‘The Leftovers’, la muerte tacaña

“La incertidumbre es el sentimiento que define una desaparición, algo corrosivo; la muerte tacaña, porque no deja espacio para el duelo.”

Estas palabras del periodista e investigador Paco Lobatón, en un reciente programa de Cuarto Milenio, definen a la perfección el mecanismo que opera en torno a la psicología de las desapariciones. Una muerte que no lo es, que no deja espacio ni siquiera a lo que viene después; una muerte, en definitiva, tacaña y rácana. Muerte porque, en suma, todas las consecuencias son exactamente iguales que las que surgen del fallecimiento de un ser querido. Tacaña, en cambio, porque ni siquiera permite “la bondad” de atravesar un duelo, de poder mirar hacia adelante cuando el tiempo lo permita. No hay duda de que la incertidumbre es, en la mayoría de ocasiones, peor angustia que la certeza; o la esperanza, por mínima que sea, peor remedio que el dolor.

Los capítulos de The Leftovers, tanto en la primera como en la segunda temporada, están atravesados siempre por la ausencia y la desaparición. Y, evidentemente, por el duelo, un duelo al que también podríamos encajar en el apelativo de “rácano”. Cuando el 14 de octubre fatídico da inicio a la trama, inevitablemente, todo lo que acontece después es duelo y pérdida. Incluso para aquellos que, como los habitantes de Miracle, el pueblo sin desapariciones en el que se desarrolla la segunda entrega de la serie de Tom Perotta y Damon Lindeloff, no han sufrido pérdidas y se declaran como los “salvados”, algo así como los 9261 elegidos.

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“Mi madre cuenta una historia. Muchos ya la habréis oído. Cuenta que una vez corría agua por las escaleras de nuestra casa y que cuando subió vio que el agua salía del baño. Abrió la puerta, y jura que le cayó encima una ola. Y ahí estábamos Evie y yo, con 5 años, y la bañera rebosando. Según mi madre, le preguntó a Evie por qué lo había hecho y mi hermana dijo: «sólo quería ver qué pasaba». Eso es lo que siempre has contado y ha hecho reír a todo el mundo. Hasta a Evie y a mí. Pero Evie se reía para protegerte, mamá, porque no es la verdad. Yo fui quien abrió el grifo del agua. Lo abrí a tope porque Evie estaba llorando y no quería que la oyeses. Lloraba porque no sabíamos por qué papá se había ido, ni por qué había hecho lo que hizo. Pero ella lloraba tan alto que abrí el grifo para que no se la oyese hasta que pudiera fingir que estaba bien. Nadie desapareció de aquí el 14 de octubre de hace cuatro años. Pero sí antes. Y después. Somos los 9261. No estamos perdonados.”

Me permito integrar todo el discurso de Michael en el 2×10 porque, creo, resume perfectamente la esencia de la segunda temporada de The Leftovers. Incluso, en cierto modo, de la primera. El duelo y las diferentes formas de convivir con la pérdida se vuelven a instaurar en esta segunda tanda de episodios como el tema central de la serie de HBO. La salvedad, y la diferencia, es que esta vez también se hace referencia a las “ausencias presentes”, es decir, las de aquellas personas que conviven con un hueco en su vida que físicamente sí está ocupado por quien corresponde. Es el caso de Evie, cuya reacción en los últimos episodios viene a explicar de alguna manera el espíritu de las palabras de su hermano Michael en la iglesia. O el caso de Nora, cuya terrible pérdida en la primera temporada desemboca en una obsesión insana por controlar lo incontrolable (esas esposas que coloca a Kevin Garvey tras enterarse de que ha salido de casa, sonámbulo, en mitad de la madrugada). Cada persona tiene una forma de abrazarse al duelo, de superar las pérdidas irreparables que se suceden en su vida, incluso aunque estas ausencias sean tan invisibles que físicamente no existan como tal. El speech de Michael para cerrar su enigmático rol en The Leftovers ahonda, precisamente, en esa necesidad de “personalizar” la forma de vivir de ausencias para recuperar rutinas. Mientras unos intentan aferrarse a las creencias (Miracle, el pueblo sano, la religión, el perdón, el sufrimiento como expiación de pecados), otros continúan su cruzada en favor de que la memoria permanezca siempre como un cuchillo que amenace, precisamente, la posibilidad de continuar y dejar atrás lo ocurrido. En este sentido, volvemos a ver una aproximación a los “Guilty Remnant”, esta vez liderada por Megan (una impresionante Liv Tyler, que cierra la mejor interpretación de su carrera), y más enigmática y cercana a los mecanismos del terror que nunca.

