‘True Detective’, suflés cósmicos de Luisiana

Imagen de cabecera por Yuri Shvedova.

¡CUIDADO, SPOILERS!

Si no has visto la primera temporada de ‘True Detective’, no sigas leyendo.

Nic Pizzolato

Nic pasa de hacer novelas a hacer guiones. Escribe dos episodios para la primera temporada de The Killing y decide dar el salto a un proyecto puramente personal, acompañado de un Cary Fukunaga que ha destacado por su trabajo indie. Envían su propuesta a Matthew McConaughey, a quien le gusta tanto lo que ve que decide involucrarse como productor ejecutivo, quedándose el papel de Rust -se le ofrece inicialmente el de Marty- y llamando a su amigo Woody Harrelson, con quien ha actuado en varias películas. HBO se interesa desde un primer momento por el boceto, que finalmente adopta un sistema autoconclusivo por temporadas: no verán a Matthew en la segunda temporada de True Detective, que según se rumorea se centrará en el “sistema de transportes estadounidense y en la dureza de las mujeres”. La serie se graba en 2013 y se estrena un año después.

Quién no ha escrito una palabra y se ha sentido un escritor frustrado, salvo los propios escritores. Quién no ha soñado con convertirse en un Hank Moody, admirado por unos escritos que parecen salir con facilidad de la mente del escritor. Quién no ha soñado con ver reconocidas sus palabras. Ciertamente resulta fácil pensar que en algunos diálogos de la serie Nic se permite plasmar fantasías dialogacionales fruto de sus más ambiciosas aspiraciones literarias, pero hay que reconocerle el mérito en las escenas donde éstas alcanzan su esplendor: las charlas en el coche. Un Marty paciente soporta un montón de sandeces escupidas por alguien que parece haber pasado demasiado tiempo solo, Rust canaliza pensamientos a través de cortantes reflexiones, próximas al aforismo.

Pese a que como ahora veremos la historia acaba por desinflarse y recurrir a ciertos tópicos, los tres primeros episodios invitan a la originalidad, a una escena gore en el pantano, a planos dimensionales voraces, a una mezcla de varios factores: el propio desarrollo y conocimiento de los personajes, el viraje de la investigación y pequeñas cantidades de horror cósmico aptas para el consumo humano medio.

Nic Pizzolato.

Nic Pizzolato.

Historia

Martin Hart y Rustin Cohle son dos detectives que analizan en el presente un caso presuntamente concluido años atrás, cuando una prostituta aparece muerta y maniatada en las marismas de Louisiana bajo un árbol y con cornamenta depositada sobre su cabeza. Las indicaciones rituales, cercanas a lo satánico y a lo pagano, despiertan en los detectives la necesidad de tirar del hilo. Intercambiándose las escenas del presente y del pasado vamos descubriendo lo que pasó, adivinando el espectador gestos en el presente que pudieran delatar acontecimientos aún no narrados en el pasado. Inicialmente la relación entre ambos detectives no es la ideal. No son William y Mills en Seven. Cuando Marty invita a Rust a cenar a su casa éste llega borracho. Pese a sus diferencias, parecen encontrar ciertas afinidades capaces de superar todo lo demás, como veremos que ocurre al final de la serie, pero en los interrogatorios de 2012 nos cuentan que en algún momento los compañeros se separan. Tras cinco de los ocho episodios que componen la primera temporada las visitas al pasado se detienen. El presente ya es presente, sin tapujos, y Carcosa aguarda.

Rust, Marty

Rustin Cohle ofrece una personalidad compleja. Matthew McConaughey se prepara para afrontar un personaje de 17 años de vaivenes preparando un texto de 450 páginas, especificando cuatro fases emocionales:

