‘Vikings’, el Valhalla puede esperar

A veces, los dioses cierran las puertas del cielo. Sobre todo si no es el momento de recibir nuevos inquilinos. Esa sensación es la que desprende el prólogo de la cuarta temporada de Vikings, en el que vemos a un Ragnar que, pese a correr ansioso, se queda a las puertas del Valhalla, en el que se celebra una sonora y suculenta fiesta. Es posible que no le toque aún; la eternidad puede esperar al rey de los vikingos. Aunque en la negación de la entrada también podría colear una suerte de desaprobación de los dioses sobre los actos de Lothbrok; recordemos que desde hace bastantes capítulos le habíamos visto intimar con el sacerdote cristiano Athelstan, algo que le había empezado a granjear un buen número de recelosos entre sus filas, con Floki, que incluso asesina al cura, a la cabeza.

La cuarta temporada de la serie de History Channel ha indagado en esa exploración poética de las imágenes, que se ha vuelto a alternar con el clásico brío de la cámara en las escenas de acción y con secuencias de transición en las que la ficción creada por Michael Hirst ha escarbado en las relaciones de poder y choque que se desarrollan en el clan vikingo y fuera del mismo. La temporada comenzó con la simbólica huida y persecución de Floki, que cristalizó con una no menos alegórica “crucifixión” en la que confluían la mitología escandinava y la mística cristiana para devolver una de las imágenes más potentes de la tanda de episodios. El castigo de Floki rememora una suerte de “pasión cristiana”, algo que parece coincidir con la muerte de su hija, en uno de los momentos más duros y emotivos de la temporada. ¿Le han mandado también a él un castigo los dioses? En ese caso, ¿qué nos estarían demostrando con ella: aceptarían esa mezcolanza de otras culturas que suponía el cristiano Athelstan? La deteriorada relación entre el constructor de barcos y el rey vikingo no ha hecho otra cosa que personificar ese duelo interno que han provocado las permeaciones culturales. En este sentido, la cuarta entrega de Vikings ha alternado su continua capacidad para mostrar las tradiciones paganas llevadas a cabo por estos (la fiesta de Yol en el 4×04) con esa influencia recibida de otras culturas, en este caso de la asiática, que ha sido personificada en el personaje de Yidu y en la dependencia que ha experimentado Ragnar con su planta alucinógena. Ese consumo ha generado buena parte de las imágenes más pulcras de la temporada, que además han servido para mostrar el estado de ánimo de los personajes. Así lo hemos podido comprobar en las alucinaciones del propio Ragnar, que ve cómo su hijo Bjorn llega corriendo siendo pequeño otra vez (en una clara alusión a la nostalgia) o la aparición de Athelstan en forma de espectro para ayudarle a tomar una decisión importante (en una representación del duelo por la pérdida de un amigo).

Por su parte, las escenas de acción han vuelto a ser una de las claves de la cuarta entrega de Vikings. Hablando claro y sin tapujos, ya las quisieran otras series con, seguro, mucho más presupuesto. La brillantez de la puesta en escena en estos tramos contribuye a crear una atmósfera de tensión creciente en cada corte de montaje. Y sin embargo, la dirección de la serie ha sabido contrastar la violencia inherente a cada batalla por conquistar París con un gusto y una delicadeza exquisitos a la hora de mostrar lo más explícito. Destaca a este respecto un paneo en el 4×09 que muestra lo sangriento de las contiendas sin recrearse en su truculencia. También podemos “disfrutar” de esa maestría en el final del episodio 4×02, con un tramo vibrante de ataque a la reina Kwentrith, y en la batalla final del 4×10, en el que un montaje rítmico establece una simbiosis casi perfecta con una serie de efectos de ralentí que aportan epicidad y una belleza incuestionable a la narración.

