‘The Young Pope’, abocados a la sed

I’m sexy and I know it. Y sin embargo, somos frágiles. De Faul & Wad Ad (Changes) a Pēteris Vasks (Méditation), sin solución de continuidad. Como si se tratase de una súbita aparición, instantes antes de cerrar los ojos y abandonar nuestra memoria, los recovecos cinematográficos del cineasta italiano nos conducen hasta ese íntimo amigo olvidado tiempo atrás (Le conseguenze dell’amore, 2004); o incluso, son capaces de rememorarnos ese primer encuentro -casi milagroso- con aquella mujer que nos enamoró en una isla perdida del mar Adriático (La grande bellezza, 2013). En ese furtivo y efímero hallazgo, anhelado durante el resto del metraje, Sorrentino responde con sencillez a la provocación, a la impostura y al exceso que recorre desde el mismo planteamiento a sus obras. Y no, The Young Pope no es una excepción.

Siempre al compás de Devil y su Watchtower. Sin las sandalias del pescador, pero con unas chanclas brasileñas que no dificultan su paso firme, el Papa Pío XIII interpretado por un magistral Jude Law se abre paso decididamente desde el molde de los personajes más icónicos de la filmografía del cineasta italiano hasta los interminables pasillos de ese laberinto que comúnmente llamamos El Vaticano: “una ciudad-estado llena de almas perdidas que nunca han vivido”. Heredero de la contradicción, se trata de un Sumo Pontífice adicto a la Coca-Cola Cherry, a su inseparable cigarrillo y a la música de Daft Punk; y sin embargo, el pontífice se erige como un digno sucesor secular del Papa Pío XII, cuyo papado se caracterizó por su férreo control de la curia romana, su conservadurismo político y su ambigüedad hacia los regímenes dictatoriales y fascistas que asolaban el mundo.

En la espectacular y reveladora escena que abre The Young Pope, el Papa norteamericano emerge de una montaña de recién nacidos en un estado de incorrupción que choca con su inmaculada sotana. ¿Quién es Lenny Belardo? ¿Quién es ese “joven” y “guapo” Pío XIII?

«Un Sumo Pontífice adicto a la Coca-Cola Cherry, a su inseparable cigarrillo y a la música de Daft Punk…»

Bajo todo lo que debería de representar Su Santidad; es decir, bajo la superficie, Sorrentino halla a un hombre que trata de huir de su orfandad, que se atreve a afirmar que no cree en Dios y que utiliza su supuesta “infalibilidad papal” para declarar un dogma católico que ataca directamente a los homosexuales, al aborto, a la pederastia, a la misión católica y a los focos mediáticos. Como tantos otros errores históricos, el problema radica en que ni siquiera aquellos que lo elegían se preocuparon en saber qué se escondía tras el rostro fotogénico de quien los iba a dirigir, de quien pretendían hacer títere antes siquiera de conocerlo. Se trata de una figura de poder tan consciente de su posición que se jacta de responder solo ante Dios, quien “no publica su opinión en las redes sociales”; de hecho, será a través de su errático desarrollo entre el trauma y la aceptación como Sorrentino tratará de evidenciar y tensionar el eterno debate entre tradición o apertura que recorre el seno episcopal.

“When you ever grow up?”. De dispersa inspiración y pretendida trascendencia, Sorrentino es, por naturaleza, intermitente. Es el trabajo arquitectónico de quien se dedica paradójicamente a la demolición controlada de los edificios. Con su desarrollo narrativo, el cineasta italiano se convierte en un maestro a la hora de crear escenas que se detonan, concebidas para satisfacer sus necesidades narrativas en el instante pero no para dar forma a una evolución sostenida de sus variopintos personajes: el soberbio Cardenal Voiello interpretado por Silvio Orlando, capaz de montar una conspiración en la curia romana y de defender a muerte a Maradona en la misma línea de diálogo; la desaprovechada Sor María a la que da vida Diane Keaton, reducida al eslogan de su camiseta: “I am a virgin, but this is an old shirt”; la confusa (y confundida) Esther que encarna Ludivine Sagnier, una feligresa del Vaticano reconvertida en una suerte de María contemporánea para gracia del Sumo Pontífice; el enigmático Monseñor Gutiérrez (Javier Cámara), un alma vulnerable confinada entre los muros de la ciudad pontificia hasta que Sorrentino deja que vuele, quizá demasiado tarde; y, finalmente, el intérprete Scott Sheperd enfundado en la sotana color sangre del Cardenal Dussolier para regalarnos uno de los personajes claves de The Young Pope, véase su dura conversación con Pío XIII a propósito de su dogma contra los homosexuales o su emocionante despedida de los parroquianos de Honduras.