  • Crash: infiltrado en una banda que trafica con narcóticos es aquí donde Rust sufre un consumo exagerado de estupefacientes, los cuales perjudicarán casi permanentemente su cabeza con ilusiones, dotando de más incredulidad y desinterés para los demás sus existenciales parrafadas sobre lo moral. Como buen infiltrado, Rust se inmiscuye en su entorno de trabajo y acaba pagando las consecuencias años después, cuando recibe al final de la serie una cuchillada bastante seria por quedarse embelesado contemplando una vorágine ilusoria.
  • 1995: Cohle sale de la infiltración, destrozado, y se aferra a su trabajo detectivesco como salvavidas.
  • 2002: el Cohle de 2002 ha tenido tiempo para asumir sus devaneos narcóticos y su necesidad de mantenerse ocupado. Es una persona serena, que no necesita refutar -aunque lo haga- ideas que considere erróneas. Se sabe poseedor de la razón, de lo acertado, e intenta llegar al final de un camino que aún no ha localizado.
  • 2012: este último Cohle es un personaje arrasado por la soledad, bebedor y fumador, pero agarrado a la posibilidad de llevar razón. De bar en bar deambula, un fantasma existencial con greñas y mirada lunática. Al consultarle algunos detalles los detectives Gilbough y Papania vuelve a recordar el caso que quedó inconcluso, esa mención al Rey Amarillo que un preso soltó aquella vez robándole la paz que el detective necesita para dormir. Como buen héroe silencioso prepara el terreno y decide abordar a un Marty que no puede sino echar mano a su pistola, no vaya a ser que a Rust se le haya ido finalmente la cabeza y sea realmente un sociópata.

Rust es pedante, nihilista, excéntrico, poco sociable: ya tiene sus creencias y no necesita la de los demás. Sus apariciones verborreicas son estelares, sus clarividentes hallazgos frustrantes para el resto. Rust, fundamentado en Nietzsche, mata a Dios para negar cualquier explicación a su existencia: ésta debe otorgarle, por sí misma, la base que le permita razonar y concluir las verdaderas motivaciones de su vida. Rust parte siempre de la razón, se sustenta en sus habilidades como detective para llegar a otras metas que le satisfagan. Pese a la frialdad que Rust ofrece su capacidad interrogatoria se vuelve legendaria, arrancando confesiones en diez minutos, empatizando con el criminal, y eso significa que el propio Rust, pese a lo que se pueda sugerir, confía en el propio Rust, porque de otro modo se hubiera suicidado hace ya muchos años. Rust llora al final de la serie, quizá, porque ha logrado atrapar al asesino, dotar de pública corrección y sentido a su vida, de alguna forma alcanzar la cúspide de la bondad humana. Por ello recuerda a su familia, a su hija, y se siente en paz, dispuesto a salir del pantano.

Rust Cohle

Rust Cohle

Marty Hart en cambio ofrece un perfil distinto, el del policía duro que disfruta de una barbacoa familiar, un Hank Schrader con pelo, debilidad por las mujeres jóvenes y una pastosa sureña forma de hablar. Religioso hasta el punto de soltarle un corte de mangas a Rust -el primero de muchos- cuando éste se burla de las creencias religiosas de la gente, muestra sin embargo poco escrúpulo en relacionarse con otras mujeres, alardeando ante Rust de su irresponsabilidad. Como suele ser habitual en las series de dos protagonistas, Woody Harrelson es aquí el gran tapado, la única mente sensata que es capaz de domar a Rust cuando éste se encabrita, pero Marty no es ni un héroe ejemplar ni una fortaleza colosal: deja la policía después de asumir un caso en el que una persona mete a un bebé en el microondas, y no puede evitar soltar imprecaciones al visionar la cinta de vídeo en la que se ve lo que le hacen a una de las niñas desaparecidas. Marty es un personaje contradictorio, que pese a su nobleza esconde también sus debilidades, y un dominio de la mentira. Al igual que Walter White, dice satisfacer sus antojos más necesarios e impulsivos por el bien de la familia. Resulta que Marty se lía con mujeres para desfogarse de su duro trabajo de policía; llega relajado a casa y su familia, según dice, lo agradece. Marty construye sobre sí mismo una coartada moral que le permita justificar sus actos, pero es plenamente consciente de ello, de ahí su agarre religioso, acentuado tras la crisis matrimonial. Marty ejerce también cierta actitud machista, posesiva. Su mujer, que lo sabe, se lía con Rust al saberse cornuda, consciente de que lo que más le dolerá a Marty, aparte de su rechazo hacia Rust, será la pérdida de dominio territorial: se ha follado al más importante macho colindante. Marty saborea ese machismo, se permite tomarse una copa tras ir a comprar tampones para sus chicas: es el hombre de la casa, con derechos prioritarios sobre la televisión si le apetece ver el fútbol. En el último episodio, pasados muchos años, le pregunta a Rust si puso toda la carne en el asador en la pelea que tuvieron entre ellos: necesita sentir la superioridad física. Si bien ese machismo es evidente es también entendible imaginándosele una educación tradicional ambientada en los religiosos parajes de Louisiana. Él mismo se da cuenta de que hay límites, sintiéndose mal al llamar puta a su hija tras estar con dos chicos, controlándose cuando atenaza la garganta de su mujer tras la confesión de ésta.

