‘The Leftovers’, la grieta humana

¡CUIDADO, SPOILERS!

Se desvelan ligeros datos de la primera temporada de la serie.

Espectáculo vacuo, gratuito y confuso, o, creación arriesgada, profunda y necesaria. Producto sobrevalorado, hipster y caduco, o, pieza incomprendida, duradera y universal. Así, cuestionándola desde el primer párrafo, es la mejor forma de afrontar el análisis de The Leftovers.

Al menos, eso es lo que ha hecho la serie con el espectador; poner a prueba su resistencia. Y eso que la propuesta ha sido nítida desde el inicio. Utilizando el macguffin de “los desaparecidos”, lo que importaba era el resto; los seres humanos. Y con esa excusa, desarrollar un estudio del ser humano en toda su fragilidad, su incoherencia y sus interrogantes. El hombre como pregunta. Dudo, luego existo.

Se ha ofrecido un amplio abanico de personajes, que representaba la pluralidad de respuestas humanas ante el dolor. Colocando en ambos extremos a los grupos más sectarios; en un lado el “mesianismo new age” de los creyentes seguidores de Wayne, en el otro, los defensores del fracaso, que abrazaban las pulsiones más tanáticas (los del buzo blanco), y fijando en el medio a Matt, una sacerdote sin fe, a Kevin, un sheriff que debe presenciar la desintegración de su familia, o a Nora, una madre que ha debido gestionar el duelo de su marido y sus dos hijos.

Así como Munch pintó hace poco más de cien años El grito (1893) y plasmó en ella la angustia del ser humano, la serie de Lindelof ha resultado una magnifica representación de la confusión, desconcierto y desesperanza del hombre de hoy. Un grito sordo debajo de una piscina, clausuraba precisamente el primer capítulo, y a continuación hemos visto a otros muchos personajes llorar en solitario. Y el sufrimiento, lejos de ser negado, ha resultado ser el camino de la redención. Sufro, luego existo.

13D

La radiografía que ha proyectado el ficticio pueblo de Mapleton (NY) ha retratado la incomunicación y aislamiento que presiden las (aparentemente) opulentas sociedades del bienestar. No estamos lejos de Persona (1966) de Bergman. Aunque pueda parecer cuasi-sacrilegio mentar dicha obra capital de la historia del cine, la lucha pulsional que definía la película sueca, tiene un claro referente en la intensa y cruda pugna que el sheriff Kevin y la líder de los Remanentes (los del buzo) mantienen en la cabaña del episodio 1×08. Abandonarse (algunos se debatían por abandonar la serie) al sufrimiento y rendirse, o vencer la resignación y apostar por la vida.

Ambas obras hablan con riesgo y valentía de la “grieta humana”, de las fallas en el sistema, de las disfuncionalidades del ego humano. De hecho la grieta como símbolo preside uno de los primeros planos del 1×09. Una visible grieta en el salón del hogar de los Garvey. Premonición de la catástrofe que se avecina.

Gritos, grietas, perros que ladran (como aquellos perros que ladraban en la magnífica película Vals con Bashir (2008) y que remitían al inconsciente del trauma) e incluso la profesión de Nora, que intentaba descifrar, con entrevistas a los familiares de los desaparecidos, un patrón en los ausentes. Algo así como intentar saber por qué se mueren los que mueren. Los símbolos, las metáforas y la profundidad de los personajes, han terminado por enriquecer la narración, en una clara apuesta formal y textual por el barroquismo.

Barroquismo reflejado en unos bizarros títulos de crédito, que han mostrado seres humanos cayendo por el demiurgo existencial, o en la omnipresencia de una magnífica, excelente y pertinente recopilación musical. Desde el laconismo de James Blake, pasando por el desgarro de Nina Simone y llegando a la emoción desoladora de la música instrumental de Max Richter.

Todo ello ha contribuido a hacer de la serie una de las “experiencias” más excitantes y estimulantes que recordemos, dentro de una, ya de por sí, basta producción catódica. Y es que Lindelof consigue en un capítulo final arrasador y abrasador que nos impliquemos en la épica de Kevin. Ese sheriff, que enfrentado a los dolorosos demonios de la locura, gana la partida más difícil; la vida. La serie desactiva los más rigurosos prejuicios (en bastantes ocasiones excesivos) que ha recibido el creador de Lost o Prometheus, y se convierte en un triunfo absoluto.

Al final resulta que las dos obras más arriesgadas e innovadoras de este 2014 arrancan de un profundo nihilismo para llegar a postulados de incuestionable luminosidad. True Detective y The Leftovers vienen además de la misma cadena. HBO, luego calidad televisiva. ¿Alguien lo dudaba?

Javier Rueda Ramírez

Psicólogo, seriéfilo y ameba cultural.