‘Room 104’, lo que dejamos ver tras las cortinas

Tal vez no exista un baúl más grande de historias que el pasillo de un hotel. Cápsulas de soledad en mitad de la colmena. Ventanas a la intimidad desde el lugar menos íntimo. Conscientes de ello, quizás, los hermanos Duplass se basaron en la habitación 104 de un humilde hotel para trasladar a la pantalla una amalgama de historias y situaciones que han abierto la posibilidad de experimentar con un amplio catálogo de formas, estilos y maneras de entender la puesta en escena.

Todo transcurre en el mismo espacio en Room 104. Dos camas, un espejo, la puerta de un cuarto de baño, una ventana y una mesilla. Y en cambio, entre esas cuatro paredes residen multitud de contextos que no hacen sino aludir a todos los que quedan fuera de campo. De manera inevitable, la ficción creada por Jay y Mark Duplass adolece de la irregularidad que suele acompañar a las obras episódicas. Es lógico: cuando no hay una línea argumental que vertebre toda la producción, el resultado suele ofrecer picos y caídas. Sin embargo, sí hay algo común a todos los episodios de la serie: el mecanismo narrativo.

Un fotograma del bellísimo 1×06.

Room 104 se apoya constantemente en el giro imprevisible de guion. De la misma forma que lo hace Black Mirror en algunos de sus capítulos, la obra emitida por HBO se sirve del golpe imprevisible para provocar la reacción final del espectador. Y eso, claro, funciona algunas veces, pero resulta forzado en exceso en las demás. Dicho artificio narrativo alcanza su máxima expresión en el final del 1×05, cuando el golpe de dirección es más evidente por innecesario. Como una suerte de deux ex machinaque sirviese para concluir el episodio de forma abrupta.

Más allá de esta circunstancia, la teleficción de los Duplass ha viajado de lo intimista (algo lógico teniendo en cuenta el espacio único en el que se desarrollan sus tramas) a lo grandilocuente y lo pomposo (sobre todo en determinados diálogos, demasiado forzados y acuñados en la totalidad del conjunto). Por otra parte, Room 104 se ha servido de la música y la dosificación de información para generar la tensión necesaria en el observador. A veces también en demasía.

Así las cosas, la culpabilidad, la sexualidad, el rencor, el amor prohibido o el paso del tiempo han sido algunos de los temas que han vertebrado esta mirada nostálgica hacia la habitación oscura que supone nuestro yo interior. La puesta en escena ha dejado detalles de relevancia, como la metáfora de un sistema que obliga a luchar a las mujeres entre sí (1×09), o la forma en que se disponen sobre la pantalla la imaginación de un escritor (la pared como folio en blanco, 1×05) o el sentimiento de culpa. Pero, sin duda, el mayor éxito de Room 104 es el onírico 1×06. El fragmento por el que seguramente recordaremos este título. Una pieza íntegramente bailada, con escasas dos frases de diálogo y mediante la que el espectador podrá trazar todo un relato entre dos personajes. En esa experimentación con el lenguaje del videoclip, la fotografía, las luces y la música radica el mayor logro de una ficción irregular, con encanto, pero tal vez demasiado autoconsciente. Luces y sombras. El Sol y la oscuridad de la noche. La propia vida, en definitiva. Aquello que dejamos ver tras las cortinas.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.