Marty Hart

Marty Hart

Si Rust es el chico listo de la clase, el listillo Sheldon Cooper policíaco que querríamos como amigo solo en ciertas ocasiones, Marty es Leonard, mainstream personaje complementario que intenta -y logra a veces- normalizar el exravagante comportamiento de su compañero de armas.

Ambos tienen virtudes y defectos. Si Rust parece incapaz de socializarse posee en cambio la responsabilidad de quien ignorando las reglas y normas de este mundo decide creárselas él mismo asumiendo que, habiendo ideologías, la suya le parece la más indicada para defender hasta la muerte. Ambos discuten continuamente. La mente inquisitiva de Rust llega adonde Marty no, debido en parte a que los propios prejuicios que Marty se crea sobre Rust le obstaculizan ponerse de acuerdo con él: difícil aceptar lo que te dice alguien que coloca un crucifijo en su casa para meditar sobre su propia crucifixión.

Espléndidas actuaciones.

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Plano secuencia

Twitter comienza un día a hablar de planos secuencia, como si se tratara de imaginativos mecanismos económicos capaces de solventar la crisis, piedras de Rosetta cinematográficas, históricos avances en el tratamiento del cáncer. Twitter comienza a llenarse de artículos recopilatorios que intenta bien loar bien desmerecer la fama que la técnica fílmica ha obtenido gracias a True Detective. El plano secuencia de la serie, siendo como es un plano de su categoría loable, no parece ser más en este caso que un alarde innecesario. Si bien la escena consigue transmitir la tensión necesaria -las miradas de Rust a un lado y al otro, la ejecución de un negro por parte de un motero- no parece demencial pensar que podría haberse transmitido lo mismo sin tener que recurrir a él. Más interesantes me parecen, por ejemplo, esos primeros diez, quince minutos que Brian de Palma nos colaba al comienzo de Snake Eyes, pese a un Nicolas Cage que insistía en sobreactuar para recordarnos que sabe actuar. El plano secuencia de True Detective, pues, merece engrosar esas listas recopilatorias antes mencionadas, pero su importancia narrativa en la serie resulta más bien escasa.

Fallos

Trufada la serie con detalles esotéricos que parecen a veces más bien buscar el comentario forero que la intención narrativa -el propio Nic Pizzolato ha disfrutado leyendo las teorías que han ido surgiendo-, comentado un plano secuencia que parece querer complementar la serie mediante una genialidad visual, a True Detective se le aprecian algunas interesantes costuras. Enfriado el suflé, apartado el hype, uno se pregunta por qué se decide que la serie comience su trayecto final cuando Marty Hart cae en el detalle de las orejas verdes relacionándolas con la pintura de la casa, dejándose de lado todas las pistas acaparadas. O por qué la serie, que nos acostumbra a finales de episodio con cliffhanger, decide usar uno de ellos aproximándonos al asesino para verle las cicatrices y oírle decir que piensa en la familia, arrebatándonos de golpe el placer de seguir dudando sobre la verdadera identidad de asesino.

Si los cinco primeros episodios le permiten a Nic Pizzolato jugar con nosotros moviéndonos de un lado a otro alimentando nuestra sed de conocimientos sobre los protagonistas, los tres últimos inician una resolución demasiadas veces vista en otras series. Si el comienzo de True Detective nos despierta las ganas de ver un platillo volante asomando por algún lado sin que el contenido chirríe en calidad, los tres últimos capítulos destierran dicha posibilidad.

Nic no acaba de cerrar algunas tramas secundarias, deja de lado a algunos personajes, obvia algunos caminos previamente andados. Para mí el interés de la serie surge en su comienzo, cuando aún se le concede igual importancia tanto a los personajes como a los crímenes como a la parapsicología. Eliminándose esta última, quedando los personajes desarraigados de cualquier contacto humano fundamental, el final de la serie se reduce a un ajuste de cuentas.

