‘The Jinx’, el molde y la realidad reconstruida

Con The Jinx: The Life and Deaths of Robert Durst estamos ante la pregunta que envuelve al género documental en los últimos años en el cine. ¿Muestra la serie la realidad? Sí, pero a la vez no. ¿Es, por tanto, una ficción? No, pero a la vez sí. Sería difícil de catalogar; de hecho aún no se ha dado con un término que ponga a todos de acuerdo para definir este tipo de películas con base en la realidad, pero que la moldean y la pervierten para ofrecer una visión de ella articulada al gusto del que la firma. Podrían denominarse “docudrama” o “realficción”, pero todavía hay un vacío conceptual en torno a esta mutación genérica.

Durante sus seis episodios, The Jinx bordea y traspasa constantemente las fronteras genéricas. Los límites son difuminados por completo. La serie de HBO sería el equivalente televisivo de algunos títulos cinematográficos de los últimos años: Red Army (Gabe Polsky, Rusia, 2014), Vidros partidos (Víctor Erice, Portugal, 2012), Searching for Sugar Man (Malik Bendjelloul, Suecia, 2012) o 20000 días en la tierra (Iain Forsyth y Jane Pollard, Reino Unido, 2014). En todas ellas hay un sutil juego entre la realidad y la construcción ficcional de la misma, que viene dado por el uso de elementos propios de la ficción en la realización del documental (dosificación informativa, giros argumentales, la dramaturgia propia de la narrativa, el uso de la música, etc.). The Jinx supone la traslación de todo ese dispositivo a la televisión. La producción utiliza todos esos elementos para edificar su historia central, además de las recreaciones poéticas y una fotografía muy estudiada, y aporta a esta especie de perversión genérica un nuevo elemento, muy propio del lenguaje televisivo: el cliffhanger final de cada episodio.

La conversación entre Robert Durst y Andrew Jarecki.

La conversación entre Robert Durst y Andrew Jarecki.

Por todo esto se puede hablar de que la miniserie se adscribe a la realidad, pero a la vez se distancia de ella para ofrecerla desde un claro punto de vista: el de Andrew Jarecki. El director se pone el traje de investigador periodístico y decide ofrecer varios puntos de vista, en un ejercicio que se podría considerar de ética tanto periodística como moral (aunque luego existan otros que no). De esta forma aparecen los testimonios de los policías que investigaron los asesinatos cuyo presunto culpable fue el protagonista de The Jinx, Robert Durst, y los entremezcla con declaraciones de amigos y familiares de las víctimas, de los jurados populares que juzgaron al tipo y del propio sospechoso, ex convicto, que narra su versión de los hechos frente a la cámara con una frialdad que aterroriza. Más allá de algunas decisiones de puesta en escena de Jarecki, que sí pueden ser cuestionables, el trabajo informativo y documental es innegable y muy valioso. Por si fuera poco, la sola mirada a cámara de Robert Durst, multimillonario y muy inteligente, provoca el escalofrío instantáneo por la sencillez con la que plantea y detalla cómo se engranan las piezas del horror.

Jarecki se adentra poco a poco en la mente del supuesto asesino a través de sus entrevistas (si quieren saber cómo terminó la historia antes de terminar la serie no tienen nada más que acudir a internet, pero no lo recomiendo). Por si fuera poco, Jarecki llega incluso a establecer un cierto vínculo emocional con él, como reconoce algo asustado en una conversación con un ayudante mientras preparan la entrevista final. La historia da miedo por sí sola, la mirada del protagonista es tan fría que congela el odio que se pueda sentir hacia él; la realidad es más que suficiente en este caso de asesinato y descuartizamiento que conduce a otros dos casos de muertes a manos del millonario Bob Durst. No le hacen falta aderezos para impresionar. Sin embargo, Andrew Jarecki decide aportar su firma al resultado final y a través del montaje y la postproducción aumenta el efecto que esta desprende con unas recreaciones pulidísimas hasta el extremo, un uso de la música muy estudiado, con una clara vocación de afectar, y una estructuración de la historia que fragmenta y dosifica la información según cánones más propios de la ficción que del género documental. La realidad supera a la ficción, también en The Jinx, donde llega a escalofriar, pero en este caso la última libra una batalla invisible y concienzuda por establecerse, al menos, al mismo nivel que la primera. Y lo cierto es que, pese a todo, no le va nada mal.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.