‘The Leftovers’, temblores y goteras

Hay una axioma cinematográfico que se aplica a la ciencia ficción: las mejores obras que se adscriben a dicho género –2001, una odisea en el espacio (1968), Blade Runner (1982) o Fahrenheit 451 (1966), por citar tres ejemplos de incuestionable valor canónico– son aquellas que proyectan en su relato un reflejo realista de la condición humana. The Leftovers, serie cuya premisa inicial abraza las raíces de la “sci-fi”, corona con su segunda temporada una cima artística que obliga a incluirla (desde ya mismo) junto a los ilustres referentes citados. El triunfo de la serie ha sido el de ofrecer un reconocible, complejo e incómodo retrato de la contemporaneidad.

El primer capítulo de la nueva temporada arranca con un prólogo ubicado en la prehistoria. En él se ausculta la arqueología emocional del ser humano: en el principio fue el dolor, luego continuó el dolor y así hasta el presente. Una elegante elipsis narrativa (al más puro estilo kubrickiano de 2001) nos devolvía a la apacible actualidad de tres adolescentes jugando en el agua. Los Garvey, Kevin y Jill, junto con Nora y el bebé que habían “adoptado”, se trasladan a la esperanzadora localidad de Miracle. Milagrosa precisamente porque aquel fatídico día en el que desapareció el 2% de la población mundial, ninguno de sus ciudadanos fue “ascendido”. De nuevo la falsa percepción de los protagonistas de encontrar allí un lugar en el que no volver a experimentar el sufrimiento, es desterrada cuando la misteriosa desaparición de las tres jóvenes desencadena el dispositivo narrativo. El sentimiento de pérdida vuelve a poner a prueba los mecanismos de supervivencia ante el dolor de todos los personajes.

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Mucho se ha especulado sobre la difícil comprensión de las imágenes de The Leftovers. Se afirma que la serie de Lindeloff y Perotta plantea preguntas pero que no ofrece respuestas. Por qué sufrimos, qué sentido tiene el dolor o cómo influye nuestro sistema de creencias y experiencias en la forma en que gestionamos las tensiones vitales serían sólo algunas. Y, sin embargo, tras el maravilloso desconcierto que supuso la primera temporada (imprescindible en su caos y ambigüedad para hacer posible esta segunda tanda), los últimos diez capítulos han ofrecido todas las respuestas. Quizás no las que esperábamos.

El guión ha dejado claro que no es posible plantearse una teología si no se ha interrogado antes la cuestión antropológica. Las respuestas ante el dolor anidan en nosotros. En la culpa y la enfermedad mental de Kevin Garvey (Justin Theroux entregado en cuerpo y alma a su personaje). En la ansiedad ante el derecho a la sanidad y la marginación de la condición de la extranjería, como experimenta el sacerdote Matt. En la neurótica necesidad de controlar lo incontrolable, expresada en una vulnerable Nora Durst cuando “esposa” literalmente a su amado. En la soberbia de los Murphy buscando culpables ante su dolor: Erika en Nora y John en Kevin. Pero, sobre todo, en la amenaza del terrorismo de “los remanentes” liderados por una vengativa Megan (Liv Tyler en la mejor interpretación de su vida). Cuanto más miramos hacia el cielo buscando una explicación, más perdidos estamos ante la realidad. Así les sucede a ‘los Murphy’, incapaces de entender el odio que anida en su propia hija.

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Para ilustrar tan ambicioso planteamiento, el relato se ha enriquecido de múltiples figuras simbólicas entre las que quiero destacar dos: los temblores y las goteras. La tierra tiembla en el 2×01 y 2×10 (en este último en varias ocasiones). Al principio y al final de la temporada. Los temblores ya se incluían en la magistral novela de Cormac McCarthy, The Road (2006). En aquella apocalíptica historia era un recurso para reflejar el modo en que la naturaleza le devolvía al ser humano una respuesta sobre sus excesos. En esta serie, esa parece ser también la consecuencia a tanta violencia aparentemente inocua. Las goteras, por otro lado, han acompañado los episodios de las sorprendentes resurrecciones del personaje de Kevin Garvey. Las goteras que se escapan del canal, la angustia que no puede ser canalizada. El ser humano vencido y sobrepasado por el dolor.

En ese nivel de precisión narrativa se ha movido toda la temporada, trazada con admirable eficacia, concediendo a cada personaje un capítulo en el que profundizar en sus circunstancias. Capítulo a capítulo sus autores han ido componiendo un puzzle en el que el espectador ha ido experimentando el itinerario emocional de los personajes. Una serie que ha mutado en experiencia catártica sobre la propia existencia. “Quien evita el dolor está condenado a sufrir”, parecen decir sus imágenes. Y es quizá por ello (al transitar el camino inverso) que este paisaje de desolación e incomprensión adquiere el más veraz y radical optimismo en el último plano de la temporada. Cuando las imágenes hablan por sí mismas sin necesidad de subrayados y están dotadas de entidad propia, cuando se comprueba que todas las piezas encajan, sólo queda hacer una cosa: levantarse del sofá y aplaudir. The Leftovers es la mejor serie de 2015.

Javier Rueda Ramírez

Psicólogo, seriéfilo y ameba cultural.