‘The Leftovers’, la gestión del dolor fantasma

¡CUIDADO, SPOILERS!

Contiene datos importantes de la primera temporada de la serie.

“¿Conocéis el dolor fantasma? ¿El fenómeno de la amputación? ¿Sentir el dolor en el lugar donde había estado tu brazo o tu pierna? Así es [la pérdida (n.d.a.)], como el dolor de un miembro fantasma, un dolor insufrible en un espacio vacío.”

John Verdon, en Deja en paz al diablo.

Si Lev Tolstoi escribía en Anna Karenina que “cada familia infeliz lo es a su manera”, The Leftovers parece parafrasear al escritor ruso y aplicar su sentencia a los duelos. “Cada persona convive con el duelo a su manera”, de la forma en la que más fácil le resulta, del modo en el que le es posible salir adelante. O al menos intentarlo.

Bajo la excusa de la desaparición repentina de un 2% de la población mundial, The Leftovers ha situado su premisa principal no en el origen ni motivos de esa “ascensión”, sino en las consecuencias, sobre todo personales. La gestión de la pérdida ha recibido el foco central de la producción, situándose como pilar narrativo consistente desde los primeros episodios (en este sentido, se puede venir a la memoria la fantástica Southcliffe, que dejaba a un lado las pesquisas de un crimen brutal para centrarse sólo en las consecuencias y la gestión del dolor por parte de la comunidad).

De hecho, la única posibilidad de explicación, o punto de conexión entre los desaparecidos, no llega hasta el capítulo 1×09 y lo hace de una forma muy superficial, como si el guión tan sólo buscase deslizar la posibilidad de una explicación para aquellos que no pueden vivir sin ella. Tras la mirada atrás que supone el capítulo, el final nos devuelve al día de las desapariciones y nos proporciona el único atisbo de “teoría”: aquellos que se han ido son personas que alguien deseaba que desapareciesen en ese instante (la familia de Nora, que acababa de estropearle un posible trabajo; la mujer con la que Garvey está siendo infiel a su esposa; el bebé no deseado del que ella está embarazada o aquel que llora en el coche ante la desesperación de su madre cuando se cruza con Laurie).

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Por su parte, con la “ascensión” no alcanzamos otra cosa que la parábola de la muerte, quizás el suceso más inexplicable para el ser humano. ¿Hay algo más absurdo e inexplicable en términos de dolor que la muerte? Con la desaparición repentina, nos enfrentamos ante lo irracional de la pérdida y, sobre todo, ante la desolación del que se queda (el leftover). Vuelven a servir en este aspecto las palabras, otra vez de John Verdon, que incluso parecen pensadas para el caso de Nora:

“No es la víctima la que se despierta en una cama medio vacía, en una casa medio vacía. […] Ella no sigue viendo la silla vacía junto a la mesa, ni continúa oyendo sonidos que suenan como su voz. No sigue viendo el armario con su ropa… No siente el sufrimiento, el sufrimiento de que te hayan arrancado el corazón.”

La gestión del dolor –ese dolor fantasma del que habla el autor en la cita que abre el texto– y la convivencia con la ausencia y los recuerdos en ese espacio vacío, son la hoja de ruta de la serie, que desarrolla sus tramas a un paso lento y seguro (lo que le ha servido para llevarse no pocas críticas y deserciones). El ritmo narrativo pausado ayuda a comprender mejor los modos de sobreponerse a la desgracia. Como escribía en el principio de este análisis, cada persona convive con su duelo de la forma en que le resulta más habitable. Y eso lo sabe reflejar muy bien The Leftovers. Desde los cultos creados tras el día de las ascensiones, los seguidores de Wayne y, sobre todo, los llamativos Culpables Remanentes –interesantísimo culto, cuya única propuesta es no dejar olvidar a los desaparecidos–, hasta las personas que se sobreponen con total entereza a la pérdida de sus seres queridos. En este caso destaca el personaje de Nora, que tras sobrellevar el dolor durante toda la temporada, al final se derrumba de una forma desoladora con esa escena escalofriante del 1×10 y la carta en la que muestra su devastación antes de un inesperado giro final para ella.

Llamativo es, a este respecto, el caso del protagonista, el sheriff Garvey. Como él mismo reconoce en el capítulo final, en una emotiva conversación con el padre Matt (un Christopher Ecclestone soberbio durante los diez episodios), pese a no perder a nadie, el día 14 empezó a perderlo todo. Tanto a su mujer Laurie, que se involucró con los Culpables Remanentes; como a su hija Jill, a la que la “pérdida” le ocasiona una angustia y una rebeldía difíciles de controlar para él; como a su hijo Tom, que decide unirse a Wayne tras el día de los acontecimientos.

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“Laurie ya había ido a casa. Y estaba diferente. Quiero decir, todos lo estábamos. Pero quería estar con ellos, quería abrazarlos. Y entonces empecé a perderlos. Uno a uno.”

La conversación entre Matt y Kevin no es más que una muestra de lo que ha dado de sí el guión de The Leftovers, navegando entre lo emocional y lo enigmático; lo onírico y lo real; y el relato elíptico y el explícito. Quizás haya cuatro capítulos en los que sobresale el trabajo de escritura: el 1×03, dedicado al cura; el 1×06, en el que la historia se centra en su hermana Nora; el 1×09, que se adentra en el pasado “feliz” de los Garvey; y, por último, el 1×10, el episodio final, en el que toda la tensión, todo el drama y todas las costuras acumuladas durante el resto de la temporada saltan por los aires con una brutal delicadeza.

No hay que olvidar al tratar la primera temporada The Leftovers el fantástico uso musical de la que hace gala. El melancólico hilo creado por Max Richter se antoja perfecto para la temática de la serie y se cuela hasta dentro, acompañando al espectador mucho más allá de la duración de los episodios. Además, la música introducida como banda sonora –Ne me quitte pas de Nina Simone, o la versión instrumental de Nothing else matters de Apocalyptica, entre otras– proporciona la atmósfera adecuada y contribuye a ensalzar aun más los atributos de la producción.

The Leftovers, estrenada en España con el título Ascensión (igual que la novela de Tom Perrota en que se basa), es una serie sobre sus personajes. Nada más. Se “disfruta” más cuanto menos explicaciones se le buscan a las espitas que originan el “conflicto” y más a las consecuencias devastadoras que ha ocasionado el mismo en los habitantes de Mapleton. Tom Perrota y Damon Lindelof –el innombrable– han creado una ficción de alta calidad, que transcurre tan lenta como puede hacerlo la vida y que consigue tocar la fibra sensible en determinadas ocasiones. En definitiva, una de las grandes propuestas de este verano, que ha concluido su primera temporada en la cúspide de su propia creación.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.