‘The Royals’, la monarquía pop anarcopunk

¡CUIDADO, SPOILERS!

En este artículo se analiza la primera temporada de la serie.

Desde siempre, las ansias de poder han dado lugar a guerras, peleas y conflictos internacionales, políticos y sociales. Y desde entonces, la necesidad del ser humano de las historias ha hecho que muchas de ellas girasen en torno a estas luchas de poder. El estilo es lo que determina la diferencia. Mucho y nada tienen que ver ficciones como Roma, Spartacus, Juego de tronos, Los Soprano, House of Cards y The Royals, por citar unas pocas. Mucho en el sentido temático, que no es otro que las subrepticias luchas que se mantienen en torno a la dominación del entorno, en definitiva, la ostentación del poder; poco porque sus estilos no pueden ser más dispares entre sí. Si tuviésemos que definir con un sólo adjetivo The Royals, bien podríamos acudir al término “frivolona”. No hay otra forma de verla que reconociendo el disparate que se nos presenta, una narración pop que, creo, sólo puede disfrutarse desde el reconocimiento de su condición de guilty pleasure. No hay otra posibilidad, su calidad objetiva no lo permite. Pero, superado este paso, es cierto que, bajo su capa excesivamente superficial, desliza algunos mensajes interesantes sobre la situación actual de la monarquía británica.

El príncipe Liam y su novia, Ophelia.

El príncipe Liam y su novia, Ophelia.

En el episodio 1×07 se consuma la amenaza del rey de convocar un referendum para la abolición de la monarquía. La serie comienza cuando el monarca decide que ya no tiene sentido seguir con una institución anticuada, que su familia no lo merece. El punto de partida es, ante todo, valiente, eso hay que reconocerlo. Y, además, permite ofrecer un conflicto que justifique las continuas peleas internas que tienen lugar de las puertas de palacio para adentro (la reina, vanidosa y celosa de la juventud de su hija, contra la misma; el rey contra su hermano, ambicioso y deseoso del trono; la ex novia del principe contra la actual pareja…). El desfile de recelos y envidias es constante entre los miembros de la Casa Real, que son mostrados como unos caprichosos que viven en su propia burbuja de dinero y poder, algo que hasta la propia princesa Len (el personaje más interesante de la ficción) reconoce en el piloto.

“Sólo soy una idiota con dinero y poder. Pero intento que parezca bueno.”

La sed de poder es el relato transversal que atraviesa toda la trama de The Royals. Sin embargo, no es la única licencia que se toma su creador, que, además de la frivolidad de la propuesta, coloca ese poder como una carga para los personajes, una especie de confortable prisión que les impide llevar una vida normal. Los miembros de la Casa Real de la serie son presos de su condición: no pueden amar a quien quieren, no pueden disfrutar de la libertad del anonimato (la inclusión del conflicto con la prensa y las redes sociales resume perfectamente este apartado) y anhelan poder ser lo que ellos llaman “personas normales”. Para compensar ese exceso de “sangre azul” en el elenco, el creador de la ficción acierta de pleno al situar a una chica que no pertenece a la realeza, Ophelia (la hija del jefe de seguridad de palacio), como el amor prohibido del heredero al trono Liam. La maniobra sirve para hacer conectar al menos a un personaje con el estatus de la audiencia de la serie (en su mayoría personas del “pueblo llano”) y que la masa espectatorial pueda ser testigo de lo que ocurre a través de sus ojos.

God save the Princess!

God save the Princess!

“Por los días que se desvanecen de un imperio que se extingue.”

Esta frase, pronunciada por la princesa Eleanor en el 1×01, resume perfectamente el argumento central de la producción y sitúan, además, al personaje más díscolo como el más consciente de su situación y su condición, como ya demostrase la frase citada anteriormente. Len es una mujer joven que disfruta de la fiesta, que abusa de la droga, que disfruta del sexo y que se rebela contra la opresión a la que su madre la somete en nombre de la monarquía. Una joven normal con la única salvedad de ser la princesa de la monarquía más importante del mundo. Sin embargo, bajo esa apariencia rebelde y descarada (el capítulo 1×08 en el que durante todo el metraje viste una camiseta de los Sex Pistols, con la simbología que eso conlleva, y se dedica a pintar graffitis sobre obras de arte clásico) se esconde la sensibilidad de una persona que vive presa de su linaje; una veinteañera que acaba de perder a su idolatrado hermano mayor en dudosas circunstancias, que no puede salir con el chico al que ama y que se encuentra sola frente a las adversidades de su privilegio, pese a la fuerte amistad que mantiene con Ophelia. A través de ella, y del rey, su padre, al que idolatra, la serie recuerda de manera algo vaga que hasta ellos son personas a pesar del lujo que los rodea en su día a día. Es curioso que toda esta revelación tenga lugar en el episodio (casi un bottle episode) en el que los jóvenes de la familia se marchan de fin de semana a Mónaco, la ciudad más lujosa del mundo.

Pero así es The Royals, una serie que se mueve entre lo frívolo y lo transcendental, entre el lujo material y la pobreza espiritual, entre la subversión y la idolatría a los códigos comunes. Una ficción que rememora a la extinta Gossip Girl en el desarrollo de las tramas y en el uso de la música como catalizador (además de en su faceta como descubridor de grupos) y a la reciente Scandal en su retrato descarnado, ligero e insustancial, pero tremendamente corrosivo de lo que ocurre de puertas para adentro en una de las mansiones más relevantes del panorama político del mundo occidental. Al final, pese a la precipitación, el mensaje es claro y tras el ataque al rey en la noche, la situación cambia por completo a ritmo del Nothing else matters.

God save the Queen! O mejor: God save the Princess!

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.

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