‘The Leftovers’ y la paciencia del espectador

La caja misteriosa

Érase una vez un guionista llamado Damon Lindelof que soñaba con ser diferente a los demás, con crear ficciones arriesgadas, apartándose de lo arquetípico y desafiando al espectador. En su camino profesional se cruzó con el que algunos consideraban «el nuevo mago de la televisión», J.J.Abrams, quien le contó su famoso truco de la caja misteriosa, y que J.J resume de la siguiente forma:

«El misterio es más importante que el conocimiento».

Juntos se embarcaron en el famoso vuelo 815 con destino a la isla de Lost, serie que, otra cosa no, pero de misterios y osos polares iba sobrada. Lost aguantó seis años en la parrilla televisiva, y aunque en cierto modo se debió a que nos mantuvo enganchados a sus grandes incógnitas a base de cliffhangers continuos, el verdadero motivo por el que nos pegábamos a la pantalla semana tras semana fueron sus personajes.

La importancia de los personajes

Los personajes de Lost estaban muy bien construidos. Conocíamos su pasado, sus inquietudes, sus miedos… podíamos (y así lo hicimos) empatizar con ellos. Jack, Sawyer, Kate, Charlie, Hurley, Desmond… diez años después del episodio piloto todavía soy capaz de recordar el nombre de casi todos ellos, y de emocionarme al recordarlos. No puedo decir lo mismo de The leftovers, la última serie de Lindelof, de la que, a pesar de haber visto esta misma semana su último capítulo, soy incapaz de memorizar el nombre del sheriff protagonista, o el de su ex-mujer, o el del personaje interpretado por Liv Tyler… por cierto, ¿alguien sabe qué pinta en la serie?

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Y es que The leftovers va un paso más allá en el proceso de experimentación de Lindelof. La serie oculta deliberadamente el pasado, las motivaciones e intenciones de los personajes hasta prácticamente el penúltimo y último episodio de la primera temporada. Esto supone la inversión completa de la estructura del relato clásico, que suele comenzar con la presentación completa de los personajes y sus objetivos. The leftovers comienza «in medias res», mostrándonos a los personajes realizando acciones sin que los espectadores sepamos qué las provocan ni qué pretenden conseguir con ellas. La paciencia requerida en el espectador es casi infinita, y la empatía imposible. Al final todo cobra cierto sentido, aunque tampoco es que los dos últimos capítulos supongan una explicación total de las acciones de los personajes, seguimos teniendo más incógnitas que certezas, y algo nos dice que, viniendo de Lindelof, la segunda temporada no nos aclarará mucho más las cosas.

El efecto HBO

Este particular experimento narrativo, que juega deliberadamente con la paciencia del espectador, ha contado con una baza importante que le ha permitido seguir existiendo: el creador y la cadena que lo emite. Seamos realistas, ¿cuantos espectadores habrían aguantado hasta el capítulo 5 de no haber sido una serie del guionista de Lost emitida en HBO? El argumento de autoridad que ofrecen estos nombres es promesa de calidad, por la cual todos sufrimos una alucinación colectiva que nos hace creer que en algún momento, si tenemos paciencia, seremos recompensados. Desgraciadamente no solemos ofrecer tal beneficio de la duda a otros productos televisivos de menor renombre.

Como su propio slogan afirma: «It´s not TV, it´s HBO». La cadena se ha convertido en marca, y como tal, poco importa lo que realmente produzca, porque lo que vende es identidad. Al igual que ocurre con marcas como Apple, los fanáticos de HBO no juzgan con la misma objetividad las series de esta cadena y las de las demás. HBO ha conseguido crear en torno a su nombre un cierto halo de condescendencia crítica. Esto, unido a que no es una cadena que viva de la audiencia, le permite experimentar con artefactos televisivos impensables en otras cadenas, como True detective o The leftovers.

Despertando una emoción abstracta

Pero aunque pueda parecerlo no le quito mérito a The leftovers. Me he enamorado de personajes como Nora, me ha gustado el final, y creo que la primera temporada en su totalidad cumple con su objetivo, no así la mayoría de sus capítulos individualmente. De hecho todos los críticos parecen coincidir en que el 3, el 6 y el 9 son «los capítulos». ¿Y el resto? ¿Podemos elevar una serie al podio de las buenas por sólo tres magníficos episodios?

Pese a la crítica constructiva, debo reconocer que también admiro el coraje experimental de Lindelof, que ha conseguido que muchos espectadores no solo siguieran enganchados a pesar de no saber muy bien lo que estaban viendo, sino que además se emocionaran con esa experiencia.

And then I just started — and I’ve said this to Tom, and I’m not saying this for the sake of our interview — crying, multiple times. And I don’t do that when I’m reading. But I just felt emotionally affected and connected to this thing. I can’t really explain to you why. It just touched me. I very rarely have an emotional experience reading a book, but I did here.

Lindelof hablando de la primera vez que leyó The leftovers.

Aunque no se trata de algo radicalmente nuevo, otras obras de ficción se centran en la supervivencia emocional de los protagonistas ante circunstancias extremas no explicadas (o superficialmente explicadas) al espectador. Sin ir más lejos The Walking Dead, The Road de Cormac McCarthy… o incluso series europeas entre las que podríamos incluir a Southcliffe, Broadchurch o incluso Les Revenants, serie que curiosamente plantea el reflejo especular de The leftovers: personajes que se enfrentan a la re-aparición de seres queridos por cuya desaparición ya habían llorado.

En fin Lindelof, has jugado con mi paciencia, pero has conseguido que llegara hasta el final y que me emocionara en el último momento. Apúntame como espectador para la segunda temporada, pero por favor, ten piedad de nosotros, no nos hagas esperar seis años para saber quién es el tío que persigue perros o qué hay en el dichoso número de la National Geographic. Una cosa es no explicar la causa de las desapariciones, lo cual tiene su gracia, y otra muy distinta es sembrar la serie de «pequeños misterios» que enganchan al espectador para al final quedarse en el tintero, que ya nos conocemos… «brother». 😉

Jorge Dueñas Villamiel

Diseñador digital e historiador del arte. Pensando en imágenes desde 1984.