Aunque si hablamos de épica, sin duda tendríamos que analizar el que se ha convertido desde su emisión en el gran momento de la temporada. Y como casi todos los años, este ha puesto el foco en el que, para quien esto firma, es el personaje de la serie. Lagertha. Lagertha y su ejército de mujeres a lo Mad Max: Fury Road. La potencia visual, narrativa y metafórica del final del 4×05 tiene la suficiente relevancia como para dedicarle estas palabras. A lo largo de la serie, Lagertha ha sabido desligarse de todo lo que arrastra consigo y se ha desarrollado a través de las temporadas como un personaje independiente del pasado y totalmente relevante por sí mismo. Su guerrilla de mujeres supone una reivindicación, un reconocimiento a las guerreras vikingas, que tanta importancia tuvieron en sus filas como combatientes; un hecho que la serie ha sabido plasmar no solo con la importancia de Lagertha, sino también con el ímpetu de Porunn en su día, la situación clave de Torvi para la conclusión de esta temporada o el contrapeso que han hecho desde la sombra figuras femeninas como Helga, Siggy o Aslaug.

“Larga vida a la condesa Ingstaldt”.

La tensión se ha convertido en el motor narrativo absoluto de una ficción centrada en una etapa histórica en la que casi todo fueron tiranteces. No solo encontramos esa dureza en la confrontación entre los hermanos Ragnar y Rollo, con este último convertido en desertor y asentado, matrimonio mediante, en la ciudad de París. Porque sí, París ha vuelto a vertebrar la trama; a veces de forma subyacente, otras más clara. Y en ese intento de conquista por parte de los vikingos, la serie de Hirst ha enfrentado de nuevo a los dos hermanos. Si Rollo ya había mostrado cierta tendencia a “probar” las bondades de “lo extranjero” (recordemos su bautizo cristiano en la primera temporada), estos diez episodios han supuesto la confirmación de su deserción de las filas de Ragnar. Podríamos haber pensado en la posibilidad de que, finalmente, las cosas volviesen a su cauce, pero no, no ha habido vuelta atrás en la cuarta temporada y las columnas vikingas han perdido a uno de sus baluartes, que ahora dirige la ofensiva rival. El enfrentamiento entre los hermanos ha tenido su punto álgido en los últimos episodios, en los que, por fin, se han visto las caras y han llegado a pelear. Y el resentimiento ha sido la tónica de su encuentro, tanto por parte de Ragnar, con un discurso lleno de rabia y sentimiento en el 4×09, como en el caso de Bjorn, su sobrino, que adoraba a su tío y ahora ve como tiene que enfrentarse a él, convertido en un traidor.

Sin embargo, en las huestes vikingas también ha reinado la tensión. A la ya citada confrontación entre Floki y Ragnar se puede añadir lo que podríamos denominar como “el cisma vikingo”. La venganza que Erlendur planea contra los Lothbrok como represalia al asesinato de su padre, la lucha de Bjorn contra el berseker enviado por este con el encargo de asesinarlo, la muerte del conde Kalf a manos de Lagertha en el fabuloso final del 4×05 o el disparo de ballesta de Torvi que acaba con la vida del mismo Erlendur, que bajo amenaza había encargado que esta terminase con Bjorn. Son solo alguno de los ejemplos de la rigidez y el roce que ha regido la cuarta temporada de Vikings desde la sombra. Un desmembramiento que queda perfectamente reflejado en la aparente colocación de dos bandos en torno a la hoguera en el capítulo 4×06. Una situación que ha provocado incluso el grito sordo del Oráculo, al que vemos sufrir en el último episodio ante unas visiones que desconocemos. Como desconocemos también qué o quién provoca las imaginaciones en las que Floki y Aslaug hacen el amor, aunque intuyamos que todo tiene que ver con el enésimo retorno del misterioso vagabundo Harbard y que va a ser devastador sobre la comunidad. Y de la misma forma que no conocemos tampoco ni qué ha sido de Lagertha, a la que el 4×10 abandona herida en batalla y frágil por su aborto un par de capítulos antes, ni qué ha ocurrido en los doce años de elipsis que introduce el guion en el último tramo de la temporada. Una técnica, la de la elipsis, que ya utilizó la serie en la segunda temporada, cuando de repente conocimos al Bjorn adulto y abandonamos el tiempo en el que, hasta ese momento, nos habíamos afincado. No sabemos dónde ha estado Ragnar todo ese tiempo, pero un epílogo final desconcertante y un cliffhanger algo descafeinado nos hacen verlo volver y sitúa las piezas para la que será la quinta y última temporada. Sin París en el catálogo de conquistas vikingas, el Valhalla puede esperar.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.