‘The Affair’, culpables y responsables

¡CUIDADO, SPOILERS!

Esta pieza analiza la tercera temporada de la obra.

La responsabilidad y la culpabilidad han vuelto a erigirse en temática recurrente en la tercera temporada de The Affair. Alejada por completo (o casi) de aquello que nos mostró en sus inicios, la serie creada por Hagai Levi y Sarah Treem ha tratado de indagar en las nuevas vías que ha ido abriendo su desarrollo. Tras los acontecimientos que tuvieron el foco el año pasado, el juicio y la consolidación de la pareja central, la tercera tanda de episodios comenzó con una elipsis. Una huida hacia adelante.

Como siempre, va en su esencia, la ficción ha seguido supeditada a las versiones de cada uno de sus contendientes. Sigue sin existir una verdad absoluta, sino que es el espectador el que tiene que volver a dar su toque y otorgar mayor o menor peso a la versión que considere que se ajusta más a sus estándares. Y en efecto, el principal aliciente de la producción emitida por Showtime sigue radicando en ese papel de relevancia del que observa, que se sitúa casi al mismo nivel que los protagonistas. Unos cuentan, otros se posicionan y otorgan o no credibilidad.

La tercera temporada se ha vertebrado, nuevamente, en torno al pasado. Pero el presente quizás haya alcanzado la mayor cota de incidencia en la trama de los treinta y dos capítulos. La elipsis inicial de tres años ha permitido a los creadores maniobrar, desde el tiempo presente, en torno a un vacío transcurrido en el pasado. Un periodo de tiempo que ha permanecido en fuera de campo y que el espectador ha tenido que rellenar con el apoyo de las declaraciones, conversaciones y recuerdos de uno y otro.

La elipsis inicial hace entrar en juego un nuevo personaje: la profesora francesa Juliette.

No obstante, pese a la irrupción de nuevas perspectivas, se podría hablar de la tercera entrega de The Affair como un acercamiento bífido que ha tenido como centro gravitacional a Noah. Tras el vaivén de caracteres característico, la tercera ha sido la confirmación de que la obra de Levi y Treem tiene un único protagonista. O al menos, que todo gira más en torno a su figura que a la de ningún otro. De esta forma, en este decálogo, la dirección de la serie ha ofrecido una mirada hacia el periodo del novelista en la cárcel y su cuadro psicótico posterior (magnífico episodio 3×09), así como también ha permitido al escritor ofrecer su cara más oculta en el pasado y expurgar sus remordimientos.

Ya se anunciaba al principio, con la muerte de su padre, que los nuevos arcos iban a tener su núcleo en la nueva realidad de Noah y su adaptación. Con un nuevo trabajo, pero absorbido por su pasado en prisión (quizás la trama de Brendan Frasier haya sido la más plomiza), Solloway ha tratado de recuperar su relación con un mundo que, a través de sus hijos, le ha negado la posibilidad sistemáticamente. Entretanto, él se ha mostrado más vulnerable que nunca tras su apuñalamiento (con sorpresa de desarrollo errático en el tramo final). Los diez episodios que han compuesto la tercera temporada han mostrado a un hombre roto por dentro; una persona a la que todavía le duele la culpa por haber ayudado a morir a su madre cuando ya estaba muy enferma.

Brendan Frasier, en los recuerdos de prisión de Noah.

La culpabilidad, decíamos, se ha convertido en un eje temático demasiado potente. Esa mirada hacia el pasado juvenil de Noah, marcado por la muerte y la culpa, ha cristalizado en la desnudez emocional absoluta del protagonista. Quizás esa secuencia en la que se persigue a sí mismo hasta introducirse en el lago sea el mejor, y más poético, ejemplo de la situación que atraviesa el novelista. Por su parte, el resto de personajes no han dejado de abrazar, cada uno a su manera, el cargo de culpa. Tanto Helen como Alison, con menor protagonismo ya, han sufrido el mismo mal que su ex marido. Como síntesis, la conversación que comparten en la barra del bar. La primera, con la mochila de lo acontecido en Montauk a la espalda, y dinamitando poco a poco su relación con Vikram y su familia. La segunda, luchando por recuperar la custodia compartida de su hija tras huir despavorida e internarse en un centro psiquiátrico para tratar con la pérdida de Gabriel. Incluso Juliette, el nuevo personaje (y nuevo affaire de su protagonista, claro), ha experimentado, de principio a fin, esa sensación de estar haciendo algo mal. La inclusión de su punto de vista, en dos capítulos, ha servido a los creadores para aportar una nueva mirada hacia el antihéroe. (Ya sabemos, todo orbita en un sistema noahcentrista). Pero también ha ofrecido una subtrama muy interesante sobre las consecuencias del Alzheimer (concluida en el 3×10 de forma elegante, aunque incoherente con el peso otorgado en la resolución), una línea argumental con cierto empaque teniendo en cuenta que toda la arquitectura de The Affair se estructura en torno a la memoria.

La conversación entre Helen y Alison, las dos ex del escritor.

Sin embargo, poco a poco, y pese a su reducción de peso, los secundarios han servido para que la verdad sobre el pasado salga a la luz. Las conversaciones del ex convicto con Alison en la cabaña, cuando confiesa haber contribuido a que su madre falleciese, o la de Helen con su insoportable familia (el cargante encanto de la burguesía), cuando exculpa por fin a Noah y reconoce su responsabilidad en el homicidio de Scott, han allanado el camino para la redención del escritor. Una redención que también ha envuelto a Whitney, otro secundario que se ha ido diluyendo con el paso de las temporadas, en una resolución supeditada a la trama de su relación con el artista cuarentón y machista Furkat. Aunque cabe destacar que la redención ha llegado a la manera tradicional de princesas y príncipes, con Noah rescatando a su hija de las garras del monstruo (!?). Quizás el gran problema de la ficción de Showtime sea que todos sus personajes tienen conflictos protagónicos, pero solo uno adquiere ese rol en la ficción. Esto obliga a los secundarios a reducir su espacio de desarrollo y acción.

La tercera entrega ha servido como muestra de que, pese a sus muchos momentos de lucidez, la serie comienza a mostrar evidentes signos de fatiga. No en vano, en los famosos arcos de valoración de la aplicación TVShow Time, la línea que marca la tanda de episodios es, por primera vez, descendente. Y la season finale cosecha su peor valoración (3,3/10). Una confirmación de que la creación de Hagai Levi y Sarah Treem se liquida en su propia fórmula y necesita aplicar uno de esos leitmotiv que no por mucho repetirlos pierden vigencia. Renovarse o morir.

Alison, en uno de los ratos en los que puede «tener» a su hija en casa.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.