«Soy virgen, pero esta camiseta es antigua.» La camiseta de Sor María.

De repente, un cardenal fallece sobre su desayuno. Quietud. Nadie acude raudo a su auxilio o se altera lo más mínimo, salvo un anciano prelado que emite algo parecido a un quejido ante la coreografía de la cotidianidad que engulle en cuestión de segundos su cadáver aún caliente. Acto seguido, con evidente esfuerzo, un cardenal pregunta a otro: “¿De qué ha muerto?”. Su interlocutor no tarda en hallar respuesta: “De lo mismo que morirá la Iglesia, de vejez”. En apenas un minuto, Sorrentino radiografía la Iglesia en una de las escenas que mejor definen el estilo narrativo del cineasta italiano. Acto seguido, se detona.

Tal y como ocurre en este pasaje, el director italiano demuestra su habilidad narrativa en unos segundos, gracias a escenas tan sobresalientes como el hipnótico baile de la primera ministra de Groenlandia, el sorprendente uso del Non expedit y su atractivo para convencer a un político progresista, o el discurso sobre la paz que concede Pío XIII en su primer viaje internacional al continente africano. Siempre en presunto movimiento, Sorrentino también se pierde en el estatismo; es decir, el cineasta italiano se deja llevar por una inmovilidad pontificia que nos deja grandes titulares -esas conversaciones expiatorias con Don Tomasso en la azotea del Vaticano o su relación cargada de ironía con Sofía (Cécile De France), responsable de marketing- pero que se niega a abandonar hasta muy avanzada la temporada, mientras aprovecha para apuntar ideas sobre la pompa eclesiástica, la hipocresía civilizatoria o la connivencia de la institución con el crimen en ciertas coordenadas geográficas.

Sofía (Cécile de France) es la responsable de marketing y uno de los personajes más ambiguos.

En el fondo, el cineasta disfruta escribiendo para esa suerte de pontífice que se reconoce en las figuras de J.D. Salinger o Banksy. Esta dificultad para desprenderse de su planteamiento y para conducir a sus creaciones hasta otro punto vital, choca con su fértil eclectismo y con su necesidad de trascender a golpe de diálogo -paradigmática es la escena donde una prostituta le muestra al pontífice la prueba de la existencia de Dios ante su insistencia-, con cada encuadre del director de fotografía Luca Bigazzi -por ejemplo, con esa escena donde Pío XIII y Esther emulan la Pietà- o con cada composición sonora escogida para sublimar la imagen -subrayar el emotivo uso de Pulaski at Night (Andrew Bird) para poner un océano de distancia entre Voiello y la hermana María-.

En definitiva, The Young Pope es una obra que se erige imperfecta, sin límites, abocada a la sed. Se trata de una homilía pagana y santa, donde Sorrentino predica pero también adquiere la posición de escéptico feligrés, completando a través de su imaginación las grietas del sermón. Nada senza un perchè.

La imagen del cardenal Voiello ataviado con la vestimenta del Napoli es de las más potentes de la serie.

Antonio Cabello Ruiz-Burruecos

Enamorado de la escritura, del placer fílmico y del goce seriéfilo. Siempre aprendiendo; siempre creciendo. "Hagas lo que hagas, ámalo".