Hype

Llega True Detective a mis oídos a través de un Twitter visceral, agarrotado, con las piernas temblando. No es para menos. It´s HBO, el marketing, los trailers, los avances y la intro -menuda intro- resultan espectaculares y el reclutamiento de dos actores de fama secundaria siempre resulta atractivo: el soldado que cae al suelo, herido de muerte, y se levanta eliminando a su rival con una última estocada, logrando una inesperada victoria; John Travolta en Pulp Fiction, Kevin Spacey en American Beauty. La red social la eleva y la vitorea: la mejor serie de la historia apareció en 2014. HBO nunca se fue. Analizando en profundidad la serie uno no puede sorprenderse demasiado si ha catado algo de noir nórdico, en este caso aderezado exquisitamente en algunos puntuales detalles, como pueden ser la fotografía paisajística de Cary Fukunaga de una Louisiana rural y pantanosa donde los caimanes se tragan a quien se aventura de más por la ciénaga, las espléndidas interpretaciones de Matthew McConaughey y Woody Harrelson o los inspiradores detalles de un horror cósmico latente que acaban sufriendo disfunción eréctil. True Detective no es un caso aislado. Viviendo la era dorada de las series, cualquier serie potente comparte titulares en las revistas e incita encuestas buscando la mejor serie de la historia, codeándose con lo mejorcito de HBO. Ya lo vivimos al final de Breaking Bad, situándose en primera fila de combate junto a hoplitas de la talla de The Wire o Los Soprano. La serie no deja de ser una americanización de thriller nórdico negro, embellecida con los detalles ya comentados y con el sello de HBO, indicativo de producto premium.

El final

Qué lástima de final. Dejando de lado la fascinante incursión en los terrenos de la mística Carcosa -también la presencia de Marty en la casa del asesino, temiendo que la mujer loca aparezca a gritos empuñando afilados y agrarios argumentos-, maraña de cuerpos y raíces, pozo natural de amenazas guturales, no deja de ser un final fight entre perseguidor y perseguido, paradigmático escenario conclusivo de muchas series policiacas en las que se logra cazar al serial killer, convertido en este caso en sureño hillbilly con apetencias carnales sobre lo familiar.

Mucho más interesante me hubiera parecido lo siguiente.

Nic Pizzolato acaba confesando que un final alternativo se ha paseado por su cabeza, uno que sucumba a las pretensiones lovecraftianas haciendo desaparecer a los protagonistas sin dar más explicación, engullidos por el torbellino cósmico que un alucinado Rust contempla al final, dejando en manos de los detectives Gilbough y Papania los planos finales. En vez de eso, prefiere no caer en la tentación de matar a ninguno de los detectives, y les permite conceder unas últimas reflexiones personales, un “estaré bien” por parte de Marty, un “he visto la luz” por parte de Rust.

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El objetivo final de Nic no es otro que el de liberar a sus personajes, permitiéndoles llorar. Marty saborea de nuevo la preocupación familiar e intenta no derrumbarse debido al peso de la añoranza. Rust se desnuda, comparando la luz con la oscuridad como si de pronto el guion lo dirigiera Peter Jackson, siendo dolorosamente consciente de que el recuerdo de su hija es la mejor, y probablemente única motivación para vivir, ultimátum vitae que nos recuerda a la Sandra Bullock de Gravity. Si Nic cierra el arco emocional de los protagonistas, deja abierta la culpabilidad de los restantes miembros del culto, cuyas detenciones los protagonistas dan por imposibles. “No es posible en este mundo”, reconocen en un último estertor heroico, cual corredor de maratón que, quedándole pocos pasos para llegar a la meta, termina asumiendo que pese al esfuerzo realizado no podrá conseguir batir el récord. Lo importante ha sido llegar.

True Detective acoge muchos clichés ya explotados en otros formatos, pero los acoge con mucha sobriedad, hablándonos al oído y prometiéndonos la santa resurrección de Lovecraft. Se queda en el intento, lo cual no desmerece un producto fabricado para triunfar que ha logrado acabar triunfando. Quizá no sea la obra maestra que nos vendió Twitter, probablemente la gozaremos como si lo fuera.

Guillermo Gutiérrez Martínez

Front-end Designer en paro | Destilo ADAM Premium en Deus Ex Machina | Me dejan escribir en Fuera de Series, DesarrolloWeb.com, JotDown y más sitios.