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Si la estructura narrativa de la primera temporada estaba muy fracturada, la segunda entrega de The Leftovers se ha constituido como un trampantojo de situaciones que, finalmente, ha traicionado a la propia definición de la palabra. Aunque pueda parecer que sí, no hay nada de engañoso en la propuesta de Perotta y Lindeloff. Lo que sí hay es una ficción que no resuelve todos los interrogantes a sus creaciones, una serie en la que los personajes concluyen sus arcos llenos de dudas. Pero, ¿no es acaso la vida así? “No entiendo nada”, le dice John a Kevin en el último capítulo (2×10). “Yo tampoco”, responde el antiguo sheriff de Mapleton mientras comienza a resonar el Where is my mind de los Pixies (convertida en casi un himno esta segunda temporada). Claro, no entendemos, porque no siempre logramos comprender todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Sin embargo, esa no comprensión por parte de los personajes no incurre en errores narrativos de la serie. En absoluto. Las imágenes de The Leftovers han hablado por sí solas durante todo el arco de episodios de esta tanda. Tal vez el mejor ejemplo de ese lenguaje propio de la imagen sea el magnífico prólogo en el que el espectador asiste a la representación de cómo el dolor, la pérdida y los lazos –principales arcos argumentales de la serie– han permanecido inherentes al ser humano desde la prehistoria hasta nuestros días. La maniobra, guiño perfecto a 2001: Una odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1961), no busca otra cosa que mostrar eso que mi compañero Javier Rueda ha descrito en su análisis de la temporada como “arqueología emocional del ser humano”:

“En el principio fue el dolor, luego continuó el dolor, y así hasta el presente.”

Y, precisamente, cuando tenemos que lidiar con el dolor como vecino, cada uno convive como buenamente puede. Siendo reduccionistas, no hay más premisa en The Leftovers que esa. Unos deciden enfrentarse al dolor buscando culpables (el arco de culpabilidades y acusaciones que se establece entre los Murphy y los Garvey, con esas piedras del 2×06), otros abrazando creencias que les ayudan a continuar con su vida (Michael y su abuelo; el cura Matt o los moradores de la iglesia de Jarden-Miracle), otros tratando de repetir cada movimiento que realizaron aquel 14 de octubre como superstición (la mujer que viste cada día el traje de novia que se había probado en dicha fecha).

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El diálogo entre ambas temporadas ha sido total en todos los sentidos. No obstante, si hay una herramienta que destaque en ese establecimiento de un diálogo entre la primera y la segunda temporada es la música. Siempre con una función animista, las canciones (el jukebox) han estado más destinadas a mostrar los estados de ánimo “nuevos”, surgidos en estos diez episodios, mientras que el colchón musical de Max Richter queda relegado a la función de señalar, precisamente, esa confluencia de caminos entre presente (segunda temporada, Miracle, dudas e incertidumbre) y pasado de los personajes (primera temporada, Mapleton, desapariciones y pérdida).

The Leftovers se establece –no cabe duda– como la mejor reflexión sobre la pérdida y la ausencia que ha dado la televisión. Y sorprende, en cierto modo, que lo haya conseguido desde el terreno de la ciencia ficción (siempre tan idónea para mostrar la raíz más profunda del ser humano). Como el temblor más primario, y aunque el envoltorio sea todo lo surrealista que se quiera (el hotel de la mente del 2×08), el miedo solo proviene de uno mismo. E igualmente la manera de enfrentarse a él. Tanto el temblor como el agua (y las herramientas para achicarla), ambos incontrolables y solo comprensibles desde el fuero interno. Como la propia muerte o la ausencia. Cada dolor es distinto y cada miembro fantasma, insustituible (o no) a su manera. Es la representación mental la que siempre se opone o complementa al hecho físico, real, incuestionable (temblor, pérdida, desaparición) y ofrece una vía de confrontación o huida del mismo (enfermedad mental, adscripción a un culto exacerbado, superstición irracional). Pero aunque existan distintas formas de entender los acontecimientos, la realidad es la que es, y es la misma para todos. En el caso de The Leftovers, aunque cada uno opte por su propia solución emocional, todos se enfrentan al mismo enemigo; la desaparición, aquello que Paco Lobatón teorizaba como “la muerte tacaña”.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.

1 Comentario

  • Responder diciembre 31, 2015

    Bingero

    Acabas de describir perfectamente de qué va la serie. Espero que sea retomada por aquellos que querían respuestas y al no tenerlas abandonaron la serie, que se den cuenta que la incertidumbre es el hilo de la historia y que HBO nos ha regalado una de las mejores.

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