‘The Royals’, el retorno del Rey

Entre el combate de boxeo y la partida de ajedrez. Así ha transcurrido la tercera temporada de The Royals, nuevamente llena de las sorpresas, la tensión y la frivolidad a la que nos tiene acostumbrados la producción de la cadena E! Tras los acontecimientos de la segunda, en la que los protagonistas vieron como Cyrus ascendía al trono debido a problemas con la paternidad (o no) tanto de Liam, sucesor natural en ausencia de Robert, como de Eleanor, la princesa.

La amenaza silenciosa que vertebró la segunda entrega de esta ficción (y simbolizó el cáncer de Cyrus) ha derivado en una batalla, también silenciosa, por el control de la corona y la institución monárquica. Una vez conocido el asesino del Rey Simon, y solucionada la misteriosa irrupción de Dominó, la tercera tanda de la creación ha abierto la lucha de poder y ha ofrecido espacio para el desarrollo personal y relacional de cada uno de los protagonistas.

Cyrus, el Rey macarra.

En ausencia del príncipe Robert, las tribulaciones de la reina Helena han ido destinadas a la coronación de su hijo menor, Liam Henstridge, con el aprovechamiento de la campaña casual que inició un mensaje en redes sociales de Willow (interesante personaje que, pese a no aparecer demasiado, tiene carácter perenne). Por su parte, el ahora Rey Cyrus se ha debatido entre varios frentes. A saber, la pelea que ha mantenido contra la enfermedad, cada vez más fuerte, la necesidad de engendrar un primogénito que ostentase la corona tras su previsible muerte y, por último, su incansable e histriónica manera de “vivir la vida”. El rey macarra. Sin embargo, debajo del caparazón de seguridad y maldad que demuestra este villano, late un corazón atormentado, débil de personalidad y que sostiene su máscara gracias, fundamentalmente, al circo que lo rodea.

No es el único que ha pasado momentos de bajeza. En realidad, todo son corazones quebrados en esta peculiar familia real. Desde la reina Helena, entre el duelo por la muerte de su marido y los amoríos que mantiene en secreto, hasta el mismo Liam, masacrado primero por la culpabilidad ante el asesinato de su padre a manos de su guardia personal y, después, por el affaire y el enamoramiento que experimenta con la novia de su hermano, o la propia Kathryn, reviviendo su historia con el príncipe mientras se enamoraba irremediablemente de su hermano pequeño. Un sinfín de líos y enredos que caracterizan The Royals y se vuelven a situar como sello de identidad de la teleficción, aunque también se ha dejado espacio a la búsqueda de las emociones (el navideño 3×06).

La relación entre Liam y Kathryn ha vertebrado buena parte de la tanda de episodios.

Así, entre la frivolidad y la intromisión de mensajes de cierto calado (nuevamente existe un discurso soterrado sobre la utilidad o no de la institución monárquica), camina la tercera temporada de la serie británica. Una trivialidad que ha alcanzado la cima de su presencia con el gran giro argumental que han dejado estos diez capítulos: la “resurrección” del príncipe Robert en el momento clave. La vuelta a la corte del monarca, que no estaba muerto (tampoco de parranda), sino atrapado en una isla desierta, ha aportado una vuelta radical a todo lo que se había desplegado durante la narración previa.

A partir de su aparición, todo ha girado en su órbita. Incluso los movimientos extraños que no atinábamos a comprender han acabado llevando su firma. Todos los personajes han orbitado en torno a Robert, dispuesto a tomar el relevo de la corona de manos de Cyrus, como así le hubiese correspondido de no ser por su repentina desaparición. Más allá, la decena de episodios de The Royals han vuelto a ofrecer una mirada hacia la relación “prohibida” entre el guardia Jasper y la princesa Eleanor. Lo que parecía roto tras la dolorosa revelación del final de la segunda temporada, ha vuelto a enderezarse, con ayuda de James Hill y su hija pequeña, Sara Alice, ambos como celestinos, y de una impostada correspondencia romántica, para volverse a fracturar, esta vez por la acción en la sombra de Robert.

Eleanor y Sara Alice, leyendo el regalo de Navidad de Jasper para la princesa.

No ha sido la única consecuencia de su aparición repentina, forzosa, inverosímil, si se quiere. Todo el universo construido por Mark Schwahn se ha desvanecido poco a poco con la llegada del nuevo puntal. Los cambios han aparecido de forma brusca. El reinado de Cyrus, la incipiente relación entre Kathryn y Liam, el romance entre Eleanor y Jasper, incluso las asignaciones de la guardia real o la posición de figuras como Spencer Hoenigsberg, asistente y amante ocasional de la reina. Todo ha sufrido un vuelco y todo ha tenido que ver con el sigilo en el que se ha movido el príncipe retornado, ahora ya Rey de Inglaterra, solo desenmascarado en las últimas secuencias de la season finale. De la fiereza de un combate de boxeo a la finura de una partida de ajedrez solo hay una diferencia: la sutileza de movimientos de uno y otro. Pero tanto el objetivo –arrebatar la corona o el cinturón al adversario– como las consecuencias –es necesario que existan peones muertos– son idénticos. Y eso, al igual que su condición de entretenimiento frívolo y corrosivo, siempre lo ha tenido muy presente The Royals.

El combate entre los dos príncipes ha sido literal y figurado en la tercera temporada.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.