño resultado de la mezcla de elementos británicos y españoles contribuía a generar cierta sensación de extrañeza, pero se podía sobrellevar y comprender gracias a la propia cadencia de la serie, aderezada con evidentes toques de rareza premeditada.

David Leon interpreta a un refugiado que llega a la casa de la familia protagonista.

David Leon interpreta a un refugiado que llega a la casa de la familia protagonista.

La ficción, producida por Atresmedia y BBC Worldwide (ojo, no confundir con la cadena BBC; nada o poco tienen que ver), mostraba un caldo de cultivo ideal para una metáfora sobre temáticas controvertidas como la inmigración y su rechazo, llegando incluso a equiparar la comunidad de la ficción con un micronazismo en el que las delaciones, los campos de concentración o el éxodo estuviesen a la orden del día. No menos visceral se podía intuir la representación y posterior confrontación de unos valores profundamente religiosos, encarnados en la familia protagonista (constantes crucifijos, rezos, bendiciones, etc.), con una sociedad y un entorno cada vez más violento y canibalizado. Buena parte de la escritura de Refugiados parece destinada, a posteriori, a indagar esa dicotomía entre los valores religiosos y el todo vale por la supervivencia, caracterizado sobre todo en el personaje de la madre, Emma, y su arco dramático.

Sin embargo, Refugiados comenzó a mostrar demasiado pronto sus costuras. Sobre todo si nos centramos en un guión demasiado inconsistente, que constantemente se articula entre la necesidad de explicar el porqué de la llegada de los “refugiados” y la resolución del drama meramente familiar de los protagonistas, con constantes alusiones y requiebros hacia un pasado turbio y desconocido que tampoco logra aportar la tensión necesaria al desarrollo de la trama. Por otra parte, los viajes en el tiempo y sus paradojas. Es evidente la dificultad de cuadrar perfectamente una escritura que deambula entre pasados, presentes y futuros. La teoría del efecto mariposa se convierte en una sombra pretérita demasiado alargada. Tampoco es menos cierto que el hecho de inscribirse en el género de la ciencia ficción no ofrece carta blanca a los guionistas, directores y creadores para todo tipo de giros y cambios de sentido. Y finalmente esa indefinición ha sido la mayor carga negativa para la obra emitida por La Sexta. De esta forma, en mitad de esa vorágine de violencia en el núcleo familiar, de conflicto social y de cuestionamiento moral de las convicciones ha naufragado una propuesta que apuntaba un mejor destino. La sucesión de idas y venidas a lo largo del guión han conducido la trama hacia un final errático, algo inconcluso, al que le cuesta incluso soportar la lógica del cliffhanger.

El creciente drama familiar se convierte en uno de los arcos narrativos más importantes.

El creciente drama familiar se convierte en uno de los arcos narrativos más importantes.

Con lástima y decepción –teníamos bastantes esperanzas puestas en ella– comprobamos que ningún pilar termina por sostener los cimientos de la serie. Ni siquiera el oasis de Natalia Tena -¡qué magnífica actriz!-, poco apoyada por el resto del elenco, alcanza para mantener en alto la propuesta; o excesivamente comedido o demasiado exacerbado y sobreactuado, el reparto no ha contribuido a materializar el éxito que se podría deducir de la interesante idea inicial. Así, la intérprete londinense de origen español se ha convertido en una isla. Una isla demasiado brillante, a la que podríamos no dejar de mirar nunca en sus interpretaciones, aunque a la vez muy inaccesible para el resto del elenco, demasiado grande para Refugiados. Pero, al final, una isla que nos recuerda el fracaso de nuestras expectativas. Es posible que haya sido ese el problema: las expectativas previas.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.